Opinión

Covid-19

La reduflación: un vicio que nació con la pandemia y no se ha ido

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La Covid-19, que azotó al planeta en los dos primeros años de la década de 2020, nos dejó aprendizajes y cambios de hábitos. Creció el comercio electrónico, se multiplicaron los delivery y, en el ámbito económico, se instaló un fenómeno que parecía pasajero: la reduflación. El virus se fue, pero la práctica sigue.

La reduflación se hizo visible en Francia cuando los consumidores detectaron que los envases venían con menos cantidad. Se quejaron ante los proveedores y estos respondieron que la decisión venía de los fabricantes.

Los fabricantes alegaron que recortaron contenido para sostener la oferta ante una demanda masiva, sobre todo de alimentos y artículos de gran consumo. Pero al reducir la cantidad y mantener el mismo precio, o aumentarlo, se produce un engaño: el consumidor paga más por unidad sin notarlo.

Simplemente: te dan menos del producto por el mismo dinero.

Las razones que suelen invocar son conocidas: aumentos de materias primas, transporte, energía o mano de obra. A esto se le suma el cálculo psicológico: el consumidor nota más una subida de precio que una reducción de tamaño. También entra la protección de márgenes. El problema es que el costo real lo paga la confianza que tiene el consumidor en su proveedor.

Desde que surgió el fenómeno, los consumidores lo ven a diario. Las papas fritas y otros empacados traen más aire que contenido. Las servilletas y el papel de baño duran menos. Los envases son más pequeños. Pastas de dientes y algunos medicamentos vienen en menor cantidad.

Traigo el tema de nuevo porque en las compras en línea lo que ocurre resulta preocupante. Casi siempre me refiero a cosas que me pasan y, como no me ocurre solo a mí, siento la responsabilidad de compartir la experiencia. Desde hace tiempo compro unas cremas para los pies, pero en los últimos pedidos el envase llega “inflado”: mucho aire y poco producto. La crema que antes duraba meses ahora se termina en una semana.

No es un detalle menor. La reduflación tiene efecto inflacionario, porque te obliga a comprar con más frecuencia para obtener la misma cantidad de antes. Por eso es pertinente que los gobiernos asuman la defensa de los más vulnerables y revisen esta práctica con seriedad. También deben exigir sanciones efectivas cuando se compruebe engaño, sobre todo en productos de consumo cotidiano.

Francia dio un paso importante. Desde el 1 de julio de 2024, una normativa obliga a supermercados y grandes distribuidores a informar cuando un producto reduce su cantidad sin que baje el precio, con un aviso visible que indique el cambio de cantidad y el aumento del precio por unidad, kilo o litro. El gobierno francés lo considera un aumento oculto de precios y poco transparente.

Aquí debemos mirar el comercio físico y el digital. En el estante, el aviso ayuda. En la compra en línea, el engaño se esconde mejor: la foto no revela cuánto aire trae el envase ni cuánto “adelgazó” el contenido. La transparencia debe incluir peso neto destacado y precio por unidad de medida.

La psicología del consumidor se altera cuando le suben el precio, pero deja pasar que le reduzcan el tamaño. Entra en juego la fidelidad, la costumbre y hasta la resistencia al cambio. Las empresas lo saben. El Estado también. Y ahí está el desafío.

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Altagracia Paulino

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