«Seguiré a caballo», eso dijo el General

«Seguiré a caballo», eso dijo el General

Boceto de una estatua ecuestre de Trujillo confeccionada en 1959 en Madrid y que nunca llegó al país.

En diciembre de 1898 se inauguró en nuestra catedral el mausoleo de Colón, obra del artista catalán Pedro Carbonell Hugey y que hoy se encuentra en el Faro a Colón. Carbonell había confeccionado en 1897 la estatua de Cataluyna que aparece en el Monumento a Colón en Barcelona. Durante su estadía en Santo Domingo el dictador de entonces Ulises Heureaux (“Lilís”) le pidió que esculpiera una estatua ecuestre suya en bronce a tamaño natural para ser colocada en su futura tumba en el cementerio de Santo Domingo. Carbonell (1854-1927) era profesor de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y mientras estuvo en Santo Domingo hizo un busto de Duarte inspirado en un retrato de Alejandro Bonilla.

Pero resulta ser que siete meses después de la visita de un Carbonell que había ya completado la estatua de Lilís, este fue ajusticiado el 26 de julio de 1899. Ya para ese momento la estatua ecuestre se encontraba en los muelles de Barcelona, cubierta de madera y lista para embarcar a Santo Domingo. Con el tiempo, al no aparecer nadie en Santo Domingo interesado en pagar por el transporte de la obra, la madera se fue pudriendo y para el asombro de los estibadores contemplaron a un mulato uniformado con bicornio y a caballo. Después de transcurrir 39 años la estatua seguía en el muelle, pero con motivo de la guerra civil española las tropas republicanas que controlaban Barcelona decidieron fundirla para con el plomo confeccionar balas para luchar contra Franco.

En 1934 Trujillo, ya dictador, tenía que decidir si iba o no a la reelección. Para esa época recorría el país con un gran grupo de personas a caballo y su respuesta a la solicitud de reelección fue: “Yo seguiré a caballo”. El estribillo devino en la exhortación a su reelección.

En 1944, coincidiendo con el centenario de la independencia dominicana y llevando ya Trujillo catorce años en el poder, un grupo de San Cristóbal decidió auspiciar una estatua ecuestre suya para colocarla en su ciudad natal, pero tardarían doce años en realizar su sueño cuando en 1956 llegó al país Aurelio Mistruzzi, contando con unos avanzados 86 años de edad, escultor italiano, para ver cara a cara a Trujillo y sus caballos. Sería en 1957 cuando la estatua ecuestre de Trujillo sería inaugurada en San Cristóbal, pero Trujillo ni siquiera fue al acto. Mistruzzi murió en 1960. Su obra dominicana sería su última. Apenas un año después, en diciembre de 1961, desaparecido ya el dictador, una turba enardecida, con el apoyo de un tractor, logró derribar la estatua.

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Pero apenas un año después de inaugurada la estatua de San Cristóbal Trujillo se había interesado en que el español Juan Cristóbal González (1897-1961) le confeccionara otra para ser colocada en el parque frente a lo que popularmente se conoce como “el obelisco hembra” en el Malecón de la capital dominicana. Había sido autor de una estatua del Cid Campeador que se encuentra en Burgos, otras de Indalecio Prieto y bustos de Goya, Ramón Pérez de Ayala e Isabel la Católica. Cristóbal llegó al país en 1958 y trabajó con Trujillo en su despacho en el Palacio Nacional y se ubicó en una pequeña casa en la calle Mercedes y desde allí en el parque de enfrente a la iglesia le fueron mostrados los caballos preferidos del dictador, tomando nota de todos sus detalles.

Ya para 1959 la estatua estaba confeccionada en barro y un boceto de dos pies fue hecho en bronce, listos para que Trujillo los aprobara, pero esa aprobación nunca llegó, pues fue el año de las expediciones armadas de Maimón, Constanza y Estero Hondo y poco después Trujillo tuvo que lidiar con la Iglesia católica. En fin, que Trujillo desapareció en mayo de 1961 y 109 días después también murió Juan Cristóbal.

Sus hijos no sabían qué hacer ni con la estatua a tamaño natural en barro o el pequeño boceto en bronce. El hijo mayor de Trujillo había ordenado a finales de 1961 que el cadáver de su padre fuese trasladado a París, donde fue enterrado por un tiempo en el cementerio de Pere Lachaise y luego, cuando Ramfis se fue a vivir a la España de Franco, fue llevado a un cementerio de Madrid donde, años después y a muy corta distancia de la tumba de Trujillo, fueron colocados los restos de otro dictador: Francisco Franco. Pero a pesar de que los hijos y nietos de Trujillo vivieron en Madrid por mucho tiempo, ninguno se interesó por la escultura de Cristóbal. Le fue ofrecida a Khalil Haché, un gran entusiasta de caballos y en este caso específico gran admirador del jinete en cuestión, pero tampoco le interesó. Ahora Rusia está en guerra con Ucrania, pero como la estatua no pasó de la etapa de barro serían pocas las balas que podrían hacerse si se fundiera el pequeño boceto.

Que no se le ocurra a ningún presidente dominicano del siglo XXI mandar a hacer una estatua suya ecuestre… ¡es más, que lo piense dos veces antes de aceptar un sencillo busto!

Una colega nuestra en la Academia Dominicana de la Historia y quien escribe en este mismo suplemento usualmente incluye un poema en su trabajo. En esta ocasión haré lo mismo. El célebre poeta inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822) en una ocasión visitó Luxor en el desierto egipcio, cercano al Nilo. Allí contempló las ruinas de una inmensa escultura y escribió:

“Conocí a un viajero de tierras remotas.

Quien dijo: dos largas piernas de piedra y sin cuerpo yacen en el desierto, a su lado medio enterrado en la arena se encuentra un destruido rostro.

Sus arrugados labios y gesto burloso de frías órdenes indican que ese personaje bien conoció esas pasiones.

En el pedestal está escrito:

“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes. ¡Mirad ustedes poderosos y desesperad!

Nada queda allí alrededor de esa colosal ruina excepto las solitarias arenas que se remontan hasta la distancia”.

Hace poco tiempo andaba de viaje con una de mis nietas y cuando llegamos a la entrada de San Cristóbal, en el lugar donde estuvo la estatua ecuestre, grité: “Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes, mirad ustedes poderosos y desesperad”. Mi nieta me miró sorprendida, sin entender nada.

Poco después de Ramfis haber abandonado el país las turbas se dedicaron a saquear todo lo que había pertenecido al dictador y cientos de estatuas y bustos desaparecieron. Más inteligentes fueron los húngaros pues recogieron toda la estatuaria de los años del régimen comunista, cientos de bustos y esculturas sobre obreros revolucionarios y los colocaron todos en un mismo lugar, en un parque en las afueras de Budapest el cual cientos de turistas visitan.

Yo fui. Como es tan amplio el parque, para visitar con holgura el espectáculo se puede alquilar uno de los pocos vehículos rusos Lada que aún existen. Para los húngaros de mayor edad esa visita creo que no deja de traerles cierto sentido de nostalgia.

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