Opinión

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RAFAEL MOLINA MORILLO
Desde los tiempos inmemoriales se aceptaba como una regla invariable que el león era el Rey de la Selva. Ninguna otra criatura reunía las condiciones necesarias para ostentar ese título. La fiereza de su aspecto, la majestuosidad de su melena, la elegancia de su caminar y la serenidad de su mirada, fueron siempre atributos que nadie osó disputarle a Su Majestad el León. Hasta que un día… ¡apareció Tarzán!

Un bicho raro era Tarzán. El único animal que anda en dos patas y no tiene plumas (lo que le hizo ganar al hombre el título de “el bípedo implume”). Sin pelos abundantes en todo su cuerpo, como las demás bestias, para protegerse del frío. Sin colmillos afilados para atacar, ni cuernos, ni rabo, ni garras… ¡qué bicho tan raro, en verdad! Pero destronó al león y se constituyó en el amo indiscutido de la selva profunda.

¿De dónde salió este personaje? Según una película del cable, era un bebé cuando una manada de gorilas irrumpió en la casa de sus padres (en medio de una selva africana), quienes al parecer eran exploradores o científicos ingleses. En la citada película, los padres murieron peleando con los gorilas y éstos –en un tierno arranque sentimental tomaron en sus brazos con sumo cuidado al pequeño bebecito y entre mimos y caricias se lo llevaron consigo. Lo alimentaron, lo adiestraron para saltar de rama en rama sin romperse la crisma, le pusieron un taparrabos para cuidar el pudor y –me imagino- le enseñaron a hablar el lenguaje de los monos… y hasta un poquito de inglés. El caso es que, con la inteligencia de los humanos, Tarzán se las ingenió para destronar al pobre león y lograr que todos los seres vivientes de la espesura selvática le obedecieran. Y de paso, como él era el más culto entre todos aquellos animales, hasta se ocupó de enseñarles algo.

Por ejemplo, una de sus amigas favoritas era una chimpancé muy simpática llamada Chita. Todos los que han seguido las aventuras cinematográficas de Tarzán recordarán las repetidas escenas en las que éste le dice a la simia: “Tú, Chita. Yo, Tarzán”. Lo que, traducido al lenguaje del orgullo y la prepotencia, quiere decir, más o menos: “No olvides que tú no eres más que una monita tonta, mientras yo soy el gran Tarzán, Rey de la Selva”.

Por inexplicables reminiscencias, me parece ver revividas las escenas de Chita y Tarzán en nuestra sociedad de hoy, a pesar del Internet y la globalización. Cuando presencio, por ejemplo, los dimes y diretes de los políticos, la arrogancia de la mayoría de los funcionarios públicos y el desdén con que se trata a los ciudadanos en las oficinas de servicio, no puedo menos que recordar aquello de “Tú, Chita. Yo, Tarzán”. Tú, equivocado. Yo, correcto. Tú, tramposo. Yo, honesto. Tú, infeliz. Yo, en la papa. En pleno Siglo XXI. En pleno Tercer Milenio. Tú, Chita. Yo, Tarzán.

(r.molina@codetel.net.do)

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