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“Eterno movimiento” de Lisette Vega de Purcell

OFELIA BERRRIDO

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Muchos escritores dominicanos, como Lisette Vega de Purcell, ofrecen obras que combinan erudición, sensibilidad y compromiso cultural, alineándose con el perfil de editoriales como Huega y Fierro, a esto se suma la creciente internacionalización de la literatura dominicana debido al trabajo de instituciones como el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Relaciones Exteriores a través de ciertas embajadas que han facilitado vínculos editoriales con España y otras naciones; asimismo, muchos de los autores dominicanos abordan temas desde una perspectiva caribeña que atrae y enriquece el panorama literario europeo. La inclusión de figuras como Lisette Vega de Purcell reafirma que la madurez intelectual no es un límite, sino una fuente de profundidad, legado y belleza. A todo ello se suma la portada e imágenes interiores del poemario ilustrado por Paula Bonnelly, que representa la estética de un libro concebido como totalidad: palabra e imagen en diálogo. Su colaboración en este proyecto sugiere una sensibilidad afín a la obra de Vega de Purcell: íntima, simbólica y profundamente reflexiva.

Desde el título, en “Eterno movimiento”, se enuncia un principio filosófico vital: la existencia no como estado, sino como proceso y tránsito. Este motivo resuena con lo que Paul Valéry en su teoría estética llama “la poética del devenir”, donde el pensamiento se concibe como flujo constante (Valéry, 1957). Los poemas de la cantora ofrecen un entramado de metáforas en las que el tiempo es cauce; el cuerpo, territorio; y la memoria, huella. La estructura libre, con encabalgamientos y ritmo orgánico, reproduce el pulso de ese movimiento que nunca se detiene.

El libro articula varias líneas temáticas que se entrelazan con sutileza. En él, la identidad y el tiempo se abordan desde un yo concebido como proceso inacabado, un sujeto en tránsito que se busca en el movimiento. La memoria y el olvido emergen como tensiones complementarias, donde la escritura actúa simultáneamente como gesto de fijación y de fluidez, resistiendo la fugacidad de lo vivido. La naturaleza y el cuerpo se manifiestan a través de elementos orgánicos, que funcionan como metáforas, conectando lo íntimo con lo universal. Finalmente, la escritura se presenta como refugio: el poema se convierte en espacio de sentido frente a la incertidumbre, en acto de resistencia y afirmación.

La poesía reunida en el libro se despliega como un tejido de voces, símbolos y memorias que atraviesan lo íntimo y lo universal, lo mítico y lo histórico, lo político y lo amoroso. La autora, con un registro intertextual denso, crea un espacio donde la palabra se convierte en revelación de la existencia y en confrontación con las tensiones del tiempo. El tiempo y la incertidumbre funcionan como ejes temáticos.

Desde el primer poema, “El tiempo”, hasta composiciones finales como “Viaje al fondo de mi alma”, el libro se articula en torno a una reflexión ontológica sobre la temporalidad. El tiempo aparece como circularidad, como prisión y como flujo devorador: “Me he tragado el tiempo” dice la autora. A ello se suma el motivo de la incertidumbre como condición existencial: la vida es tránsito, precariedad y constante amenaza de muerte, pero también búsqueda de sentido. En esta dialéctica, el yo poético oscila entre la aceptación del devenir y la resistencia a su aniquilación.

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La muerte y la memoria son temas recurrentes y multiformes. En “La muerte”, se la presenta como obsesión y demencia; en “1993”, aparece vinculada a la pérdida filial y al duelo familiar; en “El olvido”, se convierte en contrapunto de la memoria, ambiguo refugio y traición. Este motivo conecta el poemario con la tradición elegíaca, pero con un registro contemporáneo: el duelo se acompaña de crítica social y de desgarro íntimo. La poesía se vuelve así espacio de resistencia contra el olvido, en tanto que memoria y palabra son los instrumentos que desafían el silencio.

La obra como totalidad se inscribe en un amplio diálogo cultural. Respecto al mito, lo religioso y la intertextualidad: aparecen referencias a Nabucodonosor, los dioses olímpicos, Prometeo, Sísifo, Ariadna, el Aqueronte. La mitología griega se entrelaza con la Biblia (San Miguel Arcángel, el Oráculo de Delfos) y con la modernidad literaria (Baudelaire, Rimbaud, Joyce, Mircea Cartarescu, Jon Fosse…). Esta intertextualidad confiere a los poemas un carácter polisémico y erudito, que conecta la experiencia personal con la herencia cultural universal.

La autora se mueve entre lo íntimo, lo familiar y lo autobiográfico en paralelo a la densidad filosófica. En las piezas: “Esta noche”, “Los domingos”, “Día de los Fieles Difuntos”, “María la O”, “Boca Chica”. introduce una dimensión autobiográfica que ancla la poesía en la memoria infantil, en la vida cotidiana y en el espacio caribeño. En cuanto al lenguaje y los recursos estilísticos utilizados por la autora, su sintaxis es fragmentaria y rítmica: los versos breves, los encabalgamientos abruptos y las repeticiones (“Guerras, guerras, guerras…”, “Cada medianoche… era mediodía”) crean un ritmo discontinuo que reproduce la tensión entre orden y caos. Incluye neologismos y combinaciones inusuales: “nieblaselva”, “visible invisibilidad”, “azulcelesteoscuro”, que remiten a un imaginario cercano al simbolismo y al surrealismo.

Veamos algunos versos de Perplejidad:

“Temporada de la mar incierta./ Nada impide que me lance a la cubierta/ de un barco a la deriva/con su carga de soledades/ entrelazadas en la urdimbre verdinegra de las profundidades…”.

Sus campos léxicos dominantes se refieren a: tiempo, muerte, memoria, mar, mitología, cuerpo y amor. Estas redes semánticas sostienen la cohesión del libro. En lo concerniente a las figuras retóricas: abundan metáforas visionarias, aliteraciones, metonimias y personificaciones. La poesía no solo nombra, sino que reconfigura la realidad mediante imágenes densas y polisémicas.

El poemario no se limita a lo íntimo ni a lo metafísico; también abre un espacio de denuncia. En Incertidumbre se mencionan explícitamente los pueblos palestinos e israelíes, las guerras, los pueblos europeos ahogados en “un mar de granos”. En La tormenta, los barrios olvidados son víctimas del hambre y la violencia. Estos pasajes evidencian una sensibilidad crítica que enlaza la lírica con la poesía de testimonio, inscribiendo la voz de la autora en la tradición de lo ético-político.

Desde el punto de vista lingüístico, el poemario se caracteriza por un lenguaje fragmentario, experimental y sonoramente cargado, donde el verso breve y las imágenes innovadoras construyen un universo lírico propio. La autora no teme oscilar entre lo sublime y lo cotidiano, entre lo universal y lo local, lo sagrado y lo profano. En suma, “Eterno Movimiento” es una obra que invita a ser leída como una exploración existencial y estética de la condición humana en su fragilidad, pero también en su potencia creadora. En ella, la palabra poética se erige como espacio de memoria, resistencia y trascendencia.

Sobre el autor

OFELIA BERRIDO

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