De yipetas y coconetes
Yo estoy entre los que piensan que el doctor Leonel Fernández además de ser fundamentalmente un buen dominicano, que mostró ya su disposición de trabajar por la modernización e institucionalización del país en su pasada administración, tiene el talento y conocimientos necesarios para avanzar esa agenda, y dado que el pueblo soberano le ha ofrecido su respaldo masivo en las pasadas elecciones, uno desea que todos los sectores influyentes de la sociedad dominicana teniendo como norma el interés común participen activamente en las iniciativas de Estado que busquen colocar al país en el camino del progreso.
En una de las pasadas elecciones, un reportero le señaló una vez a Balaguer que su candidatura no había hecho público un programa de gobierno, a lo que el experimentado estadista respondió «agua y luz…ese es mi programa de gobierno». Y si bien Balaguer se refería a dos objetivos fundamentales a conquistar para un efectivo desarrollo económico del país, la política doméstica ha demostrado que para implementar de una forma sólida esas dos infraestructuras de desarrollo es necesario primero descocotar dos males congénitos que corroen y desnaturalizan la función del Estado en nuestro país «corrupción y clientelismo», males que fueron elevados a nivel de sacramento durante la tiranía de Trujillo, durante la cual «el Estado era Trujillo y Trujillo era el Estado», creando una cultura en la que el ciudadano veía al representante del poder como el dueño y señor de todo bien, incluyendo la existencia misma de la gente, que si se estaba vivo era por la poderosa providencia de «Dios y Trujillo». Como resultado de esta visión distorsionada del poder político y la función del Estado, ningún gobierno de los que ha seguido al del «jefe», sin excepción, se ha salvado de que el mismo haya sido usado de una manera u otra por funcionarios del mismo para la adquisición y repartición de riqueza, hasta el punto de que muchos políticos ven como «normal» el uso del poder para su propio beneficio, que simplemente hay que ser paciente y esperar el día «que me llegue mi turno». Naturalmente, la función de un líder al tenor de los nuevos tiempos, es desestimular y castigar con los recursos de la ley esa malvada cultura de la corrupción, mientras se estimula y reconoce a aquellos que muestran una verdadera vocación de servicio público. No cuesta trabajo advertir que robar y mal usar los bienes del pueblo «debe ser algo malo» por lo que Balaguer, en cuyos gobiernos la corrupción y el paternalismo de Estado comandaban la cosa pública, trató de disociarse políticamente de males cuya existencia no podía negar afirmando que «la corrupción se detiene en la puerta de mi despacho…». Hipólito Mejía por el contrario, con la misma ambición de poder de Balaguer pero ajeno al juicio de la historia, afirmó tranquilamente que «el poder es para usarlo…». Por ello, las siempre bien pensadas y sosegadas afirmaciones de Leonel Fernández, quien desde su posición no tendrá más alternativa que enfrentar en su propio seno esa «cultura del robo» le dan a uno al menos la esperanza de que «podríamos empezar a andar por diferentes caminos…».
Estas reflexiones se me han hecho inevitables, al observar que el día primero de julio del 2004, el Gobernador del Estado de Connecticut se ha visto obligado a abandonar el cargo antes de cumplir su mandato, bajo la amenaza de ser expulsado del poder por el Congreso, que ya había iniciado vistas públicas para juzgarlo. El pecado del hasta entonces popular Gobernador, fue que el Comité de Etica del Congreso había comprobado que este había recibido una bañera valorada en 3,500 dólares para su cabaña campestre, como regalo de un individuo favorecido antes con un cargo en su administración. El Gobernador había igualmente cometido el pecado de aceptar 3,200 dólares «prestados» de una antigua amiga cuyo esposo fue entonces nombrado juez de la suprema corte del Estado, de cuyo cargo fue ya destituido por el Congreso. Así mismo un individuo que había terminado obteniendo un contrato de construcción con el Estado, había «hecho mejoras» gratis en la cabaña del Gobernador y también junto a otros empleados le habían regalado una canoa. Y cuando uno compara estas minucias de corrupción con la repartidera de bienes, tierras, nombramientos de botellas, enriquecimiento millonario de funcionarios de la noche a la mañana, y la repartición de yipetas a funcionarios y presidentes como si fueran coconetes que se han visto en este país, sin que nadie pague nunca ninguna consecuencia, a uno no le queda mas remedio que concluir que no se podrá nunca llegar a aquello de «agua y luz» sin pasar primero por un proceso de descocotamiento de la «corrupción y el clientelismo». Por cumplirse la ley en ese país, los Estados Unidos «son lo que son» y aquí por no cumplirse «somos lo que somos».