Recepción de lectores
Terremoto, amor e independencia en Dramas dominicanos
Dramas dominicanos, novela histórica y de costumbres nacionales no es una novela histórica porque su autor decidiera sencillamente clasificarla “histórica”. Lo es porque está estrechamente relacionadas con los acontecimientos relativos a los líderes del movimiento independentista, y a los usos y costumbres de su época

Arte
Mientras Juan Pablo Duarte y sus compañeros de la sociedad secreta La Trinitaria burlaban el ojo ubicuo del ocupante, en Dramas dominicanos… sabemos cómo los independentistas se reunían y conspiraban, así como también nos enteramos de por qué el padre de Carmen, Esteban Pimentel, al notar los incipientes amoríos de su hija decide impedirlos, cuando se entera de la prosapia del pretendiente. Así se podría resumir la primera parte de Dramas dominicanos… Excelente novela histórica auxiliada por diferentes artificios literarios que hacen posible la verosimilitud del relato y que permitirán al lector proyectar lo que podría ser, según su visión de los acontecimientos que preceden al 27 de febrero de 1844, la o las partes que Casimiro de Moya, tal vez por falta de tiempo, no tuvo tiempo de terminar antes de fallecer en 1915.
Dramas dominicanos, novela histórica y de costumbres nacionales no es una novela histórica porque su autor decidiera sencillamente clasificarla “histórica”. Lo es porque está estrechamente relacionadas con los acontecimientos relativos a los líderes del movimiento independentista, y a los usos y costumbres de su época.?
Todo tiene su función en una novela. No puede haber cabos sueltos. Iniciar el relato con el terremoto que sacudió el noroeste de la isla en mayo de 1842 cuando Carlos y su peón partieron de La Vega a Santo Domingo: “[…]se dirigía “[Carlos] a esta ciudad, procediendo del Cibao, por el camino del Sillón de la Viuda, puesto por el cual se atraviesa la cordillera de desiertas montañas que arrancando de las extremidades orientales de la isla, en dirección a las occidentales y destacando hacia norte y sur y ojos más o menos prolongados, reparte las aguas por innumerables cañadas entre el delicioso valle del Isabela, Ozama y Macorís y las lujuriantes vegas del Yuna y el Camú”(p.47).
Cuando, poco después de iniciar su viaje, les sorprende el terremoto que, además de crear un efecto de realidad, realmente ocurrió en esa misma fecha, como consigna José Gabriel García, el sábado 7 de mayo de 1842, y que además de estar estrechamente relacionado con el derrocamiento de Jean-Pierre Boyer en 1843 también está estrechamente relacionado con la proclamación de la independencia dominicana el 27 de febrero de 1844.
El historiador José Gabriel García reporta, en su Compendio de la historia de Santo Domingo el terremoto del 7 de mayo de 1842 no sólo como catástrofe geológica y geográfica sino también política: “Estos temblores, tan repetidos, dejaron reducida la isla al estado más lastimoso, porque el temor se apoderó de todos los corazones y el arrepentimiento de todas las conciencias, ocasionando una paralización tan completa, que la miseria no se hizo esperar mucho tiempo, trayendo en pos de sí la carestía y las medidas arbitrarias de la policía; penosa situación, generadora de un malestar imponderable, que contribuyó a preparar los ánimos para recibir con entusiasmo las ideas revolucionarias que venían germinando entre las masas, las cuales inconformes casi siempre con su suerte, suelen hacer responsables a los gobiernos de los males que experimentan, sobre todo cuando hay quien las excite como lo venía haciendo, bajo las inspiraciones de Duarte, la numerosa falange separatista, la cual había ido minando la parte española desde la fundación de La Trinitaria, favorecida en sus miras secretas por el elemento haitiano reformista, de oposición al círculo de los absolutistas, elemento que buscando su mejor estar y el bien de la patria, contribuyó a preparar los acontecimientos que se relacionan con el interesante periodo de la Reforma, que fue la aurora feliz que anunció a los dominicanos la venida del día de su libertad e independencia” (p.186).
También el historiador Frank Moya Pons ve el terremoto como un factor que ayudó a los trinitarios a lograr la expulsión del ocupante y declarar la independencia dominicana: “En aquellos momentos también había otros trinitarios trabajando en su labor revolucionaria en Puerto Plata y en La Vega, en donde, según García, esas denuncias crearon cierta alarma y estuvieron a punto de ser descubiertos. Así, mientras en el este continuaba la conspiración llevada adelante con extremo cuidado por los miembros de La Trinitaria, en el oeste los opositores de Boyer se organizaban en una llamada Sociedad de los Derechos del Hombre y del Ciudadano dirigida por Hérard Dumesle con el propósito de luchar por la liberalización del sistema político y, eventualmente, por el derrocamiento del presidente Boyer” (p.98).
En la primera parte, plagada de referencias históricas, vemos cómo el narrador consume 17 de 37 capítulos para poner al corriente de los hechos a su narratario, personaje, también ficticio, a quien se dirige. Ralentiza pues la historia para que sepan quiénes son, cómo piensan y actúan los principales personajes de su novela histórica. La importancia de esos dos de los cuatro días de la narración nos permite colegir que los personajes, así como el ambiente político y social del Santo Domingo ocupado en mayo de 1842 están tan bien caracterizados y desarrollados que podemos vislumbrar holgadamente la continuación de la novela. En esos capítulos el lector posee las informaciones que necesita, por menos avezado en literatura que sea, para inferir la o las partes que Casimiro de Moya no pudo escribir.
El idilio entre Carlos Espinosa y Carmen Pimentel es una referencia oportuna, pues al iniciar la novela con el terremoto, el narrador puede igualmente evocar el inicio en 1843 del movimiento de la Reforma en Praslin (Haití), contra el despótico gobierno de Jean-Pierre Boyer. Conspiración que los trinitarios, aprovecharon para enviar uno de sus miembros fundadores en pos de un pacto de tesitura con los reformistas de Praslin. Varios historiadores, además de José Gabriel García y Moya Pons, coinciden en que debido a la mala situación económica de Haití el movimiento de la Reforma daría al traste el 13 de marzo de 1843 con el longevo Gobierno de Boyer y favorecería la independencia dominicana el 27 de febrero de 1844.
*[DE MOYA, Casimiro, Dramas dominicanos…, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2026, 275pp.]