Las excusas para no atacar la corrupción
WILFREDO MORA
El problema de la corrupción administrativa radica en no permitir que los delincuentes manejen nuestra industria, los corruptos nuestro gobierno. Fuera de ahí el concepto de corrupción, en toda su dimensión, es algo que comprende una difícil realidad llena de excusas, porque toda la vida de un hombre es una sucesión de violaciones a los principios morales de la sociedad. Sólo el Javert humanizado de Víctor Hugo fue un ejemplo de integridad y de probidad.
En Balzac, quien llamó a todas sus novelas, La Comedia Humana, dijo una vez, «un burgués no es un bandido, tampoco un bandido es un burgués: ¿cuál es, pues, la diferencia? A veces un bandido no es un cobarde». Debe colegirse, luego, que esta extraña raza de los corruptos constituyen una clase de cobardes. Pero, con todo y eso, no podemos dejar de atacar la corrupción.
La corrupción surge, resurge y se desarrolla, como una inversión de los valores democráticos y la percepción de que la corrupción tiene influencia en la política, está ya generalizada. Pero no hay que tenerle miedo a nuestros políticos, sino todo lo contrario.
¿En qué consiste la corrupción? y ¿cuál corrupción vamos a atacar? La corrupción sistemática genera distorsión de incentivos, costos políticos y sociales, debido al debilitamiento de las instituciones.
Existen voces fatídicas que quieren acallar la corrupción y por eso se valen de excusas, las cuales coexisten en forma genérica y específica.
Las excusas para no atacar la corrupción, en forma genérica, se expresan cuando alguien dice que hay corrupción en todos los países del mundo, en todas las épocas, que hay países donde la corrupción es un cáncer, y los donde hay simples actos de corrupción.