Guardianes de la verdad Economía

En 2025

Baja de tasas de interés como último recurso anticíclico

La recuperación cosechada durante los primeros tres meses de 2026 no hubiese sido posible sin la reducción de tasas de interés

Banco Central

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Mario Mendez
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Si aceptamos que la estabilidad de precios es condición necesaria para el crecimiento — pero no un fin que deba perseguirse al precio de asfixiar la actividad económica—, se comprende mejor por qué el banco central optó por reducir las tasas de interés en 2025. Aquel año, la inflación alcanzó 4.95%: aún dentro del rango meta, aunque peligrosamente cercana a su límite superior.

En este punto surge una pregunta inevitable: ¿Qué habría ocurrido con el ya exiguo crecimiento de 2025 (2.1%) si el BCRD hubiese decidido no recortar las tasas? Más aún si se considera que el sector construcción —termómetro sensible al crédito— se contrajo, y que la inversión pública transitaba por su punto más bajo.

Difícilmente alguien sostendría que, en ese contexto, la inacción monetaria habría sido inocua. No reducir tasas en 2024–2025 probablemente habría agravado la desaceleración y la recuperación cosechada durante los primeros tres meses de 2026 no hubiese sido posible. El banco central lo hizo sin faltar a la prudencia, como demuestra el hecho de que despidió el año pausando el ciclo bajista, a pesar de que la Fed había decidido, en su reunión de diciembre, reducir sus tipos en 25 puntos básicos, a 3.5% y 3.75%.

Claro está, ninguna decisión es gratuita: el costo de estimular la economía pudo haber sido una inflación algo menor sacrificada en el margen, junto con una mayor estabilidad cambiaria.

Pero los hechos se imponían con la contundencia de lo evidente: una economía que veía desplomarse su crecimiento del 5% al 2.1%, una construcción en retroceso –cayó en 1.8% en 2025- y un Estado con escaso impulso fiscal. Era, en esencia, un choque negativo de demanda agregada desplegándose ante los ojos del hacedor de política.

En ese escenario, la política monetaria se erigía como casi el único instrumento contra-cíclico disponible. Frente a la fragilidad del crecimiento, el banco central pareció reconocer que había llegado el momento de amortiguar la caída. La inflación, aún dentro del rango, ofrecía el margen necesario para actuar, mientras que el contexto internacional —con la Reserva Federal relajando su postura— abría una ventana adicional de maniobra.

Los argumentos para intervenir no eran menores. Sin recortes, la construcción habría sido la primera víctima: hipotecas más onerosas, financiamiento más estrecho para los promotores y una contracción más severa de los proyectos. El efecto dominó habría continuado con una mayor caída de la inversión privada —justo cuando la pública flaqueaba— y con un consumo debilitado por el encarecimiento del crédito.

A la luz de elasticidades típicas en economías emergentes y estudios del FMI y el BIS que un aumento de 1 punto porcentual en la tasa de política monetaria puede reducir el crecimiento del PIB entre 0.3 y 0.8 puntos porcentuales acumulados en 1 ó 2 años, es plausible estimar que el crecimiento de 2025, sin reducciones de tasas, habría oscilado entre 1.0% y 1.7%, en lugar del 2.1% observado. Evitar ese escenario parece haber sido el objetivo central de la autoridad monetaria, en un momento en que aún no figuraban en el horizonte los riesgos geopolíticos posteriores.

Quizás subyace aquí una convicción más profunda: la credibilidad antiinflacionaria no solo se construye conteniendo precios, sino también resguardando la capacidad de la economía para expandirse sin quebrarse en el intento.

Sobre el autor
Mario Mendez

Mario Mendez

Licenciado en Economía, del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), con más de 40 años de ejercicio en el periódico HOY.

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