Opinión

Privilegios y poder

¿Valen todas las ideas lo mismo?

Hay ideas que amplían el mundo y otras que lo reducen.

Creada con IA

Creado:

Actualizado:

Se ha vuelto común escuchar que, en democracia, todas las opiniones tienen el mismo peso. La frase suena tolerante, abierta, incluso civilizada. Pero no es cierta. Una cosa es reconocer que todas las personas tienen la misma dignidad y los mismos derechos, y otra muy distinta es asumir que todas las ideas merecen igual legitimidad.

No la merecen.

Bajo una noción perezosa de libertad de expresión, se ha intentado poner al mismo nivel una idea fundada en evidencia, reflexión y responsabilidad ética, y otra nacida del prejuicio, la ignorancia o el odio. Como si todo debiera ser tratado con el mismo respeto por el simple hecho de haber sido dicho. Como si cuestionar una idea abiertamente discriminatoria fuera un exceso y poner límites frente a la crueldad implicara intolerancia.

El problema de nuestro tiempo no es solo la desinformación. Es también la renuncia a distinguir. Hemos empezado a llamar debate a cualquier cosa, incluso a la negación de la humanidad ajena. Y no toda idea llega al espacio público con el mismo peso moral ni con la misma consistencia intelectual.

Hay ideas que amplían el mundo y otras que lo reducen. Hay ideas que buscan comprender y otras que solo intentan justificar jerarquías, exclusiones y castigos.

Para mí, la línea está clara: si una idea o una acción coarta los derechos humanos de alguna persona, ahí trazo mi límite. Ahí termina cualquier intento de presentarla como una opinión respetable.

Una idea que promueve la exclusión, la segregación o la negación de derechos no es una diferencia inocente de criterio. Es una agresión. Una democracia no debería confundirse al punto de tratar como equivalentes a quien defiende la dignidad de un grupo humano y a quien pretende restringirla.

Sin embargo, buena parte del discurso público insiste en fabricar esa falsa equivalencia. Se nos pide escuchar a “las dos partes” aun cuando una de esas partes está cuestionando si ciertas personas merecen libertad, protección o reconocimiento.

Se nos pide equilibrio incluso cuando lo que hay delante no es una controversia legítima, sino una forma de violencia. Y así, en nombre de la pluralidad, se termina blanqueando el agravio.

También importa mirar desde qué lugar se formulan esas ideas, a quién benefician y sobre quién recaen sus efectos. Hay discursos que se disfrazan de neutralidad para no nombrar privilegios, y posturas que se presentan como sensatas cuando en realidad solo defienden el orden existente.

Esa supuesta objetividad, muchas veces, no es más que una coartada elegante para no incomodar estructuras de poder desiguales. Por eso el rigor importa.

No vale igual un argumento construido con evidencia, contexto y conciencia histórica que una afirmación superficial repetida con seguridad. Tampoco vale lo mismo una idea que reconoce la dignidad de las personas que otra que necesita degradarlas para sostenerse. Menos aún un planteamiento que busca ampliar derechos frente a otro que intenta justificar su recorte.

Pensar también es una responsabilidad ética.

La historia está llena de advertencias sobre lo que ocurre cuando una sociedad reniega de esa responsabilidad. La doctrina de ‘separados pero iguales’ sirvió de coartada jurídica para el régimen de Jim Crow, un sistema de segregación racial que convirtió la exclusión en norma y la desigualdad en política pública.

Durante demasiado tiempo se la hizo pasar por razonable, como si fuera una diferencia ideológica y legítima entre partes comparables. No lo era.

Reconocer que no todas las ideas valen lo mismo es asumir un mínimo de lucidez democrática. Es entender que la libertad de expresión no obliga a otorgar respetabilidad a discursos que lesionan la dignidad humana.

Hay ideas que amplían la ciudadanía y otras que abren paso a la crueldad. Hay ideas que fortalecen la democracia y otras que la vacían desde dentro. La democracia se debilita cuando dejamos de trazar esa línea.

Sobre el autor
Radhive Pérez

Radhive Pérez