Literatura
Estudiantes con vocación crítica en el ámbito del arte
En cuidado intensivo de Pedro Ortegarias.
El Museo de Arte Moderno (MAM) constituye un espacio privilegiado para el encuentro entre creación artística y reflexión crítica. En el marco de la Bienal 2025 organizamos una visita grupal con los estudiantes de “Teoría de la Experiencia Estética”, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en la cual cada participante debía seleccionar la obra que más le había impactado y elaborar posteriormente un ensayo crítico. La consigna académica estuvo orientada al análisis estético de la pieza elegida y exigía cinco componentes fundamentales: la identificación clara de la obra (título, autor, técnica, año y contexto), la justificación personal de la elección, el análisis de al menos cinco características estéticas y la interpelación de los espectadores, a través de un ensayo con coherencia estilística, incluyendo el uso de citas y formato según APA. Este ejercicio buscaba fomentar una mirada rigurosa y sensible, capaz de reconocer al arte no solo como objeto de contemplación, sino como vía legítima de conocimiento y experiencia transformadora.
Entre los trabajos presentados, destacan los ensayos de Kimberly Peña Pérez y María Fernanda Gómez Caraballo, quienes, desde perspectivas distintas, lograron articular sensibilidad personal, rigor analítico y coherencia académica. Sus reflexiones muestran cómo el arte puede convertirse en resonancia vital, en metáfora de la fragilidad humana y en afirmación de identidad cultural. El ensayo de Kimberly Peña Pérez, titulado “En cuidado intensivo de Pedro Ortegarias: una experiencia estética transformadora”, constituye un ejemplo notable de criterio analítico-crítico aplicado a la obra presentada en la Bienal del MAM. La autora inicia con una contextualización del artista Pedro Ortegarias, nacido en 1966 en La Joya, San Francisco de Macorís, formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes y con una trayectoria consolidada en la técnica mixta y la escultura. Peña destaca su pertenencia a organismos internacionales como el Codap y la AIAP-Unesco, así como su participación en múltiples exposiciones, lo que sitúa la obra dentro de un marco cultural y profesional de relevancia.
La pieza elegida es descrita como una pintura mixta sobre lienzo que, a primera vista, parece caótica y abstracta. Sin embargo, al ser observada con calma y desde distintas distancias, revela múltiples capas de significado visual y simbólico. Peña subraya la riqueza perceptiva de la obra: pájaros dispersos emergen en la cercanía, rostros humanos aparecen al alejarse y letras fragmentarias se descubren al volver a aproximarse. Esta dinámica perceptiva convierte la contemplación en un proceso de descubrimiento constante y es interpretada como metáfora de la multiplicidad de lecturas que ofrece tanto la realidad como el arte.
El análisis cromático destaca el contraste entre el centro iluminado con tonos cálidos y los bordes oscuros, lo que sugiere, según expresa, la emergencia de la vida en medio del caos. Indica que la textura visual, aunque plana, se percibe como rugosa por la acumulación de elementos, y la materialidad de la técnica mixta aporta densidad y complejidad estética. En cuanto a la simbología, el título remite a la fragilidad y vulnerabilidad humanas, reforzada por los pájaros como símbolos de lo efímero, los rostros como representación de la tensión existencial y las letras como fragmentos de comunicación interrumpida.
Peña concluye que la obra no se limita a ser contemplada pasivamente, sino que involucra al espectador en un proceso activo de resonancia y transformación. Relaciona esta vivencia con su propia formación en arquitectura, donde la atención al detalle y la sensibilidad estética se extienden a los espacios urbanos, la música y los paisajes. Para ella, la experiencia estética es un proceso de descubrimiento que despierta curiosidad, emoción y reflexión, tanto en el arte como en la vida diaria. En síntesis, el ensayo de Kimberly Peña Pérez logra articular sensibilidad personal, rigor analítico y coherencia académica. Su lectura convierte la obra de Ortegarias en metáfora visual de la fragilidad humana y, al mismo tiempo, en ejemplo del poder del arte para transformar la mirada y abrir espacios de repercusión estética
Por otro lado, presentamos el análisis de María Fernanda Gómez Caraballo: “Paisajes de Barahona” de Marianela Jiménez. Su ensayo ofrece una aproximación distinta pero igualmente valiosa. La obra elegida, un óleo sobre tela de 128 x 176 cm realizado en 1973. La estudiante de arquitectura inicia su reflexión con una justificación personal: los colores intensos y llamativos de la pintura evocan en ella recuerdos familiares y viajes a Dajabón, donde la conexión con el paisaje se convierte en experiencia estética y afectiva.
Gómez describe cómo la obra le transmitió tranquilidad y pertenencia, evocando tardes en el campo junto a sus abuelos. La pintura, con sus colores irreales y vibrantes, le recordó que, aunque viva en la ciudad, siempre hay una parte de ella que pertenece al campo y a las montañas. Esta dimensión autobiográfica convierte el análisis en un testimonio de identidad y arraigo cultural.
En cuanto a las características estéticas, la autora destaca la paleta cromática intensa y variada, con verdes que evocan el campo vivo, azules que remiten al cielo, rojos que sugieren el calor dominicano y amarillos que recuerdan el sol de la tarde. La textura, marcada por pinceladas gruesas y cargadas, refuerza la sensación de relieve y movimiento, mientras que el espacio pictórico transmite profundidad y apertura, como si el espectador pudiera caminar hacia las montañas del fondo. El movimiento es otro aspecto fundamental en su crítica: refiere que las pinceladas rápidas y mezcladas hacen que el cielo parezca en constante transformación, y el agua refleja dinamismo. La materialidad del óleo sobre lienzo aporta cuerpo y resistencia, convirtiendo el paisaje en símbolo de fortaleza y permanencia.
Al hablar de la simbología se concentra en las casitas pequeñas del centro, interpretadas como símbolos de comunidad, familia y pertenencia. Para la autora de esta crítica realizada desde su propia vivencia, el contraste de colores intensos refleja la vida en el campo, llena de matices de calma y lucha, mientras que el cielo amplio sugiere esperanza y futuro abierto. En su interpretación final, Gómez Caraballo afirma que Paisajes de Barahona no es un paisaje cualquiera, sino un retrato emocional de la naturaleza. La obra transmite la idea de que el campo y la montaña son protagonistas con voz propia, y que la vida humana, aunque frágil frente a la inmensidad, encuentra sentido en la pertenencia comunitaria. Para ella, la pintura habla de identidad y de cómo el lugar de origen marca la manera de ver el mundo. Este ensayo logra articular la experiencia estética con la memoria personal y la identidad cultural. La obra de Marianela Jiménez se convierte, en la lectura de Gómez Caraballo, en metáfora de la República Dominicana misma: un país de colores intensos, de fuerza y belleza caótica, pero siempre lleno de vida.
Los ensayos de Kimberly Peña Pérez y María Fernanda Gómez Caraballo, elaborados en el marco de la Bienal del MAM, muestran cómo la crítica estética estudiantil puede trascender el ámbito académico y dialogar con la comunidad cultural. Ambos trabajos cumplen con la rúbrica establecida, pero lo más significativo es que la trascienden: convierten la experiencia estética en metáfora de la fragilidad humana y en afirmación de identidad cultural. En el caso de Peña, la obra de Pedro Ortegarias se transforma en metáfora de la vulnerabilidad y en ejemplo del poder del arte para abrir espacios de reflexión. En el caso de Gómez Caraballo, la pintura de Marianela Jiménez se convierte en testimonio de pertenencia y en retrato emocional de la naturaleza dominicana.
En conjunto, estos ensayos revelan que la experiencia estética no se limita a la contemplación pasiva, sino que constituye un proceso de descubrimiento, resonancia y transformación. La escritura crítica se convierte así en vía legítima de conocimiento, capaz de dignificar la conciencia y de abrir horizontes epistemológicos y culturales. Este ejercicio confirma que la crítica estética no depende de la madurez cronológica, sino de la apertura de la conciencia y de la disposición a dialogar con la obra. Así, los estudiantes se sitúan en el mismo horizonte que cualquier espectador apasionado, mostrando que el arte, cuando se vive con intensidad, otorga a todos (sin importar la edad) la posibilidad de pensar, sentir y descubrir con profundidad.