Manuel Rueda, sembrador de voces

Manuel Rueda, sembrador de voces

En una prosa diáfana, el autor narra con claridad los orígenes literarios y musicales de Manuel Rueda, además de adentrarse en la textualidad de toda su obra, que va desde su primer libro, “Las noches”, publicado en Chile hasta “Las metamorfosis de Makandal” (1998), en el que funda una idea sobre el origen racial de los dominicanos.

El primer ensayo, “1. Manuel Rueda”, que aparece originalmente en Estudios de poesía dominicana (1979), es el más centrado en la crítica literaria. Contiene un estudio de la poesía de Rueda en sus libros “Las noches” (1949), “La criatura terrestre” (1963), “Cantos de la frontera”, “Ausencia de Dios”, “Variaciones del ocio” … entra en el tema de la fundación y aciertos del Pluralismo, y termina con el libro “Por los mares de la dama” (1976).

En este ensayo, José Alcántara Almánzar comienza su itinerario como crítico que busca conocer, valorar al artista que nunca tuvo, como lo dice más adelante, el reconocimiento que se merecía. Sea, pienso yo, porque se estimaba sobre todo sus condiciones como pianista, o porque la crítica buscaba ignorarlo por algunas situaciones de carácter personal.

La vida de Rueda estuvo marcada por el alejamiento y la cercanía de un círculo íntimo.

Obras

La obra continua con una crítica a “Las edades del viento” (1979) para fijar luego los valores de la obra narrativa de Rueda en “Papeles de Sara” y otros relatos” (1985).

Sobre este aspecto hay que señalar que Rueda fue, además de uno de los mejores pianistas y un destacado compositor, un artista que participa en distintas aventuras literarias en las que tomó alturas y, como dijo Franklin Mieses Burgos en “Canción del sembrador de voces”, fue lanzando las semillas en un río.

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Las multitudes lo miraron displicentemente, mientras él se instalaba en la literatura dominicana.

Luego de la publicación de “Las noches”, Rueda fue premiado por su drama “La trinitaria blanca” (1957) que fue también representado.

Su poesía la llevó junto a sus éxitos como educador, compositor e intérprete musical. En el teatro además de “La trinitaria blanca”, compuso “El rey clinejas” y “Retablo de la pasión y muerte de Juana la Loca” (1995), entre otras.

En cuanto a la narrativa tenemos que Rueda participó en un momento muy importante del inicio de la nueva narrativa dominicana posterior a la Guerra de abril de 1965.

Se destacaba el grupo de autores del sesenta que dieron un giro a la escritura del cuento, aunque muchos de ellos no pudieron concluir su trayectoria literaria. Rueda ganó en el concurso de La máscara con “La bella nerudiana”, y ya en “Papeles de Sara y otros relatos” tiene una singular escritura narrativa.

Creo que José Alcántara Almánzar logra esculpir en este libro “la estatua” de Manuel Rueda “en el tiempo”. Con luces y sombras y triunfos y caídas. La crítica y el testimonio, la biografía y la crónica nos permiten ver al hombre y al artista.

Se ha dicho que formó parte de La poesía Sorprendida cosa a la que Alcántara no le dedica mucho espacio, por considerar que fue tangencial su encuentro con los sorprendidos. Hace mayor énfasis en su escuela chilena, su relación con Huidobro.

Está claro que “La criatura terrestre” y “Ausencia de Dios” son dos textos poéticos que podemos caracterizar dentro del ambiente posterior a la Segunda Guerra Mundial y a cómo nuestros escritores lograron insertarse en la gran corriente de la literatura universal.

En Rueda hay, tal vez más que posiciones filosóficas, una expresión de su personalidad de hombre incomprendido. De artista que, a pesar de todo, vive en la marginalidad existencial y un poco social.

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Debemos también anotar la importancia de la obra poética de Rueda como uno de los primeros en hacer una literatura en la que aparece el mundo gay con “Las noches” y también se hace necesario hablar la exploración del problema del cuerpo.

Impacto

Un aspecto capital que luego Michel Foucault estudió en “Vigilar y castigar”.

El cuerpo es un espacio en que se despliegan todas las prácticas del poder. Y Rueda no sólo lo sabía, sino que se sentía dentro de esa máquina de la unidad y totalidad contra la diversidad que opera en la razón occidental.

En la narrativa, Alcántara Almánzar nos introduce al conocimiento de Rueda como novelista. La crónica de la boda del coronel Rafael Trujillo Molina con la montecristeña Bienvenida Ricardo, su segunda esposa, sirve para ver la vida del niño Rueda y su mirada a acontecimientos que se ligan a un futuro próximo nada prometedor para los dominicanos: el advenimiento de la tiranía que duró treinta años.

Rueda es entonces uno de nuestros escritores que mejor trabaja la relación entre literatura y poder y contribuye, como Tulio M. Cestero, a perfilar a los dictadores que nos han gobernado.

En este libro, Alcántara Almánzar también valora la formación de Rueda como pianista, sus logros como intérprete de famosas obras que van desde los barrocos a los impresionistas, de Bach a Debussy. Veneraba a Mozart (109), a Beethoven, a Chopin como “mago de la armonía”.

En la consagración de su carrera como intérprete tocó, los conciertos no. 2 en fa de Chopin, “Noches en los jardines de España” de Manuel Falla, “Rapsodia sinfónica” de Joaquín Turina, “Capricho brillante” de Mendelsson, la “Fantasía húngara” de Liszt, entre otros.

En “su vertiente creativa compuso, junto al maestro Manuel Simó, la “Primera misa Quisqueyana” y un “Pregón naranjero”, también “Tonada al hombre con pena”, un “Ave María y un Padre nuestro” y “numerosos villancicos, siendo los más divulgados “Ha nacido el Salvador” y “Navidad luz del mundo” (111).

Queda muy bien tratada aquí la figura y el genio de Rueda. Su vida, sus luces y sombras, sus éxitos y sus caídas. Debe tener en cuenta el lector la cercanía de Alcántara al escritor, a quien quiso con adoración de amigo y maestro, pero también la justeza, el equilibrio del autor de “Las máscaras de la seducción” al presentar aspectos personales de Rueda.

Nadie había llevado tan lejos en tratar esa persona genial, amable y, muchas veces, problemática. Se resalta una obra portentosa de nuestra literatura, y también a un músico e intérprete que dio también su tiempo a la educación musical del pueblo dominicano.

Invito a los lectores a adentrarse en el significado de esta obra que une la crónica, a la biografía, a un favorable balance sobre el itinerario literario y musical de un hombre que, a pesar de encontrarse en la cumbre de su oficio y de su arte, vivió en la diversidad de su preferencia sexual y en la relación cotidiana entre sexualidad y poder, elección y libertad.

Memoria eterna para el maestro Manuel Rueda y para José Alcántara Almánzar nuestro reconocimiento por mantener la divisa ondeante de su legado.

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