Día Internacional de la Mujer
Las dos caras del 8M: entre la lucha feminista y la banalización comercial
El problema no es que existan gestos de reconocimiento hacia las mujeres, sino que estos terminen por sustituir el verdadero sentido de la fecha.

Manifestación en Caracas en el Día del Internacional de la Mujer. EFE
Cada 8 de marzo, el mundo se tiñe de morado. Pero no todo lo que brilla ese día es reivindicación. Detrás de una misma fecha conviven dos realidades paralelas y contradictorias: una, la conmemoración auténtica de la lucha histórica de las mujeres por la igualdad; otra, su versión edulcorada, comercial y vacía de contenido que ha ido ganando terreno en los últimos años.
La cara verdadera: memoria de una lucha que no termina
El Día Internacional de la Mujer no nació para recibir flores ni mensajes bonitos. Sus orígenes se hunden en las fábricas textiles de Nueva York, donde las trabajadoras protestaban por sus condiciones laborales a principios del siglo XX. Más tarde, la fecha quedaría sellada con sangre tras el incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de 1911, que se cobró la vida de 146 trabajadoras, en su mayoría inmigrantes judías e italianas. La ONU oficializó el 8M en 1975, pero su espíritu es anterior: es un día para visibilizar las desigualdades estructurales que persisten, para denunciar la brecha salarial, los techos de cristal y la violencia machista. Es, en esencia, una jornada de movilización política que recuerda que la igualdad formal conquistada en las leyes está lejos de ser una realidad en la vida cotidiana.
La otra cara: cuando el 8M se convierte en el "día de la mujer-florero"
Pero existe otra versión del 8 de marzo que poco tiene que ver con los orígenes obreros y reivindicativos de la fecha. Es la cara que ha ido colonizando espacios mediáticos, comerciales, empresariales e incluso políticos bajo un discurso ablandado que incomoda a pocos y vende mucho.
En esta versión, el 8M se parece peligrosamente al Día de la Madre o al Día de San Valentín. Las empresas regalan detalles a sus empleadas, los restaurantes ofrecen cenas especiales para "celebrar a la mujer", y las redes sociales se inundan de mensajes que alaban a "todas las mujeres maravillosas" sin mencionar ni una sola reivindicación.
Y tristemente, las mujeres políticas de mayor liderazgo de nuestro país poco aportan a la causa, porque se han acomodado al “figureo” de cada mes de marzo. No hay consignas exigiendo “justicia" en vez de “felicitaciones”, el tiempo dejó de lado a aquellas protagonistas que no recibían regalos, sino que entregaron su lucha colectiva como herencia a las generaciones futuras, pero, como no se hace el más mínimo esfuerzo en una educación política que admire y continue lo que a otras mujeres les costó tanto esfuerzo, permitiendo que se satanice el feminismo, mientras todas gozamos de sus conquistas. Esta cara banalizada convierte a la mujer en objeto de halagos vacíos, en musa inspiradora, en receptora pasiva de homenajes que no cuestionan el status quo. Es un feminismo de escaparate, de spots publicitarios con eslóganes empoderadores mientras que el resto del año se perpetúan estereotipos que mantienen a la mujer en estado de desigualdad.
El peligro de desactivar la memoria
El problema no es que existan gestos de reconocimiento hacia las mujeres, sino que estos terminen por sustituir el verdadero sentido de la fecha. Cuando el 8M se reduce a flores, descuentos comerciales o mensajes almibarados, se está desactivando su potencial transformador. Se convierte a las mujeres en folclore, en un día en el calendario para "recordar que existen", como si el resto del año fueran invisibles.
La antropóloga feminista Marcela Lagarde lo advertía: "El 8 de marzo no es una celebración, es una conmemoración. No venimos a celebrar, venimos a recordar que todavía tenemos deudas pendientes con la mitad de la humanidad".
Es preciso saber distinguir un 8M del otro y la diferencia suele estar en los detalles: ¿Se habla de derechos o espacios por conquistar o se dirige el tema a las cualidades femeninas? El 8 de marzo es el marco conmemorativo para reivindicar derechos y exponer puntualmente dónde radican esas desigualdades para que se tomen medidas al respecto, incluyendo situaciones que viven mujeres de otros países. Sigue aún la desigualdad laboral, salarial y de espacios de representación por los cuales luchas, a diferencia de la versión banal que insiste en resalta cualidades abstractas como: mujeres luchadoras, admirables o especiales, sin conectar con demandas concretas.
Lo más triste es ver a las mujeres de los partidos políticos, salvo muy escasas excepciones, en esa onda de celebración estilo damas de sociedad, en vez de exigir mayores espacios de poder y representación para las mujeres que militan en la política. A veces quisiera comprender si es por un asunto de falta de autoestima que tantas mujeres necesitan escuchar lo especiales e importantes que somos, como un disco repetido con tal de validarnos ante la sociedad. El 8M no es fecha para conformismos, es fecha para afianzar conquistas y para seguir avanzando, la desigualdad no es democracia y ni flores, tasas o pergaminos pueden distraernos de luchar por avanzar y al mismo tiempo mantener lo ya conquistado.
¿Qué sentido tiene felicitarte por ser mujer? Ni la mujer ni el hombre elige con cual sexo nacer, lo que si nos pasa es que la cultura influencia en la desigualdad entre ambos en nuestro proceso de desarrollo como seres humanos, y aunque la maternidad nos asigna un rol biológico, nada de eso es excusa para los abusos que hasta el día de hoy se siguen manifestando.
Las mujeres y los hombres nos criamos juntos en un mismo entorno cultural, si hay mujeres que siguen acomodando al sistema desigual, aun así no son la excusa para impedir el avance hacia la paridad. El 8 de marzo seguirá teniendo dos caras mientras existan quienes prefieran un feminismo cómodo, de consumo rápido, que no exija cambios profundos en la sociedad. Pero también seguirá viva la otra cara: la de las mujeres que cada año toman las calles, la prensa y las redes sociales para recordar que la igualdad no se regala, se conquista; que no se celebra, se exige; y que no es un detalle de un día, sino una lucha de todos los días.
Porque el 8M no es un cumpleaños. Es un recordatorio de que la historia de las mujeres sigue escribiéndose, y que aún quedan demasiadas páginas por llenar de justicia.