La negra detrás de la oreja de Salomé Ureña

La negra detrás de la oreja de Salomé Ureña

Salomé Ureña

En el lapso del régimen de la esclavitud surgieron voces que identificaban a los sometidos al trabajo subordinado con un sentido económico o de alteridad, tales como negro bozal, cautivo, negro criollo o ladino, esclavo de rescate, pieza de Indias, cimarrón, mulato, negro, zambo y pardo. Este último término hacía alusión a individuos mezclados a cualquier nivel de ascendencia euroafricana y sugería un proceso de criollización. En el caso de la parte este de la isla de Santo Domingo, el término pardo y las demás denominaciones citadas, durante tres siglos y hasta la abolición de la esclavitud en 1822, aparecían invariablemente luego del nombre de la persona, como si fueran un apellido más.

Un caso documentado es el de Cecilia Solano, quien aparece consignada como “parda libre” al momento de su muerte en la ciudad de Santo Domingo en 1751. Viuda de Manuel Mañón, murió en su casa después de haber recibido los Santos Sacramentos y fue sepultada en el convento de San Francisco el 2 de julio de ese año, habiendo oficiado su enterramiento el Pbro. Manuel Sánchez. Testó por ante el escribano Felipe de la Peña y como sus albaceas nombró al indicado notario y a los señores José Guridi y Gregorio Fernández. Su acta de enterramiento obra en el libro 4 de enterramientos, folio 146, vuelto, de la catedral de Santo Domingo. Lamentablemente, este documento no nos ofrece su edad ni los nombres de sus padres ni tampoco ninguna referencia sobre los rasgos étnicos de su esposo.

Salvo que se trate de un caso de homonimia, es posible que esta Cecilia Solano sea la misma que fuera esclava del Dr. Lorenzo Solano Garavito, quien al testar el 19 de mayo de 1728 ante el alcalde ordinario Gonzalo Fernández de Oviedo y el escribano Salvador Figueroa Garay la manumitió, legándole, “por el mucho amor y cariño que le tenía”, la cama de su uso, algunos ajuares de casa y, para cuando se casara, unas casas bajas anexas a las de su residencia.

Carlos Larrazábal Blanco, en “Familias Dominicanas”, sigue su genealogía. Los esposos Mañón Solano procrearon seis hijos: Lorenzo, nacido en 1736; Antonia, nacida en 1738; José, Antonio, Catalina, fallecida ya en 1826 y María, que testó también en ese año. Es de hacer notar que Catalina, hija de una madre exesclava, casó con un esclavista, Carlos Ureña (o de Ureña), hijo de Juan de Ureña y María Manuela Jiménez (o Carrasco), registrado como dueño de esclavos en 1783 y fallecido en Sombrero, Baní, en 1786.
Hijo de Carlos Ureña y Catalina Mañón fue Francisco del Rosario Ureña Mañón (13 octubre 1784-2 septiembre 1845), carpintero, quien casó con Ramona Mendoza, hija de José Mendoza y Josefa Valerio, el 30 de diciembre de 1808. Esta pareja procreó a María Altagracia (n.7 septiembre 1810), esposa de Ramón Velásquez; Lucas (n.18 noviembre 1814), María Buenaventura (n.13 julio 1817), Antonia y Nicolás (26 marzo 1822-3 abril 1875). De estos, Nicolás Ureña Mendoza fue abogado, poeta, senador y juez y casó el 26 de diciembre de 1847 con la maestra Gregoria Díaz (25 diciembre 1819-7 mayo 1914), hija de Pedro Díaz Castro y Teresa de León de la Concha, procreando dos hijas: Ramona y Salomé, nuestra poetisa nacional (n. 21 octubre 1850).

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Su acaso única fotografía conservada en el Archivo General de la Nación nos muestra una imagen muy distinta a la que generalmente se conoce de ella. En efecto, Julia Álvarez, en su novela “En el nombre de Salomé”, sentencia que “Salomé era sencillamente una mulata” de orejas grandes, nariz ancha y pelo indómito, aunque “en el retrato pintado después de su muerte (…) aparece pálida, bonita, con una gargantilla negra al cuello y boca de capullo”, “linda nariz aquilina y labios de botón rosa”, expresión de la “campaña” de “embellecimiento y blanqueo” que tras su muerte emprendió su exesposo Francisco Henríquez y Carvajal. Y aunque sugiere que Gregoria Díaz, “a pesar de que (…) era lo suficientemente blanca”, aportaba el componente negro en el talante de su hija, lo cierto es que a Salomé Ureña “la negra detrás de la oreja” le venía por línea paterna, por su tatarabuela parda Cecilia. Sus hijos, Pedro y Max Henríquez Ureña, cita Álvarez, “resultaron ser los (…) que más se parecen al lado de la familia de Salomé, de piel oscura, con un rizo rebelde en su pelo, los rasgos más reveladores”; agrega que Camila, la única hembra, era “de piel bastante clara” al lado de su madrastra Natividad Lauranzón y sus hermanos de padre, pero que su color la asimilaba a una sirvienta.

Nacida al filo de 200 años después de la muerte de su tatarabuela, en Salomé Ureña se confirma el aserto de Frank Moya Pons de que la mayoría de los habitantes de República Dominicana desciende de mujeres que alguna vez fueron esclavas.

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