Opinión

Nexcy D´León

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En la era de la sobreinformación el periodista camina sobre un terreno minado. No solo debe lidiar con las noticias falsas, multiplicadas como plagas digitales, sino con el sensacionalismo y la banalidad que han convertido a algunos programas de radio, televisión y portales dominicanos en fábricas de maledicencia y de medias verdades. Basta con mirar transmisiones en vivo que “cubren” un hecho sin verificar nada, o titulares que deforman un dato para generar vistas y “Me gusta”. El periodismo no es una carrera de velocidad: es una misión de precisión y ética. Cuando el afán de clics suplanta la búsqueda de la verdad, la sociedad pierde su brújula. Y ahí es donde el periodista adquiere su mayor responsabilidad: resistir la presión de jefes de redacción que miden el éxito en métricas de redes y no en la calidad y veracidad informativa. En un país donde cualquier “influenciador” difunde “noticias” desde cualquier lugar, el periodista debe distinguirse no por gritar más fuerte, sino por investigar mejor. El rigor, la honestidad y la capacidad de preguntar lo incómodo son sus herramientas vitales. Su papel no es entretener, sino esclarecer, no es sumarse al ruido, sino ordenar el caos informativo. No se trata de renunciar a la inmediatez, sino de no olvidar que el periodismo es un servicio público, no un producto de consumo rápido. Cada dato verificado, cada contexto explicado, es un muro contra la manipulación.

Porque cuando el periodista se rinde, en el noticiario de la noche, en el matutino radial o en la tendencia de X gana la mentira. Y cuando la mentira gana, todos perdemos.

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Nexcy D´Leon

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