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Reflexión

La relación de Alburquerque y la ingratitud de los testamentados del PRM

“Ni te agradezco ni te guardo rencores, porque como ingrato no tengo memorias”.

Luis Ma. Ruiz Pou.

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Por: Lic. Luis Ma. Ruiz Pou

Desde CEDIMAT, en su lecho, el ingeniero Ramón Alburquerque está dejando un legado dirigido a las futuras generaciones que llevan en su ADN el gen perredeísta —o perremeísta—. Su intención es que su experiencia sirva de advertencia a quienes decidan incursionar en organizaciones políticas que arrastran la herencia del viejo PRD. Ese legado lo condensó en su artículo El futuro del PRM en el poder” (Periódico Hoy, 23/01/2026).

Ramón considera que, después de la crisis del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), dentro de la organización que él ayudó a formar —el Partido Revolucionario Moderno (PRM)— se produjo un cambio del cielo a la tierra. Afirma haber formado a los principales dirigentes más altos e íntegros que ha conocido la política dominicana en los últimos tiempos.

“Entre nuestros principales aportes al partido está haber formado primero a nuestro presidente en lo que él necesitó (…)”. Ramón señaló a varios que están ostentado cargos públicos desde que el PRM llegó al poder (2020–2024). Sin embargo, el gran fundador del PRM no fue tomado en cuenta para formar parte del gabinete gubernamental durante estos periodos. De acuerdo con el propio Ramón, se violaron acuerdos establecidos durante la transición previa a la juramentación del presidente Abinader. Para muchos, eso no resulta extraño. Como vieja maña heredada, al PRM le incubaron —según diversas voces críticas— el virus de la ingratitud y la traición.

Hoy, esa dinámica amenaza con dividirlo, pues varios de sus dirigentes jóvenes aspiran a la curul presidencial, mientras que el liderazgo dominante aparenta tener otra figura en mente. Por ello, según rumores, algunos aspirantes estarían considerando mudarse o “comprar una parcela” en otras organizaciones con miras a las próximas elecciones.

José Francisco Peña Gómez solía advertir que, por implosión, al PRD solo lo destruía el propio PRD. En este caso, podría ocurrir con el PRM. Desde su origen, los perremeístas han sido descritos como portadores del gen de la indisciplina y la rebeldía: se creen líderes, no acatan líneas y viven entre ciclos de ascenso y caída. No obstante, se reconoce que Abinader rompió el hechizo al cambiar el estilo de gobernar y superar las crisis que enfrentó para lograr un segundo mandato.

En medio de esta reflexión surge una pregunta inevitable: ¿qué honor le estamos dando a Ramón Alburquerque en vida y qué reconocimiento real le hemos ofrecido antes de que la muerte lo alcance?. Resulta paradójico que un hombre que dedicó décadas a formar cuadros, sostener partidos en crisis y defender principios —aun cuando estos le costaran posiciones y simpatías— reciba ahora más silencios que gratitudes.

La sociedad dominicana suele celebrar a sus figuras cuando ya no pueden escuchar los aplausos; sin embargo, la grandeza de un liderazgo también se mide por la capacidad de reconocer a tiempo a quienes sembraron, aun cuando otros cosecharon. Honrar a Ramón hoy no es un gesto ceremonial, sino un acto de justicia histórica.

Al final, la reflexión que subyace en este relato no es solo política, sino profundamente humana: toda organización es un espejo de las virtudes y defectos de quienes la componen. La ingratitud, cuando se instala como hábito, no destruye solo vínculos personales; erosiona también la memoria moral de los proyectos colectivos. Y sin memoria, ningún legado perdura.

Quizá por eso Alburquerque insiste en el honor: porque es el único patrimonio que no depende del reconocimiento ajeno. Los cargos pasan, las alianzas se diluyen, los partidos mutan; pero el honor —cuando existe— permanece como la única brújula capaz de orientar a quienes aspiran a servir y no solo a ascender.

En política, como en la vida, la verdadera herencia no es el poder que se entrega, sino la conciencia que se deja.

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