Guardianes de la verdad Opinión

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Rafael Leónidas Tejada Mena, nuestro ilustrado y polemista Pile Tejada, amigo leal y de muchas luces, se destacaba entre la juventud francomacorisana como declamador, cantante y costumbrista.

Uno de sus ingeniosos relatos era aquel de: ¡Qué destino el nuestro, Juanita, tú cuero y yo guardia!

Se trataba, según nuestro narrador, del encuentro casual de dos jóvenes de un campo de Nagua, en un prostíbulo de la capital.

Un drama que también tiene muchas versiones entre los jóvenes de los barrios capitalinos del presente.

A menudo, él y ella crecen juntos y se enamoran apasionadamente; muchos, no pudiendo casarse formalmente por falta de recursos para mantener un hogar, y menos para ciertos rituales tradicionales tan anhelados por ellas y por los familiares; otros se casan y viven con duras dificultades.

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Él apenas llegó al octavo y tuvo que dedicarse a la mecánica o a la mensajería; ella cursó dos años de secundaria y unos meses de secretariado.

El pasa el día sudando y afanado con grasas, autos viejos y gentes toscas; ella, en cambio, trabaja en el banco, siempre bien vestida, con aire acondicionado y gentes que la trata con cortesía y delicadeza.

Su regreso a casa no es un final de día feliz.

Los diálogos no son siempre fluidos. El varón siempre mimado, a quien el barrio le cambió el lenguaje de mamá por asperezas machistas, para ser aceptado en su grupo de compañeritos.

Tampoco es simple para un joven “formado” en estas zonas, hacer confluir unas relaciones edípicas e idílicas con mamá y la esposa, con las demandas y responsabilidades de su diario vivir. Especialmente, con las exigencias y presiones existenciales de una sociedad consumista, anómica y corrupta.

La salida y ruptura de la dependencia emocional materna a menudo se sitúa en una atmósfera psico-espiritual cercana a lo patológico. Especialmente cuando se mezcla con la santería y la inclusión de “la virgen” (utilitaria y psíquicamente similar a la de los sicarios).

El triángulo edípico y erótico puede complejizarse al estar bajo protección espiritual, según cierta tradición.

Su dependencia emocional se agudiza y él daría su vida para que a ella no le ocurra nada malo, pero también es capaz de quitarle la vida y, frecuentemente, suicidarse cuando esa tríada almática, psicoespiritual se desploma.

Parte importante de estos dramas hogareños, que también incluyen a nuestras clases medias, tiene mucha relación con actitudes edípicas, alimentadas por relaciones hogareñas defectuosas.

Las libertades y derechos ganados por la mujer en casi todo el planeta son un contundente desafío para una sociedad tradicionalista y conservadora, con gran influencia religiosa, según la cual, cada relación matrimonial tiene carácter sagrado. Un desafío fuerte aún para parejas cristianas y de clases acomodadas.

Para los jóvenes de nuestros barrios, particularmente, los no creyentes faltos de autodisciplina y con exceso de permisividades, el matrimonio tradicional constituye una “experiencia socio espiritual” demasiado compleja y demandante. Los creyentes practicantes son probabilísticamente menos vulnerables.

El estudio de la violencia intrafamiliar y el feminicidio debe empezar por estos factores socioculturales.

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Rafael Acevedo

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