Literatura
La sociedad de nuestros poetas muertos
“Oficio de Post-muerte”
Es de conocimiento general que la patria, la poesía y la política han sido tres de los ejes en que se monta el relato de muchos de nuestros hombres de letras. La patria es fundacional en la poesía de Juan Pablo Duarte, pero luego de él, las registran: poetas generales, poetas guerrilleros, poetas políticos en la administración pública. Participantes en refriegas en las que se unen a veces la heroicidad y el procerato a las luchas más encarnizadas de partidos y tendencias. Eran tiempos románticos. Y la Flor y la Espada se encontraban a veces en las mismas manos. Nuestras luchas civiles también dieron grandes escritores. O eran grandes sus plumas a pesar de las convulsiones de nuestros pinitos democráticos.
Eugenio Perdomo fue uno de los jóvenes de la primera república. Marchitada la flor de la patria de febrero, se implicó en un golpe el 24 de febrero de 1863, pero la carencia de recursos hizo que llegara el desastre y los amotinados fueron aprehendidos por las fuerzas españolas. En la cárcel, Perdomo compuso un diario que su crónica antes de llegar al patíbulo, en el que da cuenta de la virtualidad de la muerte y el apego amoroso a la mujer-patria amada. Dice Rufino Martínez: “Cuando convertió en la cuartilla los últimos rasgos de ese diario, sólo faltaban horas para morir. Y ese intervalo debía llenarlo, como lo hizo, con una gallarda y emocionante estrofa hecha realidad. Poeta. Sentía y vivía la belleza del verso, de una flor, y del amor que se desgrana en la canción en elogio a una mujer.” (Diccionario, 381).
El sentenciado pidió como último deseo ser llevado a casa de su amada. “Se le concedió y fue, entonces, una doliente canción y volvió a su puesto de honor, para ser fusilado”. Espíritu idealista --dice el enciclopédico escritor puertoplateño-- caballeresco, adherido al concepto del honor como la más noble expresión de la vida” unión patria y mujer a unos versos elaborados con su propia sangre.
Poeta del amor también fue Juan Isidro Ortea. Pero, a diferencia de muchos poetas que empuñaron las armas, este fue una espada en las luchas civiles. Ortea fue el instrumento de guerra del Partido Verde que dirigió Ignacio María González. Rufino Martínez lo describe como hombre “de espíritu culto y noble, [que] cuando el corazón se le enciende al calor del amor, rima la dulce cantinela en elogio de una bella; y cuando le reclaman las luchas armadas, se apagaba la sensibilidad del poeta, y le domina el coraje heroico del guerrero…” (364).
Atrapado por Ulises Heureaux (Lilís), luego de perder la batalla en Higüey, Ortea fue fusilado como dije antes, junto a los prácticos que le ayudaron a buscar una salida: los hermanos Botello. Era la administración del padre Merino. El decreto de San Fernando había puesto como espada de Damocles el patíbulo o el sometimiento político. Antes de morir el poeta escribió una dolida carta que luego se usó como instrumento contra Heureaux. Fue un poeta heroico al estilo del romántico Zorrilla. Escribe Balaguer: “No obstante haber muerto en plena juventud y haber vivido más para el fragor de la política que para la actividad literaria, puede reputarse como uno de los poetas nacionales de oídos más ágiles y de fibra más delicada” (“Semblanzas literarias”, 282).
El caso de Manuel Rodríguez Objío es otro. Su participación en el terreno de las luchas nacionales le dan un lugar como proceder de la república. Acompañó a Duarte de regreso de Venezuela y fue secretario de Luperón, tomó parte en muchas acciones a veces patrióticas y otras a favor de las luchas de tendencias. Lo que le hizo por momentos abjurar de la política. Pero el ir y el venir de los acontecimientos determinó su destino: “¡Cuántos desengaños y qué horrible es la vida pública!”. Fue fusilado luego, por las mismas intrigas en 1871. De él se han publicado crónicas históricas y una recopilación de poemas. Dice Rufino Martínez que la suya fue “una vida ‘procera’ de verdad; y cuando se alcanza ese alto plano, se ha conquistado el punto culminante de la honra social” (434).
El poeta Alexis Gómez Rosa en “Oficio de Post-muerte” (1973) le escribió una elegía dedicada a Enriquillo Sánchez en la que se lee: “Duele tu muerte en el parpadeo izquierdo/ de estos ojos/ duele tu nombre y el almanaque/ de piedra; el rostro/ amanecido en su propio excremento, /la aguja incesante, decisiva, / el fémur público/ los cascos y las dianas, medianoche” (“Festín”, 137).
Otros escritores tuvieron también participación destacada en las luchas patrióticas y civiles como muestra la historia de la República Dominicana. Unas veces en las lídes periodísticas, otras en la lucha directa. Autores como Francisco Gregorio Billini, el geógrafo Casimiro Nemesio de Moya, los periodistas Tulio M. Cestero, autor de “La sangre” (1914), José Ramón López, autor de “La alimentación y las razas (1896)”, el poeta Fabio Fiallo, autor de “La canción de una vida” (1942), y tantos otros, participaron en la política en la que la disputa entre la Espada y la Pluma puso una vez más de manifiesto la entonces endeble relación entre el saber y el poder.
Si bien las diferencias entre facciones se visten muchas veces de luchas patrióticas, esta reciprocidad no debe impedir resaltar en los poetas muertos en la acción política, su apego patriótico. Como lo demostraron muchos que, como Fiallo, desafiaron el poder de los interventores de 1916. Momento en que muchos intelectuales se alzaron para defender las enseñas de la República de febrero de 1844.
Más contemporáneo a nosotros, Alexis Gómez Rosa publicó un texto que muy bien puede ser desde cierta perspectiva irónico o un registro de lo que es la sociedad de los poetas vivos vistos desde la tumba. El texto comienza con una elegía escrita por Enriquillo Sánchez al poeta de “Oficio de Post-muerte”: “Nadie lamente a Alexis Gómez Rosa. / Inventó una teoría de pez en las cuencas, / lloviera o no, hiciera frío o no. / Cambió de nombre como de casa, / de poética, de horror. / Que el ensanche Ozama jamás lleve su nombre”...
Y en este escrito, de 1978, Sánchez preludia este momento en el que yo escribo y tú lees, amable lector: “Ahora nos observa. / Ni siquiera cuelga la voz en el tendido/ eléctrico. Ni siquiera sueña. / Ahora nos observa. / Me temo que el pudor sólo le permite observarnos. /Uno, sin embargo, se pone triste y marino. / Alexis Gómez Rosa, el occiso, me defiende, mientras tanto. / La pleura es música y es niebla”. (“Lápida circa y otros epitafios de torre abolida”, 15).
En la sociedad de nuestros poetas muertos, Alexis Gómez Rosa fue dibujado y se desdibujó en la muerte, ya pensando en un partido de béisbol, ya en la casa de Herminia y referenciando a algunas de sus gatitas. Allá donde danzaron de la manto Tánato y Eros. Uniendo el pasado y el presente a las grandiosas y pasajeras acciones de los hombres (continuará).