Opinión

Accidentes

La Semana Santa y el precio de una mala educación

Cuando la imprudencia ciudadana expone el fracaso del sistema educativo de un país

Las motocicletas lideran el número de accidentes de tránsito cada año en RD. (Archivo/ Fuente externa).

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Las cifras que cada año presenta el Centro de Operaciones de Emergencias (COE), responsable de coordinar el Sistema Nacional de Prevención, Mitigación y Respuesta ante Desastres, son un recordatorio incómodo de una verdad que se prefiere evadir: los accidentes, imprudencias y muertes de Semana Santa no son simples “excesos” de temporada, sino el reflejo directo de un sistema educativo que ha fallado en lo más básico. Un país que no logra definir con claridad su finalidad formativa, que opera con normas débiles, estructuras desordenadas, currículos desactualizados, docentes desprotegidos, estudiantes relegados, recursos insuficientes, una gestión errática, evaluaciones sin consecuencias y políticas de equidad meramente declarativas, termina pagando el precio en las carreteras, en los balnearios, en la convivencia social y en las salas de emergencia.

El deterioro educativo termina formando ciudadanos que no dimensionan los riesgos, que desprecian la autoridad y que confunden la libertad con el puro desenfreno, reproduciendo año tras año un patrón de irresponsabilidad colectiva que el Estado observa, registra y lamenta, pero que sigue sin corregir desde la raíz. Esa fragilidad formativa se refleja en una población cuya capacidad para relacionar conducta inadecuada, riesgo y consecuencia es alarmantemente, lo que explica por qué, incluso frente a advertencias reiteradas y tragedias acumuladas, persisten comportamientos que ponen en peligro la vida propia y la de los demás.

La imprudencia que cada año se exhibe en Semana Santa —excesos alcohólicos, temeridad en las carreteras, irrespeto a normas elementales y una alarmante indiferencia ante la vida ajena— no es un simple desorden estacional, sino el síntoma visible de una falla estructural: la incapacidad del sistema educativo para formar ciudadanos con criterio, autocontrol y sentido de responsabilidad pública. Cuando la educación no desarrolla pensamiento crítico ni hábitos de convivencia, la población se vuelve más impulsiva, más vulnerable a la presión social y menos consciente de las consecuencias de sus actos, especialmente en contextos donde la diversión se confunde con la autodestrucción.

Las cifras hablan con una elocuencia que ya no admite excusas. En la República Dominicana, pese a los esfuerzos sostenidos de instituciones como la Cruz Roja, la Defensa Civil y el Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT), entre otras, para promover un comportamiento responsable durante la Semana Santa, la realidad termina imponiéndose con crudeza. Frente a cada campaña de prevención, resurgen la ignorancia, el individualismo, el libertinaje y la lógica del “sálvese quien pueda”, que convierten este período en un escenario donde la imprudencia colectiva supera cualquier intento institucional de orden, conciencia y de buena convivencia.

Factores que agravan el comportamiento ciudadano en Semana Santa

Desconexión entre advertencias y conducta ciudadana. Las campañas informativas no logran transformar hábitos profundamente arraigados.

Normalización cultural del riesgo. Muchos dominicanos asumen que “nada va a pasar”, aun cuando las estadísticas demuestran lo contrario.

Falta de educación cívica y autocontrol. La ausencia de una formación sólida limita la capacidad de evaluar consecuencias y respetar normas básicas.

Debilidad en la autoridad y la supervisión. La percepción de impunidad alimenta comportamientos temerarios.

Los muertos en la Sema Mayor

Cada año, al concluir la Semana Santa, las consecuencias quedan expuestas con una claridad que resulta imposible ignorar. El país enfrenta un aumento de accidentes de tránsito y muertes que pudieron evitarse, una saturación de los servicios de emergencia que desborda la capacidad de respuesta, y un deterioro palpable de la convivencia tanto en espacios públicos como privados. A esto se suman las muertes por riñas, intoxicaciones alcohólicas y alimentarias, configurando un patrón social que se repite sin variaciones significativas y que revela fallas profundas en la formación ciudadana y en la cultura del autocuidado.

La magnitud del desorden ciudadano durante la Semana Santa queda expuesta con cifras que avergüenzan a cualquier sociedad que aspire a llamarse responsable. Los boletines oficiales del COE para la Semana Santa 2025 registran 23 muertes, entre ellas 8 por accidentes de tránsito y 2 por ahogamiento, además de 182 intoxicaciones alcohólicas y 78 alimentarias, un retrato brutal de cómo una parte de la población convierte un período de recogimiento en una exhibición de temeridad colectiva. No se trata de hechos aislados, sino de un patrón que revela una cultura que trivializa el riesgo, desprecia la autoridad y normaliza la autodestrucción, mientras el Estado observa cómo, año tras año, la imprudencia se impone sobre la razón y la vida humana se vuelve una estadística más.

Cuando la educación formal no incide en el comportamiento ciudadano

La carencia educativa se traduce en una ciudadanía que no comprende plenamente los riesgos, que normaliza la imprudencia y que reproduce, año tras año, un patrón de comportamientos que saturan los hospitales, enlutan familias y erosionan la cohesión social. La Semana Mayor, que debería ser un tiempo de recogimiento y cuidado, termina convertida en un espejo incómodo de nuestras deudas formativas: un país que no educa para la vida termina cosechando tragedias que podrían evitarse con una educación más rigurosa, más cívica y consciente de su papel en la construcción del bien común.

Un sistema educativo carente de calidad produce efectos profundos y persistentes en la vida de las personas y en la salud democrática, económica y cultural de un país. Sus fallas no se limitan al rendimiento escolar: moldean la manera en que los ciudadanos piensan, participan, trabajan, conviven y se relacionan con los demás. Esa fragilidad formativa se hace evidente en Semana Santa, cuando muchos dominicanos pierden la racionalidad y adoptan conductas que ponen en riesgo su vida y la de otros: provocan daños, maltratan a terceros y reproducen prácticas antisociales como el uso de música tóxica en espacios públicos, a volúmenes que violan abiertamente las leyes 287‑04 y 90‑19 sobre contaminación sónica. Surge entonces una pregunta inquietante: ¿por qué un segmento importante de la población asume un comportamiento casi suicida durante el asueto de la Semana Mayor

La Cruz Roja Dominicana (CRD) y su papel en la protección ciudadana

La Cruz Roja Dominicana, fiel a su mandato humanitario, pone en marcha el operativo “Semana Santa: Conciencia por la Vida 2026”, una iniciativa que se integra al Sistema Nacional de Gestión de Riesgos y refuerza los esfuerzos del Estado para proteger a la población durante el asueto. Este despliegue no es un gesto simbólico: es una respuesta organizada frente a un comportamiento social que, año tras año, desafía la prudencia y pone en riesgo vidas.

Reconocimiento social y magnitud del operativo

La sociedad dominicana reconoce y valora el trabajo sostenido de la Cruz Roja, que cada año planifica, ejecuta y supervisa acciones destinadas a preservar la vida de quienes pierden el juicio durante la Semana Mayor. El operativo “Conciencia por la Vida 2026” moviliza una estructura humana y logística de gran escala:

156 filiales y agrupaciones distribuidas en las 31 provincias y el Distrito Nacional.

10,245 personas involucradas, entre ellas voluntarios, médicos, enfermeras, técnicos, analistas y brigadas especializadas.

628 puestos de socorro instalados en avenidas, carreteras, playas y balnearios estratégicos.

Un esfuerzo monumental frente a una conducta social riesgosa

La magnitud de este operativo evidencia dos realidades simultáneas: la capacidad organizativa de la Cruz Roja (CRD) y la persistencia de un comportamiento ciudadano que obliga a desplegar miles de personas para evitar tragedias previsibles. La institución actúa donde la educación cívica ha fallado, sosteniendo con disciplina y humanidad lo que debería ser una responsabilidad compartida.

El director de Comunicaciones de la Cruz Roja Dominicana, el periodista Alfonso Tejeda, lo resume con una claridad que interpela: “Auxiliar a los accidentados es la principal tarea de la Cruz Roja Dominicana, aunque también realizamos labores preventivas, cumpliendo así nuestra primera encomienda: la humanidad.” Esta afirmación revela la esencia de la institución: actuar donde otros fallan, sostener vidas donde la imprudencia las pone en riesgo y recordar, con hechos, que la protección de la vida debería ser un compromiso colectivo, no solo una respuesta humanitaria.

La necesidad de desplegar miles de voluntarios, médicos, enfermeras y brigadas especializadas durante la Semana Mayor debería avergonzarnos como sociedad. Que un período destinado al recogimiento requiera operativos masivos para contener la imprudencia, la violencia, la intoxicación y el desprecio por las normas revela una falla profunda en nuestra educación ciudadana. No se trata solo de accidentes: es el síntoma de una cultura que ha normalizado el riesgo, que confunde libertad con descontrol y que ha perdido la capacidad de valorar la vida propia y ajena.

Si la República Dominicana aspira a un futuro más seguro, más humano y digno, debe comenzar por reconocer que la transformación no vendrá solo de operativos, campañas o advertencias. Vendrá de una reforma profunda de la educación y de la cultura ciudadana, una que enseñe a valorar la vida, a respetar el espacio común y a comprender que la libertad sin responsabilidad es simplemente otra forma de violencia. La Semana Santa seguirá siendo un espejo; lo que está en juego es si existirá el coraje de cambiar el rostro que refleja.

La Semana Santa no es la tragedia; la tragedia es el tipo de ciudadanía que siguen produciendo los subsistemas del sistema educativo dominicano.

Sobre el autor
J. Luis Rojas

J. Luis Rojas