Guardianes de la verdad Opinión
Tahira Vargas García

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Cada día se incrementa la cantidad de vehículos de lujo y jeepetas que transitan por nuestras calles contradiciendo la crisis económica y social internacional y nacional.

La interpretación cultural muestra que no hay contradicción. Resulta que el status social que ofrece la jeepeta tiene mayor peso que el costo económico que implica poseerla. La jeepeta se ha convertido en el país en un símbolo de estatus social ofreciendo una “supuesta imagen” de “progreso” y “bienestar económico” (muchas veces irreal) a la persona propietaria, cree que le abre puertas a espacios sociales que lo requieren.

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La búsqueda de una imagen de un mejor estatus social en el país se consolida en las últimas décadas y no solo se muestra en la posesión de jeepetas y vehículos de lujo, también en otro elemento importante para la población, el vestido.

El vestido ha sido símbolo de estatus social en nuestra historia cultural y ha servido para agudizar las diferencias sociales. El establecimiento de un “código de vestimenta” en oficinas públicas, centros educativos y sistema educativo refuerza la estratificación y desigualdad social. Además de que reproduce y fortalece la discriminación racial. La discriminación racial se mezcla con este manejo simbólico de la apariencia como representación de conducta de las personas.

En nuestra sociedad la formalización y conservadurismo presente en la vestimenta tiene un crecimiento continuo. En las últimas dos décadas se ha instalado el uso del traje formal (saco y corbata) en los hombres convirtiéndose en una vestimenta de trabajo y de acceso a actividades sociales. Esto no ocurría décadas atrás, muchos hombres no tenían traje y no lo necesitaban.

El conservadurismo y elitización que se expresa en la vestimenta tiene sus nexos con el crecimiento de esta tendencia en otras expresiones de nuestra vida social y política. El uso del saco y la corbata en los hombres los convierte simbólicamente en personas supuestamente “serias”, difícilmente se les vincule a actividades delictivas “ni corrupción”. Igualmente la ropa formal, maquillaje, prendas y peinados en las mujeres.

El peso de la apariencia en su asociación a estatus no solo se conecta a condición socio-económica sino también nivel educativo y valores como “honestidad” ¿Pareciera entonces que es más importante aparentar ser “educado” “bueno” y “serio” que serlo?

Esta disociación afecta a nuestra juventud. Recibe una fuerte presión social hacia el consumismo con reproducción de las incoherencias de la población adulta y personas con cierta relevancia política y a la vez se le excluye y estigmatiza por sus peinados, modas y tatuajes. Nuestro sistema educativo debe revisar si quiere seguir reproduciendo estos antivalores de la apariencia, discriminación racial y desigualdad,

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TAHIRA VARGAS GARCÍA

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