Opinión

Júpiter

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“Júpiter fue el dios principal de la mitología romana, equivalente al dios griego Zeus. Fue considerado el rey de los dioses, señor del cielo, del trueno y de los relámpagos, además de protector del Estado y de la ley. Se le representaba con el águila, el cetro y un rayo, y era hijo de Saturno”.

Desde siempre hubo un Júpiter tonante que intentó manejar el mundo y le ocurrió lo que al amante que descubrió que “se deja de querer/y no se sabe por qué se deja de querer/es como abrir las manos de pronto/ y no saber qué cosa se nos fue…” Es el intento de mantener el puño lleno de arena del mar y ver, sin sentirlo, cómo los finos granos se van.

Porque, aunque por momentos el mundo parece dominado por una sola fuerza es solo una ilusión propia de un desquiciado, de un iluminado, que se levanta un día creyendo, en su fuero más íntimo, que es el calor y la luz, el color y el perfume, y cuando se mira en el espejo descubre que hay muchos otros ilusos y engreídos como él.

Mientras cae, hace acopio de todos los recursos del poder para amedrentar, para empequeñecer, para allantar, para extorsionar, para bravear. El mundo, como el título de una afamada novela peruana “es ancho y ajeno”

Aunque el grandilocuente se revuelque en sus sueños, ocurre lo que decía el filósofo español, el mundo creado por el fantasmoso es sustituido, de forma lenta y continuada, por ideas, personas, situaciones que desbaratan los desaguisados y entuertos dejados por el que se va, mejor temprano que tarde.

La historia no se detiene, está llena de ejemplos de gigantes que pisotearon principios, personas, instituciones, actuaron como huracanes, como tsunamis, como tifones, como volcanes, pensaron que como tenían a mano la posibilidad de hacer daño, de cambiar parte del mundo, creyeron que se saldrían con la suya. El hombre, ensoberbecido por logros reales, piensa que es capaz de suplantar a Dios, ahí está el problema.

Usted puede tener el mayor poder de fuego de la historia de su país, pero usted desconoce cuál es el mayor poder de fuego de los otros; ellos también desarrollan armas que ocultan para emplearlas en el momento oportuno. De niño aprendí que la soga que sostiene la chichigua es tan débil como el ajo que la diluye. En una palabra, nada es tan fuerte que no pueda ser derrotado por la voluntad.

En el peor momento, se requiere templanza, observación, análisis desapasionado, coraje, mucho valor, serenidad y saber que la veleta cambia por el viento y que el viento, como dice la frase manida, no sabe leer.

Sobre el autor
Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Bonaparte Gautreaux Piñeyro