Poder Judicial
Justicia complaciente
La discreción garantizaba -pretérito imperfecto- permanencia en la función, permitía la creación de mitos acerca del desempeño y seguridad personal en época de autoritarismo
justicia
El poder judicial tiene escasos aedas. Existen testimonios dispersos, acopio de doctrina, artículos de antiguos jueces, pero la revelación del tejemaneje procesal no es frecuente.
La omisión de vivencias o el desapego obedece al pudor y también al interés, más que entendible, de proteger con el silencio acciones difíciles de justificar y evitar la exposición, con conocimiento de causa, del tinglado que atenta contra la fortaleza del sistema.
La discreción garantizaba -pretérito imperfecto- permanencia en la función, permitía la creación de mitos acerca del desempeño y seguridad personal en época de autoritarismo. La sobriedad, vida casi monástica sin alardes sociales, la dedicación a la academia cincelaba la prestancia de una estirpe desaparecida.
Los maestros de la judicatura aconsejaban a los bisoños cuando iniciaban el trabajo, antes de la existencia de la carrera judicial, mirar y callar. El asunto de la condescendencia era omitido, aunque se intuía la existencia de los meandros peligrosos de la conveniencia.
Algunos desatendían recomendaciones, acataban órdenes políticas y actuaban apegados a los mandatos de las élites renuentes al banquillo de los acusados y a la grisura de los pasillos judiciales.
Las reuniones privadas, los siniestros arreglos siempre sustituyen sentencias y avalan la debilidad de un poder demeritado.
Los penalistas de antaño fingían respetar la investidura y lograban óptimos resultados, sabían que sus discursos forenses podían ser rebatidos y entendidos por hombres y mujeres que honraban el oficio no solo en la capital de la república sino en todas las jurisdicciones.
El relevo generacional dejó trunco el gracejo y la erudición. La brillantez de aquellos jueces y fiscales que pasearon su talento por el territorio nacional y ocuparon sitiales superiores después de trabajar en municipios depauperados controlados por el ojo avizor del trujillato pendiente de autos y sentencias, no pudo ser superada.
Excepciones hubo y habrá, pero el vilipendio cotidiano y la extorsión colocan a los servidores del poder judicial en una situación difícil cuasi humillante. Intuyen el irrespeto y la devaluación social frente a los grupos que designaron peones en todas las instancias y saben cómo exigir.
Volver a citar al maestro Alejandro Nieto- 1930-2023- esa imprescindible fuente de sabiduría jurídica procede: “la administración de justicia ha estado tradicionalmente patrimonializada por dos grupos concurrentes: el político y el corporativo”.
Y repetir con el irreverente jurista y académico que “la justicia se ha convertido en una carta más de la baraja política que se maneja en jugadas vergonzosas a la vista de toda la nación”.
A pesar de los indiscutibles avances, de la innegable trascendencia de la Carrera Judicial y del Ministerio Público resulta paradójico el temor y la atadura a los patrocinios vicarios que prometen ascensos y permanencia.
Notarios más que jueces parecen algunos. Validan designios coyunturales lejos de la diosa Themis que ha perdido importancia simbólica desde que, a los despachos y a las viviendas de los magistrados, antes recintos inexpugnables, entran y salen impertinentes personajes para llevar recados e imponer decisiones. Alguien contará esa historia.
La exigencia pública de condenas, los juicios mediáticos con sus sanciones inapelables develan la fragilidad de un poder acorralado, conminado a complacer peticiones.