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Prueba, error, oportunidad

Con los protagonistas verdes de “La Plaza” ha sido generoso porque conoce el poder depredador de esas fieras sueltas, usó esa influencia y es cuidadoso para evitar el bumerán.

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Con la destreza de un prestidigitador y exhibiendo astucia política, el presidente mueve sus fichas para crear la percepción apetecida. El movimiento complace reclamos y después, con piel de camaleón, recupera afectos que los decretos arriesgan.

Ha sido así desde el principio de la patria nueva. Funcionarios que se van, pero se quedan, artificio que apacigua y confunde.

El gobernante además de desquites momentáneos usa escondijos para aquellos fidelísimos que, gracias a oportunos decretos, se salvaron de la investigación de su malhadada “independencia” persecutoria y del “caiga quien caiga”.

Con los protagonistas verdes de “La Plaza” ha sido generoso porque conoce el poder depredador de esas fieras sueltas, usó esa influencia y es cuidadoso para evitar el bumerán. Prefiere no exponerlos al desdoro público, excusa sus devaneos y sus errores son subsanables. Prefiere “enfriarlos” para que la díscola opinión publicada olvide sus nombres y fechorías. La designación en la gélida Canada ayuda, ileso pervive, por ejemplo, aquel pugnaz y útil director de la bien vendida Oficina Gubernamental de Tecnologías de la Información y Comunicación.

El mandatario no prescinde de los compañeros de travesía, esos que conocen el manejo del timón para enfrentar marejadas. Son muchos los casos, algunos más discretos que otros, pero están ahí y sirven para comprobar cómo, en ocasiones, quita la cartera, pero no el mando.

El caso de la destitución del más que consentido director del ITLA, el activo y capaz coordinador del movimiento “Jóvenes Unidos por el Cambio”, que esperó su cumpleaños 25 para recibir su designación como ministro de la Juventud y durante la espera fue ubicado en el “Instituto Técnico Superior Comunitario” -un “tente ahí” de gratitud y amarre- ha provocado un barrullo difícil de explicar. La reacción desafía la facultad que tiene el jefe de Estado y de gobierno para designar y remover funcionarios cuando le plazca.

El decreto “ab irato” como afirma la indiscreción palaciega se produce quizás para conjurar la emboscada de Senasa pero lo destacable no es la decisión presidencial sino comprobar, una vez más, cómo el resultado de la investigación periodística suple el celo oficial, coloca en un rincón la veeduría y acorrala a la Dirección de Ética e Integridad Gubernamental.

El ruido no llega a las inmediaciones palaciegas. Los indicios del caso Senasa, el desparpajo de aquellos funcionarios que durante cinco años exhibían su bienestar, convencidos de su impunidad, no motivó sospechas menos pesquisas. Ninguno de los acólitos del presidente se atrevió a decirle como actuaban sus amigos en el desempeño de la función pública. El descuido estaba avalado porque desde el reducto ético del Gobierno le otorgaron a la entidad una extraordinaria calificación, nada menos que 100 % “compromiso con la transparencia” acción parecida a la sentencia de descargo que desde ahí se pronunciara en beneficio de un ministro de influencia permanente.

El funcionario sacrificado, además de haber sido uno de los vociferantes actores de “La Plaza” con derecho a insultar a todo aquel que no estuviera entusiasmado con su proyecto de gobierno, debe entender que esto es un malabarismo necesario. Más temprano que tarde, Ninito volverá al reino.

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Carmen Imbert Brugal

Carmen Imbert Brugal

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