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El poder no tolera vacíos

Luis Abinader hizo algo raro: renunció a la tentación de quedarse. La historia reconocerá el gesto. El poder solo verá la silla vacía.

Silla presidencial de la República Dominicana

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Luis Abinader hizo algo raro: renunció a la tentación de quedarse. La historia reconocerá el gesto. El poder solo verá la silla vacía.

Un presidente que anuncia su salida no solo fija una fecha. Afloja obediencias. Despierta cálculos. Mueve llamadas que antes no se hacían y silencios que antes no se atrevían. Desde ese momento, el sistema deja de mirar al jefe y empieza a oler al sucesor.

Ahí comienza el desgaste de verdad.

Eso ya sería grave en tiempos normales. Hoy es dinamita. 

Las guerras se alargan. El petróleo aprieta. Y un barril sobre cien dólares no es poesía: es transporte, comida, factura y mal humor social.

Por eso el oficialismo no puede seguir tratando la sucesión como un tema para después.

El PRM cree que administra una sucesión.

Se equivoca.

Administra un vacío.

Y los vacíos no esperan: los llenan los corrillos, los oportunistas y los funcionarios que ya obedecen hacia adelante.

El PRM no tiene tiempo.

Tiene gobierno, presidente, Congreso, alcaldías, estructura. Lo que no tiene es derecho a dormirse.

Tiene que decidir ya qué relevo va a construir. No para coronar a nadie. No para repartir candidaturas en una mesa de amigos. Para impedir que el poder se le escape de las manos mientras todavía gobierna.

Un partido que gobierna con un presidente de salida, una crisis en marcha y una sucesión aplazada no administra autoridad. Administra nervios.

Y con nervios no se manda.

Sobre todo en un país que no se gobierna al margen de las crisis, sino a través de ellas.

Tres nombres pesan hoy.

David Collado tiene vitrina, gestión, simpatía y aguante. Pero la crisis no se gobierna cayendo bien. Cuando la cosa se aprieta, la sonrisa no sostiene el mando.

Carolina Mejía tiene partido, territorio, gerencia y apellido. Eso abre puertas. También cobra factura. En política dominicana heredar no es mandar. Su desafío es construir poder propio y no solo administrar una herencia con buenos modales.

Yayo Sanz Lovatón llega con otra cosa: pelea. Instinto. Disposición a dar la cara cuando otros prefieren esperar. Eso, en política, se cobra dos veces: por enemigo ganado y por amigo que prefiere no recordar. Llega más expuesto al desgaste, pero también más probado en batalla.

Ninguno llega intacto.

Lo peligroso no es competir ni definirse. Lo peligroso es seguir callando.

Porque en política los silencios son órdenes. Y toda orden termina favoreciendo a alguien.

Cuando la sucesión manda y nadie la ordena, empiezan las lealtades repartidas. El ministro mira al Palacio, pero también al que cree que viene. El dirigente saluda al presidente, pero ya calcula con quién amanecerá mañana.

Así se afloja un gobierno. No de golpe. Por dentro.

El mando se carcome. El gobierno deja de gobernar y empieza a durar.

Y durar no es mandar.

La indefinición no conserva el poder. Lo pudre.

El poder no se conserva escondiendo el reloj. Se conserva leyendo la hora.

Y la hora llegó.

El PRM ganó prometiendo romper con la política de los corrillos. Si la sucesión la resuelven los corrillos, no habrá perdido una elección. Habrá perdido la razón por la que ganó.

El PRM debe ordenar su relevo ya. La indecisión no es prudencia.

Es miedo.

Miedo al costo de mandar.

Y el miedo, en política, siempre termina oliendo a debilidad.

La debilidad no se perdona.

Se huele.

Se cobra.

Se la queda otro.

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Gabriel del Gotto

Gabriel del Gotto