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La Tabacalera

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Diciembre de 1965, último mes del año más convulso de nuestra historia reciente. En abril habíamos estrenado la guerra interna por el retorno de la Constitución de 1963, la más democrática conocida hasta entonces y con la que se inauguró la vida democrática tras 31 años de dictadura. Aquella revolución terminó en guerra patria cuando se produjo la invasión norteamericana el 28 de abril del mismo año.

Los “muchachos” que se fueron a la guerra -sí, eran muchachos- salieron el 24 de abril desde San Francisco de Macorís para venir a la capital a fortalecer la revolución: el retorno de la Constitución, las libertades, la lucha contra la corrupción y el despojo de la democracia consumado en el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963.

En las primeras horas del llamamiento a entregar las armas, en la fortaleza Duarte se entregaron las disponibles a numerosos jóvenes que fueron a reclamarlas. Recuerdo que mi madre casi obligó a mi papá a ir a la fortaleza, pero cuando llegó solo alcanzó un colín que perduró en mi casa hasta la hora de su muerte. Algunos de los que se alistaron no regresaron, pero la mayoría sí.

Al finalizar la guerra en septiembre y celebrar el regreso de los “muchachos”, el ánimo cambió, la ilusión regresó y todo parecía distinto. Es que durante la guerra todo era gris: hasta el cielo se tornaba oscuro, el sol iluminaba poco y en San Francisco se vivió una pequeña guerra. En junio de 1965 hubo un intento de levantamiento que fue aplastado por las tropas del orden. Ahí murieron asesinados varios amigos, incluyendo a Franklin Rosa Pichardo, uno del barrio, querido por todos.

En esta historia no pretendo hablar de la guerra, pero quiero dejar claras dos cosas: la guerra es horrible y la paz es hermosa, propicia para el desarrollo de las ideas y para el crecimiento humano.

Los momentos vividos entre abril y septiembre de 1965 no fueron buenos. Poca información, carencia de todo tipo y, claro, el supremo deseo que ganaran los revolucionarios, los llamados a transformar el país.

Ese diciembre fue distinto. No había guerra. Aun así, todavía quedaban silencios, duelos y preguntas que nadie respondía nunca en voz alta. Compartíamos con los que regresaron, esos héroes que nos entretenían contando sus experiencias en la zona constitucionalista. Vivíamos una especie de surrealismo que fascinaba nuestra adolescencia.

El fin de año fue de pura esperanza. Los ánimos cambiaron: diciembre fue un mes excepcional. Lo recuerdo porque fue alegre y los mensajes que se elaboraron para la ocasión eran de esperanza.

Las campañas publicitarias convidaban a la armonía. Los publicistas competían por llevar el mejor mensaje posible y el ánimo de la gente era festivo. En el barrio El Capacito, donde forjé mis amistades de siempre, todos los fines de semana celebrábamos los “jengibres con galletas”. Improvisábamos fiestas en distintas casas de familia. Escribiendo estas palabras, mi corazón renace y revive la emoción, como si volviéramos a vivirla.

Recuerdo la plegaria de la “Tabacalera”, la industria estatal del tabaco: “Al llegar estos días, humildes te rogamos que nos des alegría y santa paz vivamos, que labremos la tierra como buenos hermanos y así estar orgullosos de ser dominicanos. Viviremos felices, que es hermoso en verdad, la vida entre espirales del humo de la paz”.

Sobre el autor
Altagracia Paulino

Altagracia Paulino

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