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Usos y costumbres en Dramas dominicanos… de Casimiro de Moya*

En Dramas dominicanos… de Casimiro N. de Moya todo está cuidadosamente planeado. Diferentes artificios novelísticos como el efecto de realidad al introducir, además de Duarte, Sánchez, Mella, Gaspar Hernández y el general haitiano Alexi Carrié

Casimiro de Moya

Casimiro de Moya

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En Dramas dominicanos… de Casimiro N. de Moya todo está cuidadosamente planeado. Diferentes artificios novelísticos como el efecto de realidad al introducir, además de Duarte, Sánchez, Mella, Gaspar Hernández y el general haitiano Alexi Carrié, quienes, interactuando con personajes ficticios, le permiten al narrador un efecto de realidad que se conjuga con las descripciones geográficas y topográficas mientras Carlos y su peón viajan de La Vega al paradero en San Pedro de Macorís o las 10 leguas que separan Santo Domingo y Baní, por ejemplo.

Mientras el narrador nos cuenta el estado de ánimo de los enamorados va mostrando los usos y costumbres de entonces. Así como la red de espionaje que había instaurado el ocupante: incautaciones de los bienes de la Iglesia, de los que habían abandonado el país después de 1822, y una detallada descripción de Santo Domingo de finales del siglo XIX.

En la primera parte el narrador privilegia el tiempo de la narración para tener mayor comodidad al utilizar diferentes artificios literarios: múltiples relatos sumarios para edificar, como he dicho, a quien el narrador cuenta su historia; y, para mantener el ritmo de la narración, alterna analepsis completivas y prolepsis para retroceder y/o avanzar en la historia, o detenerse tranquilamente en la “historia y el testamento del Comegente” y hacer de ese relato en el relato una reveladora y eficaz construcción en abismo. Con estos artificios literarios es, como hemos dicho, que consideramos que la o las demás partes de la novela están anunciadas en los 35 capítulos de Dramas dominicanos…

Casimiro de Moya, levantado en armas contra Ulises Heureaux y derrotado en octubre de 1886, hubo de refugiarse con toda su familia en Turk Islands en donde se consagró no sólo a la cartografía y como ha de suponerse a concebir, elaborar y comenzar la redacción de Dramas dominicanos, novela histórica y de costumbres nacionales, tarea que interrumpió al trasladarse, poco después de iniciar su exilio, a Saint-Thomas y continuó, a la par que elaboraba su Tabla sinóptica de distancias entre las principales poblaciones y los puestos fronterizos de República Dominicana, e interrumpiría al acogerse a la amnistía del presidente Heureaux en 1895. A su regreso a República Dominicana todo parece indicar, como dije antes, que no retomó la novela.

Buen novelista, de Moya no se permite expresar su opinión en el relato pero destaca una opinión que tuvo éxito entre ciertos historiadores dominicanos del siglo XIX e incluso del XX: la independencia de Núñez de Cáceres “proporcionó” a Haití la coyuntura para ocupar la parte occidental de la isla y mostrar igualmente el aspecto represivo y dictatorial del ocupante señalando: “La santidad de las virtudes cívicas y la majestad del estado eclesiástico debidamente observado, habían recibido de un golpe profundísima herida con la expulsión del territorio de su sede del doctor Valera, prelado ilustre, de virtud legendaria, cuya recta conciencia ni aparentemente quiso doblegarse ante la arbitrariedad del acto consumado por Boyer y contra cuya firmeza en vano ensayaron sus esfuerzos la diplomacia, halagos, amenazas y el castigo del soberbio dominador”. […] “Habíase cerrado la Universidad, el periodismo no se consentía, las reuniones si no eran prohibidas, se vigilaban como sospechosas y por consecuencia el espíritu literario y la afición a las especulaciones intelectuales, tan desarrollados en la Atenas del Nuevo Mundo, que se había denominado por la brillante pléyade de letrados y hombres doctos en ella levantados, estaban tan apagados, fuese por el egoísmo de las contadas lumbreras que aun sobrenadaban en aquel naufragio de todo lo digno y sobresaliente, fuese por temor a la inminente amenaza del suspicaz invasor, es lo cierto que causaba extrañeza, se hubiesen abierto y subsistieran aún para el tiempo en que comienza esta narración, las clases de literatura y filosofía que el docto peruano presbítero don Gaspar Hernández, obedeciendo a sus generosos impulsos en favor de aquella juventud tan inteligente como desgraciada, que vegetaba cual planta sin cultivo, había creado en la ciudad de Santo Domingo regentándolas él mismo”(p.43). Este fragmento tiene, evidentemente, una función iterativa en la novela a propósito de la situación política y cultural, durante la dominación haitiana.

Por su parte, Manuel de Jesús Galván, recordemos, había dado a la estampa la versión completa de Enriquillo, leyenda histórica dominicana en 1882 poco más de tres lustros después de la Restauración de la República el 15 de julio de 1865.

Como manda la más elemental de las reglas de la narración, la mejor voz narrativa que se le ofrece al narrador para tomar distancia con la historia que cuenta es la tercera del singular porque la tercera, escribe Ramón Francisco en Literatura dominicana 60: “es la que produce la narración más alejada del escritor. Su uso obliga a ciertos supuestos: el narrador cuenta hechos sucedidos a personas con las cuales probablemente él no tenga ningún tipo de relación. […] La tercera persona es ideal para cuando uno quiere situarse frente a una ventana y desde allí, mirando al exterior, narrar los acontecimientos que desfilan frente a casa”.

Con el deliberado interés de que su relato, además de una historia de amores contrariados fuera también el de la aspiración independentista de los jóvenes de entonces, el narrador hace decir a Carlos que reniega de “¡los que nos tiranizan y de los que les sirven señor! —exclamó en alta voz levantándose de su asiento como disparado por un resorte” (96). Y luego, ya en Santo Domingo, se sirve de una referencia al famoso cuadro del francés Eugène Delacroix La liberté guidant le peuple para expresar la alegría de Carmen al abrazar los afanes independentistas de su padre: “El semblante de Carmen presentaba una expresión que en nada correspondía al de la niña que encontramos en San Pedro. Las nuevas impresiones iban trasformando al ángel en mujer, y con aquel elegante traje, que tanto la realzaba, hubiera podido tomarse en aquel momento por la diosa de la Libertad excitando a la acción” (174).

*[DE MOYA, Casimiro, Dramas dominicanos…, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2026, 275pp.]

Sobre el autor

Guillermo Piña Contreras

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