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Movilidad urbana en crisis: el tránsito como desafío estructural

Jane Jacobs (1961) advertía que las ciudades fracasan cuando se planifican desde esquemas abstractos que ignoran la complejidad real de la vida urbana.

Movilidad urbana

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Antes de comenzar, quisiera excusarme por tratar un tema que se aparta de mi campo profesional. Lo hago movida por una inquietud ciudadana y por una herencia cercana: mi padre fue ingeniero civil especializado en planificación y carreteras, y de él aprendí a observar con atención los desafíos de la movilidad urbana. Desde esa perspectiva, comparto estas reflexiones no como técnica en la materia, sino como una ciudadana comprometida con la calidad de vida en nuestras urbes.

Las ciudades contemporáneas atraviesan un proceso de tensión creciente en su movilidad que repercute no solo en la eficiencia de los desplazamientos, sino también en la calidad de vida, la salud mental, la productividad y la libertad cotidiana de sus habitantes. En Santo Domingo y sus principales núcleos urbanos, el tránsito ha dejado de ser un inconveniente ocasional para convertirse en una característica estructural de la vida diaria. La expansión urbana, sumada al aumento sostenido del parque vehicular y a la densificación de las áreas metropolitanas, ha generado una situación en la que los recorridos breves se transforman en trayectos prolongados que consumen tiempo vital, energía física y equilibrio emocional.

No importa la hora ni la dirección del desplazamiento: los taponamientos constantes transforman trayectos breves en recorridos interminables, erosionando el tiempo vital de las personas, no es un fenómeno aislado ni meramente técnico. Es la manifestación visible de una crisis de diseño urbano, de una gestión fragmentada del territorio y de una lógica de planificación centrada en el automóvil, sin una visión integral del tiempo humano. Las soluciones aplicadas suelen responder a una lógica reactiva y parcial. 

Se intervienen intersecciones aisladas, se prohíben giros o se desplazan los problemas de un punto a otro sin una visión sistémica del territorio. La supresión de giros a la izquierda justificadas en nombre de la fluidez vehicular, pero que en la práctica obligan a recorrer kilómetros adicionales. Sí, así es… Estas medidas producen efectos colaterales evidentes: mayor consumo de combustible, incremento de la contaminación, cansancio, estrés psicológico y una sensación creciente de pérdida de control sobre el propio desplazamiento con la consiguiente frustración ciudadana.

Jane Jacobs (1961) advertía que las ciudades fracasan cuando se planifican desde esquemas abstractos que ignoran la complejidad real de la vida urbana. El tránsito colapsa no porque la gente se mueva demasiado, sino porque se la obliga a moverse mal. Y tal como hemos mencionado, esto se traduce en recorridos más extensos, desgaste físico y pérdida de horas productivas. El ciudadano no solo invierte más tiempo, sino que experimenta una pérdida de control sobre su propio tiempo, un recurso esencial e irreemplazable (Harvey, 2012). Desde una perspectiva filosófica, el problema no es únicamente espacial, sino existencial: cuando el desplazamiento cotidiano se convierte en una experiencia de desgaste permanente, la ciudad deja de ser un espacio de vida y se transforma en un campo de fricción constante entre planificación, improvisación y experiencia humana. El problema, por tanto, no es meramente técnico; es profundamente humano y cultural.

Las respuestas aplicadas han sido, en gran medida, fragmentarias y de corto alcance: se actúa sobre puntos específicos de la red vial sin considerar el efecto acumulativo en la movilidad general. Esta dinámica prolonga los desplazamientos, incrementa el consumo de combustible y, en consecuencia, eleva los costos económicos para las familias y el impacto ambiental sobre la ciudad. David Harvey (2012) ha señalado que el control del tiempo urbano es una forma indirecta de poder; a ello habría que añadir que el despilfarro energético impuesto por un mal diseño vial constituye también una forma de transferencia silenciosa de costos desde el Estado hacia el ciudadano. Además, ha señalado que el tiempo urbano es un campo de disputa política: quien controla el tiempo de los ciudadanos, controla indirectamente su capacidad de decidir, crear y participar.

El congestionamiento crónico ralentiza el movimiento físico, empobrece la experiencia cotidiana, debilita el vínculo entre el sujeto y su entorno y obliga a asumir gastos que no responden a decisiones libres, sino a fallas estructurales del sistema. No es solo un inconveniente práctico, sino una forma silenciosa de empobrecimiento de la experiencia cotidiana. La movilidad urbana refleja la manera en que una sociedad concibe el tiempo, el espacio y la libertad. Cuando desplazarse implica una inversión desproporcionada de energía y atención, la ciudad deja de ser un entorno que acompaña la vida y se convierte en un obstáculo permanente.

El colapso vial desencadena una cadena de impactos interconectados que se manifiestan en distintos ámbitos. En el plano energético y ambiental, como hemos mencionado, se traduce en un mayor consumo de combustibles y en el incremento de las emisiones contaminantes. En el ámbito social, profundiza la desigualdad territorial, ya que quienes residen lejos de los centros urbanos asumen un costo más elevado en tiempo y energía. En el terreno psicológico, genera ansiedad, irritabilidad, agotamiento cognitivo y disminución de la capacidad de atención. En el aspecto económico, provoca pérdida de productividad y encarecimiento de bienes y servicios. Finalmente, en el plano ético, se refleja en decisiones de planificación adoptadas sin participación ciudadana ni evaluación de sus consecuencias a largo plazo.

En Santo Domingo, las intervenciones en movilidad suelen enfocarse en los síntomas más visibles del tránsito sin atender las raíces estructurales del problema: la concentración excesiva de servicios en áreas específicas, la dependencia casi absoluta del automóvil, la carencia de un transporte masivo eficiente frente a la expansión constante de la ciudad y la falta de una planificación policéntrica que distribuya mejor las actividades urbanas. 

A esta situación se suma el hecho de que la ciudad ha dejado de construir elevados en zonas de alta densidad de servicios, lo que agrava la congestión y multiplica los embotellamientos. Allí donde los puentes y pasos a desnivel podrían aliviar el flujo vehicular y reducir los tiempos de traslado, la ausencia de estas infraestructuras convierte cada desplazamiento en un recorrido más lento y desgastante.

La movilidad urbana refleja las tensiones de un crecimiento acelerado que no fue acompañado por soluciones estructurales a tiempo. Los atascos, más que un simple problema vial, son el síntoma de una ciudad que reclama planificación integral, transporte público eficiente y espacios pensados para la vida humana. Superar este colapso no es solo cuestión de infraestructura: es apostar por un modelo urbano que devuelva a los ciudadanos su tiempo, su libertad y la posibilidad de habitar la ciudad con dignidad. Se trata de reconocer que cada minuto perdido en un tapón es un fragmento de vida arrebatado, y que la verdadera modernidad no se mide en kilómetros de asfalto, sino en la capacidad de una ciudad para ofrecer bienestar, equidad y humanidad en cada desplazamiento.

Sobre el autor

OFELIA BERRIDO