Lo que preocupa
Desafíos ante una población que envejece rápido
Pasó de entre 7 y 8 hijos por mujer en 1950 a 3.0 en el período 1995–2000, descendió a 2.75 en 2000–2005 y 2.2 hijos por mujer.

El país se dirige rápido a caer en una baja fecundidad.
Arrastrada por una tendencia general en América Latina y el Caribe, la tasa de fecundidad se ha desplomado en la República Dominicana hasta situarse en 2.2 hijos por mujer, mientras que el promedio regional ya ronda los 1.8 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo (2.1) necesario para sostener una población estable en ausencia de migración.
El cambio, tanto para el país como para la región, ha sido profundo y acelerado. Según el más reciente Observatorio Demográfico de la CEPAL, dedicado a la baja fecundidad, en la década de 1950 cada mujer latinoamericana tenía en promedio 5.8 hijos. Esta cifra se redujo a la mitad en 1995 (2.9), alcanzó el nivel de reemplazo en 2014 (2.1) y en la actualidad, se sitúa en 1.8 hijos por mujer.
En la República Dominicana, la fecundidad también ha experimentado una caída significativa: pasó de entre 7 y 8 hijos por mujer en 1950 a 3.0 en el período 1995–2000, descendió a 2.75 en 2000–2005, hasta alcanzar la tasa actual de 2.2 hijos por mujer.
Lo que preocupa no es tanto la disminución en sí, sino la velocidad del descenso. El país figura entre aquellos donde la caída reciente ha sido más pronunciada, impulsada en gran medida por cambios en la población joven: las mujeres están postergando la maternidad y teniendo hijos a edades más avanzadas.
A ello se suman otros factores que inciden en la reducción de la fecundidad, como el menor número de hijos deseados, el aumento en los costos de crianza y la creciente participación femenina en el mercado laboral.
Todo esto indica que el país está transitando rápidamente de una fecundidad media-alta hacia niveles cercanos a la baja fecundidad, en un período relativamente corto.
El nivel de reemplazo se proyectaba alcanzar hacia 2030, pero ahora se teme que pueda lograrse antes o incluso caer por debajo con rapidez, sin que el país cuente aún con las reformas estructurales necesarias. Esto reduce el margen de tiempo para ajustar el sistema de pensiones, elevar la productividad y rediseñar el modelo educativo.
Ojalá que la prisa del presente y la velocidad del cambio no nos hagan perder de vista el mañana, porque mientras nuestra población celebra su pulso joven, ya comienzan a asomar las canas del porvenir.