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LITERATURA

Homenaje a Franklin Mieses Burgos, en el 49 aniversario de su muerte

El día de nuestra visita, estábamos frente a otro Franklin Mieses Burgos que, como nos había dicho Manuel Rueda, “se le veía la muerte en los dientes”.

Homenaje a Franklin Mieses Burgos

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Estuvimos, Enriquillo Sánchez y yo, visitando por última vez a Franklin Mieses Burgos en la “Casa de la poesía” una tarde de los primeros días de diciembre de 1976 conscientes de que ya estaba en el umbral de la muerte como nos había dicho Manuel Rueda, pues, según el más joven de los poetas de La Poesía Sorprendida, se le veía “la muerte en los dientes; Rueda, además de poeta, músico y folklorista era “rayano” y los fronterizos creen en todas esas cosas que rodean los misterios de la muerte. Insistió en que fuéramos a visitarle y, si posible, consagrarle un número especial de “Palotes”, el suplemento literario de la revista ¡Ahora! que dirigíamos entonces. Le dedicamos el suplemento correspondiente a la edición del 27 de diciembre de ese funesto año, pero desgraciadamente fue In memoriam, el poeta había fallecido el 11 de diciembre.

El día de nuestra visita, estábamos frente a otro Franklin Mieses Burgos que, como nos había dicho Manuel Rueda, “se le veía la muerte en los dientes”. Tenía, recuerdo, los gestos del gran fumador que había sido y se empecinaba en explicarnos las razones que le habían obligado a dejar un hábito adquirido desde la adolescencia. Colocaba los dedos como si el cigarrillo, la marca no tenía importancia, estuviera pasando de un dedo a otro de su mano derecha. Ya sus médicos le habían recomendado no tomar café; pero apreciaba el olor de café recién colado nos decía cuando doña Gladys, su esposa, nos trajo la bandeja en la que destacaban dos tazas que despedían, humeantes, el aroma del ineludible café; nos observaba mientras lo tomábamos más que con deleite, nostalgia. Se permitía, como siempre interrumpir la conversación, y hacer una que otra observación sobre el sabor del café con cierto dejo de indiferencia y agregaba que su poesía le debía mucho tanto a la noche como al silencio y al aroma del café.

Insistía en que fumáramos. Al margen del problema de salud que le había ocasionaba el cigarrillo, decía que había abandonado ese nocivo hábito para poder seguir escribiendo poesía. Daba a entender que ignoraba que la muerte se asomaba, que la lucha entre la paloma y el leopardo, al decir de García Lorca, tenía lugar entonces en la “Casa de la Poesía”. Simulaba ignorar que sus días estaban menos que contados.

Manuel Rueda nos había hablado de la muerte reflejada en los dientes. Durante la visita no dejé de observarlos un solo instante. Buscaba la muerte en los dientes del poeta. No sé si la muerte se anuncia en la dentadura de los que, como todo, en este bajo mundo, vamos a morir; pero los dientes del poeta aquella tarde tenían un color diferente, una aberración cromática que, como la muerte, era singular, inefable, silenciosa. Lo que precede no era, como nos había dicho Rueda, una metáfora. Allí estaba y, como escribió Manrique, “así se viene la muerte tan callando”.

Le hablamos del objeto de nuestra visita. Del suplemento. De nuestro proyecto de publicación. Se quejó de su salud, pero insistía en que esas miserias que la enfermedad le ocasionaba eran efímeras. Tenía esperanza. Nosotros también. Por momentos la tristeza se apoderaba de él. Lo transformaba. De pronto nos leyó una carta procedente de Alemania. Se le solicitaba autorización para publicar unos cuantos de sus mejores poemas en una antología de poesía latinoamericana. En ese momento estaba, como se titula uno de sus más hermosos poemas, “sin mundo ya y herido por el cielo”. No recuerdo de cuáles poemas le pedían autorización. Estaba triste. Nos dimos cuenta en ese instante de que la muerte era inminente. No pudo contener las lágrimas.

El placer que le hubiera proporcionado esa publicación unos años antes se había transformado en tristeza. A Mieses Burgos le gustaba ver su poesía antologada. No era narcisismo. Ese era el mejor reconocimiento que se le podía hacer a su obra. Le entusiasmaba sobre todo que se le hablara de la Poesía Sorprendida y se extasiaba recordando aquellos tiempos de esplendor literario a pesar del oprobioso régimen entonces, de los republicanos españoles refugiados, de Fernández Granell, de las visitas de André Breton, de ese mundo del que nunca salió. Su mundo: ¡La poesía!

Hace unos años, buscando informaciones sobre un escritor italiano, cuya mención no viene a cuento, me di con una noticia biográfica de Franklin Mieses Burgos. No creo que se haya enterado de que su nombre figura en el Dictionnaire des littératures de Philippe Van Tieghem. No se enteró porque ese libro hubiera tomado un lugar importante sobre su escritorio que, no hace mucho me enteré, había pertenecido al presidente Vicini Burgos, su pariente; porque, decía, la belleza de las “Burgos” era tal que Burgos generalmente es un apellido materno por ejemplo: “¡Mieses Burgos!”. Como era su costumbre, un marcador figuraría en la página 2635, en la entrada correspondiente a lo lo que decía el reconocido comparatista francés sobré su poesía. Van Tieghem le presenta en estos términos: “Poète dominicain, un des fondateurs du groupe ‘Poésie surprenante’ [sic]. De tendances symbolistes, il évoque, au-delà de la réalité, les valeurs profondes du destin humain (Climat d'éternité, 1944; Présence des Jours, 1949)”.

Franklin Mieses Burgos, como escribe Manuel Rueda en “El poeta en su casa”, “respiraba y amaba hacia los cuatro puntos cardinales / poniendo orden en su poesía y en sus pulmones”. De él me queda el gusto por la poesía. De su poesía. Me queda su humor y su jovialidad. De todos esos recuerdos sobresale un abanico de mujer que le proporcionaba un alivio pasajero y efímero, su sonrisa franca y alegre. En fin, otra anécdota que no es necesario contar aquí y que da muestra de su alegría incluso en el umbral de la muerte.

Cuando murió, en los días próximos a la Navidad de 1976, a pesar de mi juventud entonces, nos tratábamos como viejos amigos.

Sobre el autor

Guillermo Piña Contreras