Opinión

#SinFilros

El secuestro de nuestras calles, entre lavaderos y chatarras

Quien transita hoy por el Distrito Nacional o Santo Domingo sabe que la ciudad se ha convertido en una carrera de obstáculos

Más de 50 talleres y el incremento del parque vehicular desaparecen las aceras en el Ensanche La Fe

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Este domingo 25 de enero nos encuentra a las puertas de conmemorar el natalicio de Juan Pablo Duarte, el hombre que sacrificó todo por el ideal de una nación libre, pero, sobre todo, una nación regida por la ley. Sin embargo, al observar nuestras calles hoy, cabe preguntarse: ¿qué tan lejos estamos de esa "Patria libre" cuando ni siquiera somos libres de transitar por nuestras propias aceras?

Quien transita hoy por el Distrito Nacional o Santo Domingo sabe que la ciudad se ha convertido en una carrera de obstáculos donde el sentido común ha sido derrotado por la prepotencia.

No hablamos de un problema exclusivo de zonas rurales o apartadas; la anarquía ha echado raíces en pleno corazón urbano, donde el derecho al espacio público parece haber sido subastado al mejor postor mientras las autoridades lanzan planes que terminan siendo, muchas veces, titulares de un solo día.

El drama comienza con los lavaderos improvisados. Es una contradicción que indigna: según datos compartidos por la dirección de la CAASD en sus boletines de sequía, la producción de agua para el Gran Santo Domingo supera los 400 millones de galones diarios, pero las pérdidas físicas y el uso irracional hacen que miles de hogares vivan en una sequía eterna.

Mientras edificios en el Ensanche La Fe o Villa Juana estiran el agua de la cisterna para lo básico, en la acera de enfrente el preciado líquido corre libremente por el asfalto.

El estruendo de las aspiradoras industriales y la música a todo volumen se han vuelto la banda sonora obligatoria de sectores residenciales. No es solo un tema de desperdicio; es un atentado a la salud mental. Lavar un vehículo con manguera abierta puede consumir hasta 500 litros de agua, mientras que sistemas eficientes solo requerirían 60.

Sin embargo, la fiscalización de la Ley 64-00 sobre Medio Ambiente brilla por su ausencia, y los operativos anunciados por la Procuraduría de Medio Ambiente parecen diluirse tan rápido como el agua jabonosa en los contenes.

El abuso no se detiene en la manguera. A esto se suma la alarmante realidad de los "parqueos públicos" improvisados. En sectores como San Gerónimo, Los Prados o el Ensanche Quisqueya, existen calles secuestradas por vehículos abandonados o "chatarras" de personas que ni siquiera residen en la zona, pero que usan la vía pública como almacén gratuito por meses.

Lo peor es la impotencia del ciudadano. Reportas a la Digesett, llamas al Ayuntamiento, y la respuesta suele ser un rebote de responsabilidades. La Ley 63-17 es clara en su artículo 237 al prohibir el estacionamiento en lugares que obstruyan el libre tránsito, pero en la práctica, nuestras calles son tierra de nadie.

Las autoridades han intentado "paños con pasta". Programas como "Parquéate Bien" o la reciente iniciativa "RD Se Mueve" prometieron transformar la movilidad en polígonos críticos como Naco y Piantini.

Se habló de habilitar más de 1,500 nuevos parqueos públicos para el 2026 a través de "Parquéate RD", pero la velocidad de la construcción no compite con un parque vehicular que supera los 6 millones de unidades y crece un 6% anual.

Esta falta de orden ha convertido el tránsito en un campo de batalla. En vías donde la ley dicta parqueo de un solo lado, vemos vehículos apostados en ambas márgenes, dejando un carril mínimo. El resultado es el caos: enfrentamientos verbales, choques de retrovisores y una violencia urbana que escala porque nadie pone límites.

Duarte decía que "la ley es la regla a la cual deben acomodar sus actos, así los gobernados como los gobernantes". Si mañana despertara en una de nuestras calles del Gran Santo Domingo, vería con tristeza cómo esa "regla" se dobla ante el negocio del lavadero que inunda la calle o ante el desaprensivo que bloquea una vía por meses.

Vivir en la zona urbana no debería ser un ejercicio de resistencia. No basta con inaugurar un edificio de parqueos en la Zona Colonial mientras el resto de la ciudad se hunde en la doble fila. La modernidad no se mide por la altura de las torres; más bien, por la capacidad de imponer el orden en la acera.

Es hora de que las autoridades pasen de la sensibilización a la sanción real. Honrar a Duarte no es solo colocar una ofrenda floral cada 26 de enero; es hacer cumplir la ley en cada rincón de esta tierra.

No podemos permitir que el "brillo" de un vehículo se logre a costa de la sequedad de los grifos ajenos, ni que nuestras calles sigan siendo el cementerio de metal de los desaprensivos. Es tiempo de recuperar la ciudad, porque la Patria también se defiende respetando el derecho del vecino.

Sobre el autor
Dayanara Reyes Pujols

Dayanara Reyes Pujols