Alerta social
La masculinidad como factor de riesgo
Entre feminicidios, violencias y muertes evitables, el modelo de masculinidad dominante sigue cobrando vidas de mujeres y también de hombres.
Latinoamérica registra más de 2,700 feminicidios en 2017, RD ocupa el quinto lugar de 23 países
Hay una narrativa peligrosa que insiste en describir la violencia machista como un hecho excepcional, como una anomalía que irrumpe en la normalidad de la vida cotidiana. Pero la verdad es otra: no estamos ante episodios aislados, sino ante la manifestación recurrente de un modelo de masculinidad que, lejos de proteger la vida, la pone en riesgo.
Este fin de semana, la República Dominicana volvió a estremecerse. Un feminicidio consumado. Un intento de feminicidio frustrado por la intervención de un joven policía de apenas 22 años, quien terminó pagando con su vida. El agresor, como tantas veces, no era “conocido públicamente” como violento. La frase se repite con una insistencia que ya debería alarmarnos: no hay señales visibles, no hay antecedentes, no hay sospechas. Y, sin embargo, el desenlace es siempre brutalmente predecible.
La masculinidad hegemónica, esa que se construye sobre la dominación, el control, la negación de la vulnerabilidad y la afirmación permanente de la virilidad, no solo es un problema para las mujeres. Es, también, un factor de riesgo para los propios hombres.
Hay que llamar a todas las estructuras del Estado a detenerse y mirar con serenidad, pero a actuar con contundencia, enfrentando la lacra que es el machismo y la violencia que genera: accidentes de tránsito, suicidios, accidentes de riesgo laboral, violencia machista, agresiones sexuales, incesto, matrimonio infantil y uniones tempranas, violencia vicaria, infanticidios y feminicidios. Porque sí, por más que insistan en negarse a reconocerlo o entenderlo, en toda esa ruta de males, el machismo es el hilo conductor.
El informe Transformando las MEN’talidades de la UNESCO lo advierte con claridad: los hombres, socializados bajo mandatos rígidos de masculinidad, tienen mayores probabilidades de involucrarse en conductas de riesgo, menor disposición a buscar ayuda psicológica y mayor propensión a ejercer violencia. No es biología. Es construcción social como mandato.
Ritxar Bacete, en Nuevos hombres nuevos, lo plantea sin ambigüedades: la masculinidad tradicional no es una esencia, es una estructura de poder que se aprende, se reproduce y se legitima. Y, como toda estructura, puede y debe ser transformada. Al igual que lo sintetiza Julio César González Pagés cuando sostiene que los hombres no nacen violentos, sino que se les enseña a serlo.
En el patio, el psicólogo dominicano Luis Bergés ha insistido en que el varón dominicano ha sido educado en una emocionalidad restringida, donde el enojo es permitido, pero la tristeza, el miedo o la fragilidad son castigados. Ese es el caldo de cultivo.
En la última década, además, hemos visto cómo discursos ultraconservadores han encontrado terreno fértil en múltiples espacios sociales. Se expanden con la misma rapidez con la que proliferan las bancas de lotería y de apuestas deportivas en nuestros barrios, mientras las bibliotecas y las librerías desaparecen y el pensamiento crítico se relega. Hoy, demasiadas veces, los referentes de conducta masculina se construyen entre la banalidad de los algoritmos y la crudeza de las conversaciones de esquina, en los carritos públicos, en las guaguas, en el metro.
Allí se reproducen, sin mediación, ideas que legitiman la dominación masculina, que justifican el control sobre las mujeres, que romantizan los celos y que convierten la violencia en una extensión de la autoridad. Allí también se incuban las frustraciones de hombres que no encuentran herramientas para gestionar el rechazo, la pérdida o el fracaso.
Y no, no es la “falta de Dios en el corazón”. Ese argumento, repetido hasta el cansancio, ha servido históricamente como coartada moral para evadir responsabilidades. La violencia machista no se explica por ausencia de fe, sino por la presencia activa de un sistema de creencias que coloca al hombre en el centro, el falocéntrico, dominante, incuestionable, y que ha sido, en no pocas ocasiones, legitimado desde interpretaciones reduccionistas de lo religioso.
Tampoco es casual el contexto político y cultural. Vivimos un momento en el que sectores ultraconservadores convierten cada tribuna en púlpito, amplificando discursos que niegan la desigualdad de género, que ridiculizan las políticas públicas y que deslegitiman cualquier intento de transformación de las masculinidades. Era difícil esperar un desenlace distinto en un escenario donde el retroceso se disfraza de tradición.
Pero no podemos seguir contando muertas y muertos. Es urgente que desde todos los sectores sociales se detenga la inercia y que comencemos a actuar con contundencia. Porque el machismo no solo se expresa en los feminicidios. Está presente en la cadena completa de violencias que atraviesan nuestra sociedad: accidentes de tránsito, suicidios, violencia intrafamiliar, agresiones sexuales, incesto, matrimonio infantil, uniones tempranas, violencia vicaria, infanticidios. Hay un hilo conductor. Y ese hilo se llama violencia machista.
Para quienes, al leer esto, sienten la necesidad de decir “no todos los hombres somos así”, la respuesta es incómoda pero necesaria: no todos los hombres, pero siempre hombres. Y lo más preocupante es que cualquier hombre, socializado bajo estos mandatos, puede convertirse en riesgo si no media un proceso consciente de transformación.
Existen rutas. Organismos internacionales como Equimundo, la UNESCO y la CEPAL han documentado con evidencia lo que funciona: educación emocional desde edades tempranas, políticas públicas que involucren a los hombres en el cuidado, programas de reeducación para agresores, campañas de comunicación que desmonten los mitos de la virilidad, sistemas de protección efectivos para las mujeres en riesgo.
Pero nada de eso ocurrirá por inercia. Se requiere decisión política, presupuesto, articulación institucional y voluntad social. Se requiere, también, que los hombres asumamos nuestra responsabilidad histórica y personal en este proceso. No como espectadores, sino como actores de cambio.
Porque desmontar el machismo no es una concesión. Es una urgencia de vida. Y porque, si no somos capaces de transformar la manera en que nos enseñaron a ser hombres, seguiremos siendo, para ellas y para nosotros mismos, el mayor de los peligros.
El autor es comunicólogo y analista sociocultural.
El País
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Ramón Antonio Salcedo