Opinión

Enmanuel Castillo

...Aunque no sé quién eres, ni qué te duele

Antiguamente, los sabios decían: Solo sé que nada sé; lo que vemos no es lo real; nada es, todo deviene; el que habla no sabe, el que sabe no habla.

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(A la memoria de Enmanuel Castillo)

Antiguamente, los sabios decían: Solo sé que nada sé; lo que vemos no es lo real; nada es, todo deviene; el que habla no sabe, el que sabe no habla.

Posteriormente, afirmaron haber llegado al saber; intentaron anular las raíces del común entendimiento, nuestras creencias tradicionales, culturales, con las que habíamos convivido y sobrevivido.

Vinieron luego quienes radicalmente negaron las verdades que creíamos inconmovibles; el humano que se había formado durante milenios fue declarado débil mental, alfeñique intelectual, y que era preciso crear un hombre y una humanidad nuevos.

La pelea entre el ser y el no ser, entre el ser y la nada, y los absurdos de una realidad nauseabunda hicieron más cruda y amarga la vida de un hombre que aún no ha aprendido siquiera a amarse a sí mismo; aunque sí cómo darse gusto y auto complacerse.

A ese personaje, que soy yo mismo, que eres tú y son otros de quienes no tenemos idea de quiénes ni cómo son, son, precisamente, esos para quienes estas líneas supuestamente escribo. Todos, ustedes y quien escribe, siendo víctimas de este absurdo que consumimos y que se nos ha forzado a consumir.

Todos, probablemente frente a asuntos y problemas similares, estamos absortos, pero finalmente conscientes de la estúpida realidad que nos está tocando vivir. Contemplando el destrozo de reglas que a pesar de ser violadas y dudadas eran muy útiles a las mayorías, especialmente a los más ingenuos e inocentes e iletrados del conglomerado.

Hoy nos llueven analfabetos opinando con toda autoridad, beligerancia y prepotencia; como solo su atrevida ignorancia es capaz. Y a menudo nos aplastan con sus opiniones cargadas de prejuicios e insensatez, aunque enarbolan el mejor sentido común y la más inmaculada justicia.

Esa tenemos. ¡Cojan ahí!, eso es lo que fabricamos, es nuestro producto social y cultural.

Somos apenas actores insignificantes de “paisillos menores”, que nada cuentan en las decisiones de las sociedades mundiales, a los que los poderosos nos cuidan acaso tan solo porque somos aún lugares de descanso y diversión u otras insignificancias de moda.

Pero nosotros, contra toda expectativa razonable, también queremos opinar. Porque, aunque nadie por allá lo crea, los de aquí somos de los que llegaron a creer que tienen derecho a opinar. Y en ese sentido, los que nos conocen se han percatado que estos “meso isleños” tenemos una marcada tendencia a opinar hasta de lo que no sabemos, es decir, como tontos con iniciativa.

Afortunadamente, creo poder asegurarles a todos que: “Si hablásemos lenguas humanas y espirituales, y no tenemos amor, somos como metal mohoso, o címbalo roto. Y si tuviésemos profecías, y entendiésemos todos los misterios y toda ciencia, y aun tuviésemos tanta fe que moviésemos montañas, y no tenemos amor, nada somos.

El amor es sufrido y benigno, no busca lo suyo, no se irrita, ni guarda rencor.

Las profecías se acabarán. Cesarán las lenguas; cesarán las ciencias. Pero el amor nunca dejará de ser”. (Pablo de Tarso).

Sobre el autor
Rafael Acevedo

Rafael Acevedo