Coherencia
El loco de la plaza
Heráclito, el viejo filósofo griego, decía que nadie se baña dos veces en el mismo río.
Creada con IA
Hace un tiempo, un amigo me contaba que por motivos de trabajo viajaba cada semana al interior del país. Siempre hacía una pausa para encontrarse con su primo en una plaza del pueblito. En ese espacio coincidían con un señor que siempre vestía la misma ropa ,camisa blanca ,pantalón negro y un corbatín entre gris y negro. Tenía aspectos y aire de intelectual. El señor , repetía en voz alta el mismo discurso. Semana tras semana, palabra por palabra, sin alterar una coma.
A la tercera semana, mi amigo, un poco intrigado, le preguntó al primo:
—“Oye, pero ese señor siempre dice lo mismo, el mismo discurso…”
A lo que el primo respondió sin titubeos:
—“Solo los locos no cambian de opinión.”
Esa frase se me quedó retumbando por dentro.
Heráclito, el viejo filósofo griego, decía que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque al final ni el río ni uno mismo terminamos siendo lo mismo. El cambio es parte esencial de la vida. Cambiamos de pensamiento, de opinión y de posición, de emociones. Cambian las circunstancias, cambian los contextos, cambia el país, cambia la gente… y uno, si está vivo, también debería cambiar cuando nos extraviamos en el camino.
Pero una cosa es cambiar de opinión como resultado de la reflexión, del aprendizaje, de la experiencia… Y otra cosa muy distinta es cambiar de ideas o creencias para adaptar nuestras convicciones a las conveniencias del momento, al halago fácil, a la cuota de poder, o al temor de quedarnos solos. En política vemos esta conducta diariamente. Se imita al camaleón, para sobrevivir y mantener privilegios.
La verdadera coherencia no es repetir un discurso sin pensar, como el señor de la plaza. La coherencia está en tener el coraje de cambiar, si cambian las realidades, sin traicionarse a uno mismo, a nuestras convicciones. Está en sostener lo esencial, pero sin miedo a repensarlo. Está en evolucionar sin deformarse.
Hoy más que nunca, en tiempos de oportunismos políticos disfrazados de pragmatismo, hay que defender la integridad de las ideas, las convicciones que forjan nuestro carácter y guían nuestro accionar en lo público y lo privado.
Ser coherente, no desdecirse sobre todo en la vida política parecería una herejía en los tiempos que corren. Para algunos, la coherencia es nuestra utopía: ideales por el que vale la pena pelear incluso cuando el mundo entero haya decidido ponerse de rodillas o incluso cuando implique quedarnos solo en la militancia de nuestras ideas hasta que el tiempo nos dé la razón o nos las niegue y nos haga cambiar.
No es de locos cambiar. Es de locos creer que cambiar siempre es traicionar. Lo realmente insano es acomodarse, mentir o mentirse a uno mismo, repetir discursos en los cuales ya no creemos o quedarse en los espacios cuando ya no nos representan. Solo para complacer, acomodarnos o mantenernos a flote.