Un viaje a la historia: La España Boba en Santo Domingo

Un viaje a la historia: La España Boba en Santo Domingo

En el verano de 1795, en la distante ciudad de Basilea, Suiza, en salones opulentos, rodeados de frescos y dorados, diplomáticos de Francia, Prusia y España tejían el tapiz de un nuevo orden europeo. La Revolución Francesa había sacudido los cimientos del continente, y ahora, en mesas cubiertas de mapas y documentos, se redefinían fronteras y se sellaban destinos.

El 22 de julio, el turno era para España. En un acuerdo que parecía una nota al pie en el gran concierto de las potencias europeas, España cedía a Francia la parte española de Santo Domingo. Para los diplomáticos, era un detalle menor, un ajuste marginal en el vasto escenario de la política continental.

Pero a miles de kilómetros de distancia, en las calles y campos de Santo Domingo, este ‘detalle‘ repercutió con una fuerza inesperada. En efecto, ese distante acto diplomático desencadenó una serie de eventos que contribuyeron a definir el alma de la nación dominicana.

La España Boba en Santo Domingo (1809-1821)

El Tratado de Basilea, en 1795; la revolución antiesclavista de la parte francesa de la isla; y las posteriores invasiones haitianas al Santo Domingo español de 1801 y 1805, fueron factores que agravaron la situación económica de los dominicanos; y al mismo tiempo provocaron que muchas familias criollas en busca de mejores oportunidades emigraran hacia Cuba, Puerto Rico o Venezuela, incluso abandonando gran parte de sus bienes.

Para 1808, cuando comenzó La Reconquista, la población dominicana no pasaba de 80,000 personas, entre las que había unos 10,000 esclavos. El conflicto armado contra los franceses duró nueve meses y terminó favoreciendo la causa de los criollos dominicanos quienes, con mucho sacrificio, junto con la ayuda recibida de una escuadra inglesa que bloqueó los puertos de Samaná y la ciudad de Santo Domingo, y del gobierno colonial de Puerto Rico, terminaron expulsando a los franceses para luego declararse súbditos de la monarquía española.

Para 1809 la agricultura, la ganadería, los cortes de madera y el comercio estaban prácticamente en la ruina. La vida cultural y educativa era casi inexistente; la administración pública carecía de dinero para pagar los sueldos de los empleados y del personal militar, pues desde hacía tiempo la administración colonial cubría sus compromisos gracias al situado de 300,000 pesos al año, que era una especie de subsidio enviado por la metrópolis desde México o Caracas. El situado llegaba, si llegaba, en dos partidas de 150,000 pesos al año y la población celebraba el hecho como un gran acontecimiento.

Bajo el liderazgo del brigadier Juan Sánchez Ramírez, nombrado Gobernador y Capitán General, asistido por José Núñez de Cáceres como Teniente Gobernador, se trazaron metas ambiciosas para organizar las finanzas públicas, reorientar la economía, y fomentar la repoblación de la colonia. Para esto, el nuevo gobierno invitó a quienes habían emigrado a retornar a la isla, prometiéndoles la devolución de las propiedades que habían abandonado.

Una de las primeras acciones del gobierno fue enviar a Andrés Muñoz Caballero a Sevilla para informar a la Junta Central de España sobre la expulsión de los franceses y solicitar apoyo económico y logístico para el recién establecido gobierno leal al Rey Fernando VII. Sin embargo, como España estaba inmersa en su propia guerra de independencia (1808-1814), ofreció poco apoyo a su antigua colonia caribeña.

Los criollos dominicanos, por su parte, se concentraron en resolver diversos asuntos internos y procedieron a organizar la colonia en términos administrativos y económicos. El temor de nuevas incursiones militares por parte de sus vecinos haitianos se había disipado debido a que Haití también tenía sus propios problemas internos.

En el mes de octubre de 1806 se produjeron nuevos conflictos raciales y civiles que terminaron con el derrocamiento y asesinato del emperador Jean Jacques Dessalines, razón por la cual el país quedó dividido en dos Estados: una república en el sur, presidida por el mulato Alexandre Petion, y una monarquía en el norte, encabezada por el negro Cristóbal, quien adoptó el nombre de Henry I.

En la parte española de la isla de Santo Domingo la corriente política pro-española representada por Sánchez Ramírez tuvo que enfrentar con mano dura a varios grupos insurgentes, algunos inspirados por las noticias de los movimientos independentistas de América del Sur y de México, que deseaban promover un cambio de gobierno.

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La primera manifestación disidente la encabezó el criollo Ciriaco Ramírez y su grupo quienes, además de haber enfrentado valientemente a los franceses, consideraban que los dominicanos debían ser independientes y no depender de ningún país europeo; pero el criterio que finalmente se impuso fue el defendido por Sánchez Ramírez, partidario de la incorporación a España.

Entre 1810 y 1812 se produjeron tres conspiraciones que pronto fueron sofocadas por el gobierno. Un pequeño complot dirigido por un habanero, de nombre Don Fermín, aspiraba a declarar la independencia de Santo Domingo. Esta intentona fracasó y don Fermín, una vez apresado, fue confinado en la Torre del Homenaje en donde permaneció encerrado poco más de siete años.

Una segunda conspiración fue la llamada “revolución de los italianos”, que no tuvo mayores repercusiones. Su principal cabecilla, un tal capitán Pezzi, fue condenado a la pena capital. Después de este fracasado conato, un grupo de esclavos exigía la abolición de la esclavitud, pero tampoco tuvieron suerte. Su líder, junto a otros compañeros, fueron pronto reducidos a la obediencia, condenados a la horca, sus cuerpos fritos en alquitrán y sus cabezas colocadas en lugares públicos, en señal de escarmiento.

Mientras el gobierno se esforzaba para reactivar la actividad económica y comercial, a principios de 1811 Sánchez Ramírez, que padecía de una enfermedad crónica, falleció de manera inesperada el 11 de febrero de ese mismo año. Le sustituyó provisionalmente el señor Manuel Caballero, quien dos años después fue relevado del cargo por el general español Carlos Urrutia, quien gobernó la colonia durante el período de 1813 a 1818.

La administración de Urrutia se caracterizó por el exceso de autoritarismo y porque fomentó la agricultura de subsistencia en pequeña escala, sobre todo en las afueras de la ciudad de Santo Domingo, en donde obligaba a algunos esclavos y a los presos a trabajar sus pequeñas unidades de cultivo, llamadas conucos, para su propio provecho. Debido a esta práctica, los habitantes de la ciudad lo apodaban “Carlos conuco” y también “Carlos batata”.

La economía ganadera, que durante siglos fue la principal fuente de sustento de los dominicanos, sencillamente colapsó, pero lo que salvó a la colonia de la quiebra definitiva fue el florecimiento en el Cibao del cultivo del tabaco y de los cortes de maderas en el sur con fines de exportación, de manera que la colonia logró alcanzar un nivel de producción que dinamizó la actividad comercial y exportadora.

El año de 1814 fue de particular importancia para el colectivo criollo: en Europa, tras concluir la guerra de la Sexta Coalición de países, entre los que figuraban España e Inglaterra, Napoleón Bonaparte, primer Cónsul y emperador, se vio forzado a rendirse. Consecuencia de esa derrota, España recuperó su independencia, además de que Francia le retrocedió el Santo Domingo español mediante el Tratado de París, firmado el 30 de mayo de 1814. A partir de ese instrumento jurídico la parte española de la isla de Santo Domingo, de hecho y de derecho, volvió a ser posesión de España.

El 5 de enero de 1818 llegó a Santo Domingo el general Sebastián Kindelán, procedente de Santiago de Cuba, designado capitán general de Santo Domingo, en sustitución de Urrutia. Este nuevo gobernador permaneció en el cargo hasta febrero de 1821, cuando fue relevado por el general Pascual Real, quien apenas duró en sus funciones unos diez meses.

Durante el período de la llamada España Boba se crearon dos cuerpos militares: el batallón Fijo, compuesto por soldados blancos, y el batallón de hombres morenos y negros. En el plano eclesiástico se eligió el doctor Pedro Valera Jiménez, como primer Arzobispo dominicano, Primado de las Indias. En el ámbito político, el criollo Francisco Javier Caro fue designado miembro de la Junta Central de Sevilla y en enero de 1815 fue restablecida la Universidad Santo Tomás de Aquino, cuyo primer rector fue el doctor José Núñez de Cáceres. Antes de finalizar “La España Boba” circularon los primeros periódicos dominicanos, El Telégrafo Constitucional de Santo Domingo, dirigido por Antonio María Pineda, y El Duende, bajo la dirección de José Núñez de Cáceres.

El gobernador Pascual Real tuvo una gestión pública tan breve como la que le sustituyó. En diciembre de 1821 un movimiento político bien organizado por el entonces Auditor de Guerra, José Núñez de Cáceres, declaró la separación dominicana del dominio ibérico y proclamó el nacimiento de un nuevo Estado independiente. Comenzó así otra nueva etapa en la vida política, social y económica del pueblo dominicano…

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