Libertades
El vértigo del retroceso
Dentro y fuera de la República Dominicana, el contexto es convulso.
Fuente externa
A lo largo de la historia se encuentran momentos en los que las sociedades parecen avanzar con dificultad, pero con una dirección más o menos clara. Y hay otros, como el actual, en los que el movimiento no es lento, sino acelerado y, además, en reversa.
Un giro brusco hacia políticas que restringen libertades individuales, relativizan derechos conquistados y presentan la negación como una forma legítima de orden.
La pregunta inevitable es: ¿qué nos empuja a elegir el retroceso como respuesta al miedo?
Dentro y fuera de la República Dominicana, el contexto es convulso. Violencia, incertidumbre económica, desconfianza en las instituciones, desigualdades que se van ampliando y una sensación generalizada de fragilidad.
Cuando el presente se percibe inestable, la promesa de control se vuelve seductora. Y pocas promesas seducen tanto como la que nos ofrece seguridad, incluso si el precio es perder libertad.
El miedo es un motor poderoso. A menudo se disfraza de pragmatismo, de sentido común, de cansancio. Se dice que los derechos y las libertades “se han exagerado”, que el orden requiere sacrificios.
El problema es que esos sacrificios rara vez se distribuyen de manera equitativa. Casi siempre recaen sobre los mismos cuerpos, las mismas voces, las mismas periferias.
A este miedo se suma otro fenómeno igual de corrosivo: el agotamiento democrático. Cuando las instituciones no responden, la política decepciona y la justicia parece lejana o selectiva, crece la tentación de soluciones simples para problemas complejos. Y las soluciones simples suelen tener un costo alto como reducir derechos, concentrar poder, silenciar disidencias.
Negar derechos se convierte en una narrativa de alivio. No porque resuelva los problemas de fondo, sino porque ofrece una ilusión de control inmediato. Frente al caos, se promete orden. Frente a la incertidumbre, autoridad. Frente a la complejidad, obediencia.
Y nada hay más alejado de la realidad que esa narrativa. Las sociedades no se vuelven más seguras cuando renuncian a la dignidad; solo se vuelven más vulnerables. La restricción de libertades no elimina la violencia, la desplaza. No corrige la desigualdad, la profundiza. No fortalece la democracia, la vacía de sentido y propósito.
Lo alarmante no es solo que estas políticas existan, sino que empiecen a parecernos razonables, incluso necesarias.
Y, sin embargo, incluso en este escenario, la esperanza sigue siendo una opción legítima. No como consuelo superficial, sino como ejercicio crítico.
Tener esperanza es recordar que los derechos no nacieron de la comodidad, sino de la resistencia. Que las libertades no fueron concesiones graciosas, sino conquistas luego de arduas batallas y luchas.
Sostener la esperanza exige más que optimismo: pensar mejor. resistir la tentación de respuestas inmediatas, defender el derecho ajeno, incluso cuando nos incomode, proteger la libertad aun cuando parezca frágil, apostar por la democracia incluso cuando decepciona.
Aferrarse a la esperanza no significa negar la gravedad del momento. Es comprenderla. Entender que cada retroceso fue una decisión. Y que toda decisión puede discutirse, cuestionarse y transformarse.
Tal vez no podamos frenar todos los giros regresivos. Tal vez no logremos evitar cada restricción injusta. Pero mientras sigamos preguntándonos por qué ocurre, mientras no renunciemos a la crítica ni a la dignidad, mientras la esperanza no sea reemplazada por el cinismo, el retroceso no será definitivo.
La historia insiste en recordarnos que las sociedades que se rinden al miedo terminan perdiendo derechos, mientras que aquellas que se atreven a pensar, incluso en medio del vértigo, conservan la posibilidad de recuperarlos.
Y esa posibilidad, por mínima que parezca, sigue siendo razón suficiente para no rendirnos.