El planeta inocente de Sebastião Salgado

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No soy un activista, aunque mi trabajo sea utilizado por muchos con esos fines; este no es parte de un movimiento ni cambiará nada, mas la fotografía es mi forma de vida. No me considero un artista porque ser fotógrafo es mucho más que ser artista; la fotografía es un lenguaje en el que deposito la luz, la luz desde donde vengo, aquello que me regalan los otros y también lo que yo veo. Son las afirmaciones del brasileño maestro del lente del último medio siglo cuya obra ha trascendido la documentación antropológica de conflictos étnicos e injusticias sociales a fin de abrazar la naturaleza “que anda más viva que nosotros mismos”. Salgado lo ha logrado quizás con mayor éxito en la serie Génesis, épico trabajo de proporciones bíblicas -que no místicas- trabajado durante ocho años y publicado en formato de libro hace ya un tiempo.
En esta obra, su “carta de amor a la naturaleza” como la había catalogado, se pretende mostrar la Tierra en su estado más natural, despojada de toda consecuencia del desarrollo y la mano humana; la condición original del lugar que nos acoge y del cual somos parte fundamental. Salgado ha conseguido hacerlo gracias a treinta y dos viajes durante los cuales, cámara a mano, fotografió la vida desde la Antártida y Siberia; Patagonia y la Amazonía, hasta las dunas de Namibia y las montañas de Sumatra. Documentó la vida más allá de la especie humana quiero decir; plantas, animales y fenómenos atmosféricos que revelaron su belleza en múltiples facetas en estado impoluto.
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La otrora controversial idea que separaba el aspecto formal de la fotografía, su constitución como objeto meramente observable, de lo que se plasma en ella y le asigna el don de la provocación, en el caso de Génesis simplemente no acontece. Aquí se nos obliga no solo a ver, sino sobre todo a fijarnos; sacudidos por la imagen propiamente dicha y por lo que ella confiesa, somos testigos del acto artístico en su más sublime concepción. La Tierra, y sus habitantes aparecen llenos de vida y, sobre todo, insertos en actos que ilustran un hecho fundamental evidente en esta propuesta fotográfica de tintes político-medioambientales: el que el Planeta lo compartimos todos y a él, todos pertenecemos.
Es así como lo retratado en Génesis no es únicamente la imponente belleza del paisaje, la vegetación y los seres vivos que en ella coexisten; observamos también en estas imágenes el acontecer de tribus y conglomerados humanos que a la fecha aún son parte íntima y raíz de la naturaleza en su condición virginal. Sin embargo, Salgado no se limita a documentar la monumentalidad del planeta que nos alimenta; nos sacude además a través del aparente silencio de lo fotografiado cuando expone el desdichado devenir de dichas comunidades resultante de la brutalidad con que el Hombre ha explotado el medioambiente.
El brasileño expresó hace mucho tiempo que el color en la fotografía podría constituirse en elemento distractor, en velo que gracias a “la belleza” de lo colorido impregnado en nuestra retina, oculte la riqueza de las posturas y miradas; los detalles y la forma de los objetos. Quizás por ello son pocas las imágenes en movimiento incluidas en esta serie; han prevalecido la inmovilidad y la serenidad de lo retratado, trátese del beduino que medita en las dunas de un desierto, o los siberianos nómadas cuasi congelados por las temperaturas invernales en los confines del Ártico. En ambos casos las fotografías exhiben una monocromía que más que poética, es sonido que susurra paz, profunda infinitud, y, a la vez, comunión con el espacio que nos acoge.
Manteniendo las debidas distancias, semejante monocromía de negros y blancos esparcidos en incontables rangos de grises, irrevocablemente nos retrotrae al chiaroscuro del Barroco en este caso expresado además en la frecuente disposición de planos consecutivos que aparecen en las composiciones de Génesis. En ellas se intercalan sombras y penumbras con intensísimos haces de luz solar a fin de resaltar cientos de pingüinos o la pata de una iguana; el hilo de plata blanca trazado por el curso un río en el horizonte que, arropado por gigantescas montañas, se convierte en surco que conduce al origen. Y también volcanes, glaciares e icebergs como espacios intactos desprovistos de la huella humana.
En sus memorias, nuestro artista ha indicado que la fotografía constituye una escritura de tal fuerza que no necesita traducción; dicho de otra forma: la imagen, como marca que lo muestra todo, habla por sí misma. Lo hace aún más si el dramatismo de lo fotografiado alcanza la monumentalidad como sucede con sus paisajes; ellos son, al unísono, alucinantes y avasalladores. Recordatorio de nuestra nimiedad ante a la vastedad de la naturaleza y aliento a favor de su preservación y rescate de las manos del obsesivo “desarrollo” que persigue nuestra civilización.
En este trabajo, Salgado ha transformado el aparataje de la cámara, llámese lente, objetivo u obturador, en un sobrio pincel que ha de traducir lo que sus ojos maduros ya han visto y vivido incontables veces. Génesis es, pues, un contundente documento que retrata el acontecer del planeta que ha perdido su inocencia; un canto a nuestra supervivencia digno de ser plasmado en el lienzo del futuro de nuestros descendientes para sacudir el ahora. Luminosidad y sombra, en suma, una vez más dibujando las facciones del perenne contemplar y preguntar del Homo sapiens contemporáneo.
Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, autor de Fiat lux. Sobre los universos del color (Huerga & Fierro, Madrid 2023) y Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana 2024.