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Literatura

La elegía, el dolor en la poesía y la crónica de la violencia

Otras acciones trágicas y dolorosas dieron al bardo motivo para escribir su desconsuelo.

Federico García Lorca

Federico García Lorca

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La elegía es una de las diversas formas en que nos aparece la poesía. Expresa el dolor por la muerte de un ser querido. Forma parte de la expresión adolorida del duelo, se empareja con la memoria y el olvido. Tiene profundas laceraciones cuando la muerte es violenta, inesperada. Diversas elegías han expresado el dolor; desde los tiempos medievales se registra el planto, pianto o llanto. Al morir alguien, los dolientes lloran sin poder revertir la vida del otro.

Jorge Manrique, poeta y caballero que murió defendiendo a la reina Isabel, escribió una extensa elegía: “Coplas por la muerte de su padre”, el Condestable Don Rodrigo Manrique de Lara (1406-1476), que es una referencia obligada de los poemas sobre la muerte. En ellas presenta un tema de la filosofía grecolatina: la fugacidad de la vida, y la inutilidad de los esfuerzos humanos, ante la muerte: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, / cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado /fue mejor.”

Otras acciones trágicas y dolorosas dieron al bardo motivo para escribir su desconsuelo. Tomemos en cuenta el largo poema que escribió Federico García Lorca, con motivo de la muerte del torero: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, en la que la representación taurina y la crónica del dolor se entrelazan con una visión simbólica de la tarde y los relojes: “A las cinco de la tarde. / Eran las cinco en punto de la tarde. / Un niño trajo la blanca sábana / a las cinco de la tarde. / Una espuerta de cal ya prevenida / a las cinco de la tarde. / Lo demás era muerte y sólo muerte / a las cinco de la tarde.” La simbología, el imaginismo y la teatralidad de Lorca dan al poema un escenario de rechazo a la muerte: “Dile a la luna que venga, / que no quiero ver la sangre / de Ignacio sobre la arena. / ¡Que no quiero verla!”.

Por otra parte, la partida de Ramón Sijé provoca los versos elegíacos de su coterráneo de Orihuela: “Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, /un empujón brutal te ha derribado. / No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida… La hiperbólica muestra de dolor hace de esta una de las más sentidas notas de nuestra lengua; “Quiero escarbar la tierra con los dientes, /quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes.”

Por la muerte trágica de Federico García Lorca, Pablo Neruda, que de su amistad hablan sus memorias, “Confieso que he vivido”, escribe una elegía sobre de la incertidumbre que causa la muerte de otro poeta, “Oda a Federico García Lorca”: “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, /lo haría por tu voz de naranjo enlutado / y por tu poesía que sale dando gritos.” Neruda muestra la soledad de los muertos y el deseo de que el diálogo siga, aunque sea como un diálogo entre rocas: “Porque por ti pintan de azul los hospitales / y crecen las escuelas y los barrios marítimos, / y se pueblan de plumas los ángeles heridos, / y se cubren de escamas los pescados nupciales…” Ateridos por el dolor, los poemas a los idos expresan la desolación y un mismo lamento: el de la ausencia que no pueden llenar las palabras.

El poeta dominicano Domingo Moreno Jimenes nos da estas sentidas notas por la muerte de una hija. Ya el desconsuelo roza la importancia de la vida y la conformidad ante la muerte. En “Poema a la hija reintegrada” construyes una metáfora sobre tiempo: “En este mundo donde sólo se premia la / capacidad de fingir mejor, /era justo que llegaras, y después de breves instantes, / ya estuvieras confundida con la cal y con la / mariposa, con el carbón y con la piedra.”

Pedro Mir escribió esta famosa elegía dedicada a las hermanas Mirabal, asesinadas por el tirano Trujillo; el poema se encuentra entre las mejores que se han escrito y marca la historia de un país, porque con su asesinato las Mirabal rompieron para siempre el ciclo de los grandes generales políticos, autoritarios, que venían desde la independencia en 1844. Afanado por darle una definición a un país inverosímil, escribe Mir: “Cuando supe que habían caído las tres hermanas Mirabal / me dije/ la sociedad establecida ha muerto” (OC, I, 167). Y no es el dolor existencial el que inicia sus versos, sino el social que redime al hombre: “No contaré esta historia porque era una vez/ no la primera/ que los hombres caían como caen los hombres/ con un gusto de fecundidad/ para dotar de purísima sangre los músculos de la tierra” (170) Y proclamar: “Porque hay una hora de relojes antiguos y los modernos/ que anuncian que los más grandes imperios del planeta/ no pueden resistir la muerte / de ciertas /debilidades amén/ de mariposas” (178).

Alexis Gómez Rosa en su libro “Oficio de Post muerte” viene a encontrar el tono elegíaco de una época violenta vivida por los dominicanos. No solo el poema de esta estructura dedicado a Rodríguez Objío y el que dedica al poeta haitiano-dominicano Jacques Viau Renaud: “Células de mi muerte, ¡salud! / aquel se levanta por mi vida. / /Sube una multitud, absorta, /a contemplar tu cadáver que nace” (de “Isla invertebrada”, “Festín”, 149). El texto de Gómez Rosa, que es una pieza de poesía e historia, muerte, guerras y violencia, habla de la resistencia y de un lacerado descubrimiento del tiempo que nos ha tocado vivir.

Una elegía a los héroes de la Expedición del 14 de junio de 1959 dice mucho de ese tiempo que el poeta toma en sus manos como un hilo que nos conduce al laberinto de nuestro ser social: “la isla de muerte, desatada, en huracanadas/ provincias verdinegras” (115). Para los palmeros es la celebración. La muerte celebrada tan ausente en las elegías: “ha muerto Amaury Germán/ Bienvenido Silveira, Ulises Cerón Polanco, / Virgilio Perdomo Pérez, / bienmuertos;/ de cara al sol, / bienmuertos. Suele esta ciudad/ reducirme a raíces”. (109).

La elegía es una forma de la poesía que expresa lo humano frente a la muerte. La poesía, por gracia de la lengua, fija en la memoria el tiempo pasado, el tiempo vivido. El ser en la imaginación intenta recuperar aquello que se ha perdido. Quedan los recuerdos dolorosos de la partida a destiempo. Las heridas que la violencia deja, el placer y el amor que arrebata. La muerte siempre fronteriza con lo humano está ahí, acecha. El poeta es el cronista de un tiempo. El nuestro es de tanta violencia. La que ha sabido asir y simbolizar Alexis Gómez en Santo Domingo, no es distinta a la de otros tiempos y otros lugares.

Sobre el autor

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN

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