Cambios en el gobierno
Pedagogía del poder y transformación de la cultura política en lo cotidiano
Algunas reacciones recientes en el escenario político nacional funcionan como un espejo de lo que acabo de plantear, pues develan las lógicas.
Palacio Nacional
En política, el poder no solo se ejerce: se interpreta. Para muchos actores, la permanencia de una figura en el poder funciona como una garantía de lealtad, es un ancla psicológica que ordena vínculos, jerarquías y cercanías. Desde la psicología de los grupos, esta lógica es conocida: las adhesiones y simpatías de colectivos y personas suelen organizarse más alrededor de la expectativa de continuidad de figuras de poder (porque da seguridad, estatus y reconocimiento) que de la coherencia ética, programática o lealtad a un proyecto. Cuando la permanencia de quién ostenta el poder se pone en duda, afloran conductas defensivas, desafiantes, cálculos individuales y reacomodos colectivos que pueden generar desacuerdos, molestias, distancias, incertidumbres o cambio de intereses.
Son precisamente estos momentos, incómodos o de desasosiego un terreno fértil para la pedagogía política, pues permiten explicar, aprender y desmontar, en tiempo real, las dinámicas que sostienen o debilitan una cultura democrática que coloca en el centro el interés superior de la ciudadanía y no los poderes y ganancias individuales.
Algunas reacciones recientes en el escenario político nacional funcionan como un espejo de lo que acabo de plantear, pues develan las lógicas, interpretaciones y vivencias de poder que todavía nos atraviesan como país-nación y que supera, por mucho, a la práctica de poder político-institucional, reflejándose también en el relacionamiento dentro de las jerarquías empresariales, universitarios, familiares y otros espacios igualmente políticos.
En el ámbito gubernamental, una vez el Presidente Luis Abinader afirmó que no buscará la reelección, se observa en algunos sectores el “vacío de poder”: Es decir, menos respaldo, más distancia, vínculos que se enfrían y prácticas que se distancian del "pacto" original. Desde la psicología de los grupos, esto es predecible.
Muchos grupos no se cohesionan alrededor de principios, sino alrededor de la expectativa de acceso al poder, a recursos o protección. Cuando el liderazgo deja de garantizar continuidad, el grupo entra en modo supervivencia: recalcula lealtades, protege intereses individuales y activa el oportunismo.
Esto ocurre porque el poder, más que una idea, es una emoción colectiva: da seguridad, sentido de pertenencia y estatus. Cuando esa fuente se percibe con fecha de caducidad, emergen el miedo a la pérdida, la competencia interna y la defensa personal. Por eso vemos dirigentes defendiendo cargos y compañeros del partido antes que decisiones orientadas a mejorar la función pública o a colocar el interés de la ciudadanía y el Estado en el centro.
Esto puede leerse no solo como un posicionamiento personal, sino también como material empírico para comprender estas dinámicas. Si estos discursos no se analizan, responden o explican, se normalizan y se reproducen. Así se sostiene una cultura política donde la lealtad no es al proyecto país, sino al ciclo del poder; donde gobernar se confunde con administrar y preservar favores y no con orientar a la sociedad.
Aquí entra con fuerza la pedagogía política. Si quienes hacen política se ven como educadores y educadoras ciudadanos, todo lo que ocurre, todo lo que se dice, incluso lo incómodo o lo contradictorio, se convierte en un pretexto para enseñar y aprender.
En la vida cotidiana, en las escuelas, en las universidades, lo hacemos así y en política debería ser igual, algunas crisis, declaraciones gesto público simbólico, puede convertirse en una lección colectiva si se explica con honestidad, se contextualiza y se conecta con valores democráticos. La pedagogía política no evita los errores; los convierte en aprendizaje social.
Establece además que un Presidente no es solo un gobernante, es también, lo quiera o no, un orientador, un “maestro” de la política (buena o mala). Se convierte en alguien que reflexiona la práctica para instaurar o sembrar valores, principios y prácticas políticas que se cascadean hacia todas las estructuras sociales.
Cambiar la cultura política no se logra solo con leyes y decretos; se logra usando la realidad, incluso la más incómoda, como laboratorio empírico de aprendizaje ciudadano. Nombrar el “vacío de poder”, explicarlo y desmontarlo públicamente sería, en sí mismo, un acto pedagógico potente para el país para instalar ahora, más que nunca, que el Estado está por encima del partido y que la coherencia importa más que la conveniencia.