Los 50 años con el arte de Ivonne Haza

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ÁNGELA PEÑA
Su vida artística  está reflejada enun libro voluminoso de Wilson Roberts Hernández titulado: “Ivonne Haza, la Diva dominicana”

Ivonne Marie cumple cincuenta años en el arte que coinciden con sus 70  de vida. El ocho de marzo de 1958, la exquisita solista se vistió de gala para cantar en el Concierto de Cámara dedicado al Generalísimo Trujillo en el Auditorio de Señoritas Salomé Ureña. Le tocaría interpretar el “Arias del Mesías”, de George Frideric Andel junto a Francois Bahuaud, violonchelo, y Florencio Pierret, piano. Manuel Marino Miniño  dirigió.

 Pero esa fue su primera presentación como profesional. Ya en 1950, la virtuosa niña que conocía la música de los grandes maestros por las interpretaciones al violín del padre y la voz de la abuela que tocaba piano, se había colocado la pintoresca indumentaria de un niño travieso, Ciottolino, para presentarse en el colegio Luis Muñoz Rivera, en el Palacio Radial La Voz Dominicana, en el teatro Olimpia, en el auditorio del Partido Dominicano. La opereta, de Luigi Ferrare Trecate, traducida por Anabella Carta, está presente en su memoria como ese primer día en que su madre la vistió con esmero para encarnar a ese chico tremendo. Ella sola, en el Muñoz Rivera. Después le acompañaron Bélgica Fernández, Eduardo González, Amelia Mañón, Robert Collie, Marcela Pérez y Reyolí Rodríguez, con la Orquesta de Vals del Palacio Radial, coreografía de Magda Corbet, escenografía de Horia Tanasescu y el coro “Lumurí” bajo la dirección de Mario Carta.

 A partir de entonces, la vida artística de Ivonne Haza transcurrió entre escenarios como solista de arias, sinfonías, óperas, operetas, conciertos, festivales, cantatas, fantasías corales, réquiem, poemas sinfónicos, en todos los escenarios dominicanos y muchos del mundo, cantando en español, italiano, inglés, francés, con timbre de contralto, mezzosoprano, soprano lírico-spinto.

 En su ininterrumpida carrera por el arte ha cantado con todos los grandes directores dominicanos y extranjeros, todos los pianistas, todas las orquestas de cámara. Olga Azar, Arístides Incháustegui, Luis Rivera, Roberto Caggiano, Lilliam Columna, Jacinto Gimbernard, Luis Frías Sandoval, Rafael Félix Gimbernard, Rafael Sánchez Cestero, Rafael Félix, Manuel Simó, Dagmar White, Criolla Hidalgo, Fausto Cepeda, Luis Frías, Rafael Gil Castro, Vito Castorina, Enriquillo Cerón, entre otros, le han acompañado desde diferentes posiciones.

 En junio de 1961, la excelsa artista viajó a Roma, Italia, a estudiar en el Conservatorio de Música Santa Cecilia, entrenada por Elena D’Ambrossio, Inés Alfani-Tellini y el maestro Caggiano. Allí se presentó en la Basílica de Santa María in Ara Coeli y en el Conservatorio de Música Santa Cecilia, participando en las acciones escénicas de la ópera bufa “El Duelo”, de Giovanni Paisillo.

 Su inmensa vida artística  está reflejada en un libro voluminoso: “Ivonne Haza, La Diva Dominicana”, por Wilson Roberts Hernández. A esta gloriosa celebración se unirán también la grabación de tres compactos en homenaje a la canción y compositores dominicanos y un gran concierto para sus admiradores que dirigirá el maestro Julio De Windt en el Teatro Nacional.

Memoria espléndida

 Ivonne nació el 25 de diciembre de 1938 en el Ingenio Angelina, de San Pedro de Macorís, hija de Luis Felipe Haza González, de Matanzas, Cuba, y de Rita Indiana Rodríguez Objío. Estudió en el colegio Luis Muñoz Rivera e hizo también estudios secretariales. Trabajó en la Universidad de Santo Domingo como secretaria del doctor Ángel Lamarche Soto, en la publicitaria Bernardo Bergés Peña, fue directora del Teatro Nacional y primera directora Nacional de Música. Recibió Doctorado Honoris Causa de la UASD.

 Estuvo casada con el arquitecto Víctor Bisonó Pichardo, padre de sus hijos Vilma, Víctor (Ito) Marcos y Rita.

 Aunque toda su vida está consignada en el libro, Ivonne tiene nítidos en su mente los nombres de piezas musicales, compositores, presentaciones, personajes que ha encarnado, de compañeros artistas y hasta de pasajes de su vida que no tienen relación con el arte, como su amistad con Juan Miguel Román, el líder del 14 de Junio, su primer concierto, sus viajes. Muestra infinidad de dedicatorias en partituras y programas que le dejaron escritores como Alejo Carpentier o directores como Lukas Foss, que estrenó en el país “The song of songs”.

 Se paseó por la “Feria de la Paz”, el baile blanco de San Andrés, en el hotel Jaragua, la Casa Virginia, como modelo.

 A sus años es un símbolo de tenacidad. Sigue cantando, enseña a cantar en sus clases de canto, imparte terapia del habla.

 No se retira, sólo quiere poner “un broche de oro a estos 50 años”.

 Julio De Windt, autor de uno de los prólogos del libro, escribe: “Se trata de una labor ciclópea, digna de ser imitada por generaciones presentes y futuras cuyos detalles, comprimidos en este libro, merecen la aceptación más cálida”.

 El otro prologuista, José Alcántara Almánzar, anota: “La diva que todos admiramos ha transitado el difícil sendero del arte, sorteando con optimismo toda clase de inconvenientes.

Ha conocido el amor y la maternidad, la alegría y el dolor, la esperanza y el desengaño, pero nunca ha renunciado a su fervor primero ni a su pasión más acendrada: el canto, que constituye la razón de ser de su existencia”.