Nosotros, que nos odiamos tanto

Nosotros, que nos odiamos tanto

Eduardo Jorge Prats

En Django desencadenado, la película de Quentin Tarantino, el personaje Stephen Candie (Samuel L. Jackson), mayordomo afroamericano del amo Calvin J. Candie (Leonardo di Caprio), enfurecido al ver a un negro, Django Freeman (Jamie Foxx), montado a caballo, se dirige a su amo con indignación: “-¿Ha visto, amo? ¡Ese negro tiene un caballo! — Y… ¿Tú quieres un caballo, Stephen? — ¿Para qué mierda quiero yo un caballo? ¡Lo que quiero es que él no lo tenga!”.

Esto es pertinente porque la semana pasada, a propósito de las inhumanas acciones emprendidas por el gobierno de Donald Trump contra inmigrantes, indigentes y empleados públicos, Junot Díaz advertía que, para entender estas iniciativas, debíamos acudir a la noción de “sadopopulismo”, acuñada por Timothy Snyder. De acuerdo con Snyder:

“El populismo ofrece cierta redistribución, algo del Estado para la gente; el sadopopulismo sólo ofrece el espectáculo de que otros están aún más desposeídos. El sadopopulismo alivia el dolor de la inmovilidad dirigiendo la atención a otros que sufren más. A un grupo se le asegura que, gracias a su resiliencia, le irá menos mal que a otro […]. En otras palabras, el sadopopulismo negocia no otorgando recursos sino ofreciendo grados relativos de dolor y permiso para disfrutar del sufrimiento de los demás”.

Este concepto, utilizado para analizar a Boris Johnson y Bolsonaro y que podría también aplicarse a Milei, aclara por qué es posible que tanta gente y tan entusiastamente votaran por Trump. Para Snyder el líder sadopopulista es aquel que diseña políticas “para dañar a la parte más vulnerable de su propio electorado”, en tanto que el electorado sadopopulista consiste en votantes que eligen un candidato para administrar su dolor y “fantasear con que ese líder lastimará aún más a sus enemigos”.

Muchos pensamos que este electorado estaba compuesto por resentidos, que un líder populista como Trump fue capaz de convencer a millones de sujetos invisibilizados y excluidos por la “sociedad del desprecio” (Axel Honneth) de que la humillación que sufren puede desaparecer transformándola en enfado -en lugar de reconocimiento de sus derechos- e infligiendo daños a otros humanos que, en la cadena alimenticia del desprecio, están más abajo (otros pobres, negros, latinos, inmigrantes, homosexuales, mujeres) o a aquellos que, desde posiciones elitistas, los consideran a ellos “deplorables”.

Estábamos equivocados. En verdad, como afirma Karen Entrialgo, comentando ideas de Jacques Rancière sobre Trump, “contra la tendencia a ver en los seguidores de Trump mentes débiles engañadas por los fake news, sectores desheredados, desclasados y abandonados; o bien, resentidos frustrados y violentos indignados; […] todos reunidos por un sentimiento de desigualdad, […] no se trata de sentimiento de desigualdad, sino de sentimiento de privilegio; no se trata de frustración, sino de satisfacción placentera”.

Definitivamente, la motivación de gran parte del electorado sadopopulista de Trump es “lastimar a otros” y tener la oportunidad de disfrutar “cuatro años de entretenimiento violento” (Joseph O’Neill). Como bien -en Gladiador 2- le dice Macrino (Denzel Washington), dueño de un grupo de gladiadores, a Lucio, citando supuestamente a Cicerón, “un esclavo no sueña con la libertad, sino con sus propios esclavos”. El lema sadopopulista -que circula en las redes- es entonces “make humans slaves again” o, mejor aún, el que gana es el que goza haciendo -y viendo- sufrir al otro.

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