Salud mental
Tres suicidios en una semana ¿Por qué ellas?
Cuando ocurren hechos así, solemos buscar una causa concreta que nos tranquilice
Creada con IA
En menos de una semana, tres mujeres jóvenes se han quitado la vida. Dos en Santo Domingo y otra en San Francisco de Macorís. Todas tienen elementos en común: menos de 25 años, estudiantes, mujeres. Una de ellas, apenas una adolescente de 16 años. Quizá igual que yo, ustedes también se preguntan ¿por qué lo hicieron? ¿por qué todas son mujeres?
Cuando ocurren hechos así, solemos buscar una causa concreta que nos tranquilice: una ruptura amorosa, problemas familiares, presión académica, dificultades económicas, depresión no tratada. Y aunque cualquiera de estos factores puede estar presente, rara vez explica por sí solo una decisión tan definitiva. El suicidio no suele ser un impulso aislado, suele ser el punto final de un proceso silencioso de desgaste emocional. Pero cuando, en un lapso tan corto de tiempo las historias coinciden, una se pregunta ¿Por qué ellas?
Las mujeres, y particularmente las mujeres jóvenes, vivimos hoy una paradoja compleja. Nacemos con más oportunidades que generaciones anteriores, pero también con más presión y sentimiento de insatisfacción. A las mujeres jóvenes les insistimos que pueden lograrlo todo, pero pocas veces le hablamos del costo emocional de intentar sostener todas esas expectativas al mismo tiempo. Ellas deben ser brillantes académicamente, socialmente aceptadas, emocionalmente maduras, físicamente atractivas, independientes, fuertes, exitosas. Esas aspiraciones se convierten en cargas que pesan de manera silenciosa y en una soledad profunda que en muchas ocasiones, solo encuentra las redes sociales como apoyo momentáneo, misma que refuerzan los altos estándares y la presión social.
Si a esto se suman entornos familiares fragmentados, precariedad económica o lo contrario, opulencia sin afectos, violencia de género, relaciones afectivas inestables o falta de acceso oportuno a servicios de salud mental, el terreno se vuelve aún más frágil. Y entonces me surge otra pregunta ¿de dónde donde se agarran las nuevas generaciones en momentos tan complejos como los que vivimos?
Después del COVID-19, nuestros cerebros no quedaron igual. El distanciamiento social prolongada, el miedo sostenido, la incertidumbre constante y el fortalecimiento de lo virtual por encima de lo humano se convirtieron en estrategias de sobrevivencia que parecen haber llegado para quedarse. Pero, ¿son aptas para la salud mental?
Desde las neurociencias, autores como Jonathan Haidt, en su libro La generación ansiosa, advierten que el cerebro adolescente y joven necesita interacción presencial para desarrollarse y regularse adecuadamente. Existen circuitos neuronales relacionados con la empatía, la regulación emocional y el sentido de pertenencia que se fortalecen solo con el contacto cara a cara: la mirada, el abrazo, la conversación sin filtros ni pantallas. No somos cerebros diseñados para crecer en aislamiento digital.
A esto se suma una época donde casi todo está cuestionado. Las generaciones más jóvenes parecen crecer con menos certezas, menos creencias firmes de donde sostenerse. Las redes de apoyo se vuelven más difusas. Las comunidades, más fragmentadas y nuestros estilos de vida tampoco ayudan: menos alimentos de calidad, más distanciamiento social, más pantalla, menos descanso, menos sueño, más trabajo, menos ingresos, menos vínculos y mayores exigencias sociales. Vivimos hiperconectados y sobre-estimulados, pero profundamente desconectados del entorno, de nuestras emociones y de espacios seguros que contengan.
La solidaridad pierde terreno frente a la competencia feroz por tener. Los indicadores de éxito se centran en acumular dinero, seguidores, reconocimiento y no en la otra cara del bienestar: vínculos sanos, propósito, equilibrio y salud mental.
El suicidio nunca responde a un único factor. Es el resultado de múltiples variables biológicas, psicológicas, sociales y culturales que convergen. Pero sí podemos preguntarnos, como sociedad: ¿estamos ofreciendo espacios reales de escucha? ¿Estamos construyendo comunidad o solo conexiones digitales? ¿Estamos educando para competir o para convivir? ¿Estamos enseñando a gestionar emociones o solo a producir resultados?
Respondamos a estas preguntas juntos y juntas e iniciemos preguntando en nuestras casas ¿Estás bien?