Opinión

Poder global

Multipolar, tripolar o bipolar: ¿hacia dónde va el sistema internacional?

En 2008, economista estadounidense C. Fred Bergsten publicó en Foreign Affairs un artículo titulado A Partnership of Equals:

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El debate contemporáneo sobre si nos dirigimos hacia un orden multipolar, bipolar o tripolar evidencia que estamos en plena transición del poder global. Sin embargo, para que un nuevo sistema internacional logre consolidarse, los actores hegemónicos deben legitimar y aceptar tanto la nueva distribución del poder como las normas que lo regirán. La historia demuestra que estas inflexiones sistémicas exigen grandes acuerdos, como ocurrió en el Congreso de Viena (1815), la Conferencia de Potsdam (1945) o la Cumbre de Malta (1989).

La invasión de Rusia a Ucrania; la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos; la ofensiva militar conjunta de Washington e Israel contra Irán; las crecientes tensiones de China con Japón, Filipinas e India; y el rearme acelerado de Alemania y Japón no son episodios aislados. Son manifestaciones de una misma disputa subyacente: la lucha por la configuración del nuevo sistema internacional.

Es oportuno indicar que el reordenamiento del sistema internacional casi siempre ha sido producto de grandes conflictos bélicos. La excepción más reciente fue el colapso de la Unión Soviética, que transformó el sistema sin que mediara una guerra directa entre superpotencias.

El politólogo Kenneth Waltz, precursor del enfoque neorrealista, definió el sistema internacional como el espacio donde se distribuye el poder entre las potencias. En su obra cumbre Teoría de la Política Internacional, Waltz cita y critica al también politólogo estadounidense Morton Kaplan, quien desarrolló seis modelos de sistemas internacionales: equilibrio de poder, bipolar laxo, bipolar severo, veto de la unidad, universal y jerárquico, pero rechaza ese enfoque por considerarlo meramente descriptivo y carente de verdadero poder explicativo.

Para Waltz, lo que realmente importa es un criterio más simple y más poderoso: el número de grandes potencias que coexisten en el sistema y cómo se distribuyen las capacidades entre ellas. De esa lógica se desprenden, esencialmente, dos tipos de estructura: el sistema multipolar y el bipolar.

Cabe destacar que la unipolaridad estadounidense que se consolidó tras la caída del Muro de Berlín comenzó a erosionarse con la crisis financiera de 2007, la intervención rusa en Georgia en 2008 y, de manera decisiva, con el ascenso de China como superpotencia global en las últimas décadas.

En 2008, economista estadounidense C. Fred Bergsten publicó en Foreign Affairs un artículo titulado A Partnership of Equals: How Washington Should Respond to China's Economic Challenge (Una sociedad de iguales: cómo debería responder Washington al desafío económico de China), en el que proponía la creación de un G-2, un condominio de poder entre Washington y Beijing para gestionar los grandes desafíos de la gobernanza global. Aquel texto fue considerado entonces una provocación intelectual. Casi dos décadas después, parece una descripción bastante ajustada de la realidad.

En el contexto actual, Rusia, India, Alemania, Japón, Francia y el Reino Unido no poseen el poder suficiente para reclamar un rol equiparable al de Estados Unidos y China en el sistema internacional. Las cifras son elocuentes: Estados Unidos, con un PIB nominal de 31.8 billones de dólares según el FMI, representa el 25.8% de la economía mundial, una proporción sorprendentemente estable desde los años setenta del pasado siglo. China, con 20.6 billones, concentra cerca del 17%. El resto queda muy atrás: Alemania, tercera economía global, apenas alcanza los 5.3 billones, equivalentes al 4.3% del producto mundial. La brecha no es solo económica; es también tecnológica, militar y diplomática.

La guerra en Ucrania ha impuesto a Rusia un costo extraordinariamente alto, erosionando de manera significativa su posición en el sistema internacional. En el plano económico, el deterioro resulta visible, ya que, de acuerdo con datos de la OMC, pasó del décimo lugar entre los principales exportadores mundiales en 2022 al vigésimo en 2024. Esta caída del comercio exterior se corresponde con una economía prácticamente estancada, con un PIB de 2.5 billones de dólares. El deterioro de la economía rusa se debe en gran medida al efecto combinado de las sanciones occidentales y al enorme gasto militar sostenido desde 2022, que absorbe alrededor del 8% del PIB.

El desgaste también ha afectado uno de los pilares tradicionales de su proyección global, la exportación de armamentos. Luego de décadas como segundo mayor exportador de armas, Rusia descendió al tercer lugar a partir de 2024, según documenta el informe del SIPRI publicado en marzo de 2025. Además, Rusia está rezagada con respecto a Estados Unidos y China en innovación y, sobre todo, en el desarrollo de inteligencia artificial.

En cuanto a la India, aunque en 2025 se convirtió en la cuarta economía del mundo, su PIB nominal es de 4.5 billones de dólares. Igualmente, sigue dependiendo de Rusia, Francia, Israel y Estados Unidos para equipar sus Fuerzas Armadas. Además, la India exporta menos que países pequeños como Bélgica o Singapur.

Esta realidad no ha pasado desapercibida. En 2023, el experto noruego Jo Inge Bekkevold publicó en Foreign Policy un artículo de título contundente: No, the World Is Not Multipolar (No, el mundo no es multipolar). Su argumento central, es que, aunque un orden multipolar podría consolidarse en el largo plazo, lo más probable en el horizonte inmediato es que el mundo opere bajo una lógica bipolar.

En esa misma línea, el exsecretario de Estado Antony Blinken, sostuvo en la revista Foreign Affairs, en su artículo America’s Strategy of Renewal: Rebuilding Leadership for a New World (La estrategia de renovación de Estados Unidos: reconstruyendo el liderazgo para un nuevo mundo), que China es el único país con la intención y la capacidad de transformar el sistema internacional, y que, desde el primer día, la administración Biden la asumió como el principal desafío estratégico de largo plazo para Estados Unidos.

El 30 de octubre de 2025, los presidentes Donald Trump y Xi Jinping se reunieron en Busan, Corea del Sur, al margen de la cumbre de APEC. Tras el encuentro, Trump lo describió en Truth Social como una reunión del G-2, retomando la categoría que Bergsten introdujo casi veinte años antes. La agenda bilateral incluía una visita de Trump a Beijing prevista para marzo-abril, que la guerra contra Irán obligó a posponer hasta mayo. China ha proclamado durante décadas su defensa en favor de un mundo multipolar, sin embargo, en la práctica no le incomoda ser tratada por Washington como su igual en un esquema de facto bipolar.

En conclusión, aunque el sistema internacional todavía no ha cristalizado en una forma completamente definida, Estados Unidos y China se consolidan como los dos polos centrales de gravitación del poder mundial, y la profundización de su rivalidad tiende a estrechar el margen de maniobra de los demás Estados. Para países como la República Dominicana, la astucia diplomática no constituye un atributo accesorio, sino un imperativo estratégico. De su ejercicio dependerá, en buena medida, la capacidad de resguardar el interés nacional en un entorno cada vez más competitivo, jerarquizado y exigente.  

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Juan González

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