Bienalidades (1-3)

Bienalidades (1-3)

Recorrer un espacio expositivo es atreverse a mirar de frente, con los ojos del asombro y de la duda, con la sensibilidad y el entendimiento, sin ideas preconcebidas, sin predisposición, abierto a lo que te pueda ofrecer, como se abre uno a la vida, a la sorpresa, a la extrañeza, a la novedad, a la repetición, a la maravilla, a la decepción.
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Entre el concurrido público del museo de aquella tarde, asoma la voz de aquel espectador: “Una bienal es algo más que una gran exposición colectiva”.
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Hace justo dos años, entre 286 obras de 185 autores, mi ojo crítico y mi espíritu sensible (todo cuanto tengo) se paseaban una y otra vez por aquellos espacios físicos transfigurados, por aquellas cuatro plantas de maravillosa arquitectura, dejando a ratos mi asombro, mi duda y mi decepción.
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La bienal no es el museo. El museo no es la bienal. El museo es solo su espacio expositivo tradicional. A ella le haría bien salir alguna vez de él. Haría falta descentralizarla, buscarle otros espacios, ventilarla bajo otros cielos, nuevos cielos.
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Una bienal de artes visuales es varias cosas a la vez: un evento, una institución, una tradición. Pero sobre todo es un acontecimiento.
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Ni los comités organizadores son eternos, ni los juicios de los jurados inapelables, solo el público lo puede todo. Subestimado por unos y otros, relegado por el protagonismo de burócratas, es sin embargo el público el que en definitiva debe juzgar.
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El juzgador juzgado. Al seleccionar y premiar, lo que un jurado de arte hace no es otra cosa que ejercer legítimamente un criterio y manifestar una subjetividad intransferible. El jurado juzga el valor y la calidad de una determinada obra de arte, emite una opinión sobre ella y decide otorgarle o no un premio. Pero al juzgar la obra, al seleccionarla y premiarla, el jurado también es juzgado por el otro, por el público, por la mirada del espectador. Su labor se somete al escrutinio público.
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No hay un decididor último y definitivo del valor artístico y estético de la obra. Nadie lo decide: ni el artista, ni el crítico, ni el curador, ni el jurado, ni el coleccionista. Pero si lo decidiese alguien, tendría que ser necesariamente el público, el espectador, tan amplio y diverso como móvil y cambiante. Solo la ignorada mirada del espectador tiene la última palabra,
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Que nuestro mundo se ha estetizado en todos los lugares es una evidencia palpable. Pero solo porque antes se ha mercantilizado. La educación, el arte y la cultura son tratados hoy como puras mercancías consumibles e intercambiables.
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Preguntas (im)pertinentes: ¿Para qué sirve la crítica de arte hoy? ¿Hacia dónde va? ¿Tiene acaso porvenir? ¿O acaso ha muerto ya y ni nos damos por enterados?

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La crítica de arte es más que un ejercicio profesional individual: es una institución cultural. Asumirla no es un mero ejercicio del criterio: es un compromiso con la cultura. Esta es su misión, su tarea, su función social. El acto crítico –valorativo y reflexivo- es un acto de cultura comprometido.

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Pero en Santo Domingo, la “crítica de los críticos”, faltando a su compromiso con la cultura, de más en más se ha venido degradando a comentario trivial sobre lo obvio. Y el chisme de vecindad ha sustituido a la doxa.

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En nuestro tiempo, la pérdida de la influencia y del poder de la crítica de arte es proporcional al auge de la dictadura del mercado.

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Cambio de paradigma. El arte de hoy ya ni siquiera es entendido como creación individual, como mera expresión personal del artista. Este ha dejado de ser el auteur de la obra de arte. Ella viene a ser ahora el resultado de una intervención múltiple. Ya no hay creación, sino “cocreación”.

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Bien asumidas y mejor aprovechadas, si para algo deberían servir las bienales de artes visuales es justo para determinar las nuevas sendas creativas y los nuevos rumbos críticos, para identificar los nuevos lenguajes del arte que configuran las estéticas contemporáneas, y no para escandalizar una vez más en torno a premios adjudicados.
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Manifiesto por (para) un nuevo arte: el arte no está solo en los museos y las galerías de arte, ni tampoco en las colecciones privadas o institucionales, ni en las bienales y las trienales. El arte está en todas partes. El arte está en la calle. El arte está en la vida. El arte está en los centros y en los bordes. El arte es un acto de rebeldía creadora. El arte es rebelión. El arte es revelación. El arte es visión, sueño y utopía. El arte es un dolor inmenso. El arte es un goce infinito. El arte es vocación y destino. El arte es completamente inútil. El arte es absolutamente esencial.
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Camus estaba en lo cierto: el arte es necesario en la vida, no porque esté por encima de todo, sino porque no se separa de nada. Ni de nadie.

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