Guardianes de la verdad Opinión

Dominación y normalidad

La costumbre de obedecer

Los pueblos, dice La Boétie, terminan acostumbrándose a obedecer. Y cuando la costumbre se instala, la dominación deja de percibirse como tal.

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¿Por qué obedecen las personas? La pregunta no es nueva, pero toca una parte sensible e incómoda de la vida política, porque desplaza la mirada y nos obliga a pensar no solo en quien manda, sino también en las razones por las que una sociedad acepta, tolera o reproduce aquello que la domina.

Responderla exige volver a Étienne de La Boétie y a Simone Weil. Ambos intentaron comprender cómo se sostiene el poder y qué papel juega la obediencia en ese proceso.

En su célebre Discurso sobre la servidumbre voluntaria, La Boétie, un joven jurista del siglo XVI, observó algo que debería resultarnos evidente y, sin embargo, pocas veces lo es: ningún poder se sostiene sin la colaboración, activa o pasiva, de quienes lo obedecen.

No se trata únicamente de la fuerza o de la coerción. El poder descansa sobre una forma de consentimiento que muchas veces se vuelve invisible incluso para quienes lo otorgan.

Lo llamativo de su reflexión es que no atribuye la dominación únicamente al tirano, sino a una red de hábitos, recompensas, miedos y pequeñas complicidades que terminan sosteniendo la estructura misma del poder.

Los pueblos, dice La Boétie, terminan acostumbrándose a obedecer. Y cuando la costumbre se instala, la dominación deja de percibirse como tal.

Siglos más tarde, Simone Weil retomó esa inquietud desde otra perspectiva igualmente incisiva. En sus Meditaciones sobre la obediencia y la libertad, observó que la obediencia no es solo un fenómeno político; es también un fenómeno moral y espiritual.

Las sociedades tienden a producir mecanismos que hacen que las personas acepten órdenes incluso cuando estas contradicen su propia conciencia. La obediencia, en ese sentido, no se explica únicamente por el miedo, sino por factores más complejos: la necesidad de pertenecer, el deseo de seguridad o la renuncia gradual a la responsabilidad de pensar por cuenta propia.

Weil entendió que la verdadera libertad no consiste simplemente en oponerse al poder, sino en conservar la capacidad de pensar con independencia frente a él. Es precisamente esa capacidad la que las estructuras de poder tienden a debilitar.

La coincidencia entre ambos pensadores resulta notable, más aún si se considera que los separan cuatro siglos. Tanto La Boétie como Weil llegaron a una conclusión similar: las formas de dominación más eficaces no son aquellas que se imponen por la fuerza, sino aquellas que logran instalarse en la normalidad de la vida cotidiana.

Cuando la obediencia se vuelve costumbre, el poder deja de necesitar violencia visible.

Lo que ambos pensadores señalan es que la libertad no desaparece de golpe, sino que se va debilitando cuando dejamos de preguntarnos si lo que aceptamos como normal es realmente justo.

Leerlos hoy significa volver a preguntas que toda sociedad debería hacerse de vez en cuando: por qué obedecemos, hasta dónde llega la autoridad legítima y en qué momento obedecer deja de ser parte de la convivencia para convertirse en aceptación irreflexiva.

Por eso estos textos siguen siendo necesarios, como recordatorio de que toda sociedad libre depende, en última instancia, de personas capaces de interrogar su propia obediencia.

Sobre el autor
Radhive Pérez

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