Ineficiencia
El mito del presidente sin culpa: cuando la irresponsabilidad se vuelve sistema
En áreas sensibles como educación, salud y energía eléctrica, los retrocesos son evidentes.
Luis Abinader
En la construcción de las narrativas políticas contemporáneas, pocas figuras resultan tan funcionales como la del gobernante que, paradójicamente, no gobierna. Para un sector de la población, el presidente actual pasará a la historia no por sus decisiones, sino por su supuesta ausencia de ellas. Es el líder perpetuo al que "todo el mundo engaña": un estadista rodeado de una corte de funcionarios ineficientes, traicioneros o directamente incompetentes, mientras él permanece ajeno, casi como un espectador privilegiado del desastre.
Esta narrativa, lejos de ser ingenua, se ha convertido en un pilar de la excusa institucionalizada. Permite explicar todo sin responsabilizar a nadie en la cúspide. Sin embargo, sostener que el máximo responsable del Poder Ejecutivo es una víctima recurrente de sus propios colaboradores no es solo frágil desde la lógica política, sino insultante para la ciudadanía que padece las consecuencias.
Basta observar la gestión pública para dimensionar el abismo entre el relato de la "víctima presidencial" y la realidad. Hemos sido testigos de una ineficiencia estructural que no puede atribuirse a “malos funcionarios” aislados, porque se ha vuelto sistémica. El aumento injustificado del gasto fijo corriente (nóminas, subsidios, servicios básicos), del servicio de la deuda y en sentido amplio del gasto público; no es fruto de un error administrativo menor; es una decisión de política económica que implica prioridades. Ampliar la burocracia sin aumentar la calidad de los servicios no es un accidente, es una elección de gobierno.
En áreas sensibles como educación, salud y energía eléctrica, los retrocesos son evidentes. Las cifras no engañan: deserción escolar, desabastecimiento de medicamentos en las boticas populares y en los programa de medicamentos de alto costo, el despilfarro inhumano de SENASA y el aumento de beneficiarios de subsidios por puro populismo, sin sustento alguno ni planificación, más el abandono de los hospitales públicos y apagones que se normalizan como si fueran fenómenos naturales. Pretender que el presidente no sabía o que fue mal asesorado durante años en estos temas fundamentales es, cuando menos, admitir una negligencia mayúscula en la función de supervisión que le otorga la Constitución.
Otro punto que desnuda la falacia del “presidente sin culpa” es el manejo de las finanzas públicas. Lejos de haber un control ortodoxo, nos encontramos con un endeudamiento que se ha disparado a niveles históricos.
He llegado a pensar que a nuestro presidente le encantan los conflictos internacionales, porque desde el primer día de su mandato, el libro de excusas ha sido amplio y hasta de mucha suerte para él. No sólo que la pandemia del COVID-19 que la encontró ya controlada, si no, que la guerra de Ucrania, entre otros. Hoy, en vista de la guerra de Estados Unidos contra Irán y su efecto en el precio de los combustibles, nos quiere consolar y solicitarnos nuestra confianza con argumentos como: que tenemos una economía más fuerte e instituciones más preparadas. O sea, la economía está estancada y las instituciones en un franco deterioro y retroceso, trabajando sin planificación, cometiendo errores básicos, subiendo sus costos fijos sin justificación (nómina abultada, alquileres, seguros, etc.) y ejecutando muy poco en bienes de capital.
Garantizarnos a estas alturas que va a amortiguar los precios de los alimentos, lo que provoca es decirle, como el coro de la canción: “¿Y ya pa’ qué?, debido a que los alimentos están triplicados desde su mandato, incurriendo en medidas como la famosa TASA CERO para importar alimentos, que, pese a toda advertencia ignoraron y hoy vemos cómo no bajaron los precios, al contrario, subieron y para colmo, nuestra industria agropecuaria está en su peor momento.
El discurso que culpa al “mercado” es tan recurrente como vacío. Se le invoca como un ente abstracto y malévolo cada vez que las reservas disminuyen, la inflación presiona o la calificación de riesgo país se deteriora. Pero gobernar implica, precisamente, anticiparse a esas variables, no esconderse detrás de ellas. El mercado es malo cuando amenaza la gestión estatal ineficiente, pero no para extraerle los recursos mal administrados por el Estado del bolsillo de cada contribuyente individual o empresarial. Al final el mercado es una suma de individualidades muy concretas.
Con este artículo no estamos minimizando la crisis internacional, pero la realidad es que desde antes de la guerra en cuestión, se instaló un fenómeno psicológico que refuerza esta narrativa de la impunidad: la idea de que el presidente es “bueno”, pero “lo rodean malas personas”. Esto crea una suerte de disonancia cognitiva que permite a la militancia y a los simpatizantes sostener su apoyo sin asumir el costo de los errores. Pero en derecho constitucional y en ciencia política, no existe la figura del “jefe de Estado engañado” como atenuante. Afirmar que un presidente no es responsable del retroceso en salud, del endeudamiento masivo, de la ineficiencia energética, del aumento del gasto burocrático y que no sabía nada de SENASA porque “sus funcionarios lo engañaron” es un acto de desprecio hacia la inteligencia colectiva.
Llegará el momento en que la ciudadanía deberá decidir si compra la historia del presidente que todo lo quiso hacer bien pero siempre tuvo la mala suerte de rodearse de los peores, o si, por el contrario, exige que la responsabilidad recaiga donde realmente corresponde: en quien tiene la facultad y el deber de mandar, supervisar y corregir.
Mientras tanto, lamento que nos agarre una crisis internacional en manos de esta gente que miente sistemáticamente y por todo, ya veremos hasta donde la narrativa del “presidente sin culpa” seguirá siendo el escudo favorito de un gobierno que ha hecho de la irresponsabilidad su principal política de Estado.
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