Literatura, cultura y pandemia: efectos y cuidados (Estado de situación al 2022)

Literatura, cultura y pandemia: efectos y cuidados (Estado de situación al 2022)

Héctor Incháustegui Cabral

§ 1. Más o menos cada 20 años, espacio más que suficiente para calibrar los cambios literarios y culturales habidos en nuestra sociedad, me propuse escribir un balance o estado de situación, como dicen los contables, con el objetivo de examinar si ha habido o no transformación en los distintos discursos que conforman las prácticas sociales dominicanas entre 2001 y 2022.

§ 2. El primer artículo de esta serie lo publiqué con el título “Malestar en la cultura o el gran desencanto”, posiblemente vio la luz en Última Hora, vespertino del cual era colaborador a principio de 1980 y luego insertado en mi libro Estudios sobre literatura, cultura e ideologías (San Pedro de Macorís: Universidad Central del Este, 1983, pp. 197-204). Las tres generaciones actuales de escritores no habían nacido en 1951.

La primera (1961-80) tiene 41 años y va peinando canas; y la próxima, los nacidos en 1981-2000, va para los 40 años. La tercera generación es la de los nacidos en 2001, con 21 años a cuestas y cosa extraña, la que les anteceden, nacidas en 1961 y 1981, es decir, a un año, 20 y 60 años luego de decapitada la dictadura, no vivieron en carne propia esa experiencia traumática y de ella solo guardan la memoria libresca y el vicariato de los profesores de la Generación del 48 que les formó a todos y luego, con raras excepciones, pasaron a formar parte del discipulado de Bruno Rosario Candelier, a través del Movimiento Interiorista y la Academia Dominicana de la Lengua, fusión y confusión entre ambas entidades.

Pero, esas tres generaciones no tuvieron contacto personal con los autores insignes del Movimiento de la Poesía Sorprendida y mucho menos, salvo con Pedro Mir, miembro del Grupo de los Independientes, diputado al Congreso Nacional, exiliado posteriormente y rehabilitado por el profesor Juan Bosch como el ícono de la poesía social dominicana.

O sea, que esas tres generaciones crecieron bajo el escudo de dos poetas sociales que competían entre sí: Mir y Manuel del Cabral.

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Contín Aybar, Incháustegui Cabral, Hernández Franco, Rodríguez Demorizi, Carmen Natalia Martínez Bonilla, Rafael Díaz Niese, fundadores de la revista Cuadernos Dominicanos de Cultura, fueron para estas dos generaciones unos trujillistas apestosos, y los miembros de la Poesía Sorprendida se libraron de ese calificativo, gracias a los esfuerzos de Mateo Morrison y Tony Raful que lograron acercar en un encuentro a los miembros de la Joven Poesía, en un acto celebrado en el colegio San Luis Gonzaga, en la calle Hermanos Deligne.

Pero la ideología de los miembros más radicales de este grupo mantuvo siempre una pugnacidad con la acusación de trujillista, a los miembros de la Poesía Sorprendida y salvaban a parciales como Aída Cartagena Portalatín y otros de la Generación del 48 o de la Generación del 60 que se adhirieron a la lucha contra el postrujillismo y al Movimiento Renovador y salvaron también a los hijos del trujillismo que colaboraron en la revista Cuadernos Dominicanos de Cultura.

Esa fue la ideología política que encontraron las tres generaciones a las que aludo nacidas en 1961, 1981 y 1921 (integradoras del MPD, del 1J4, del PRD, del PRSC, de los grupos estudiantiles secundarios y universitarios y otros grupúsculos del centro y de la extrema izquierda, pero también partícipes de la ideología del izquierdismo y del denuncismo social propia de la América Latina y la revolución cubana.

Poeta Nacional Pedro Mir.

Es en contra de esa ideología marxista en descomposición que se inscriben “Malestar en la cultura o el gran desencanto”, y los otros dos artículos: “Situación crítica de la crítica dominicana hasta el 2002” (revista Coloquios 2002: pp. 197-204).

Hay un hiato que tampoco llenaron las generaciones surgidas en la fecha que llevo dicha: el cultivo de la relación con los miembros de la Generación del 60 (Ramón Francisco, Marcio Veloz Maggiolo, Carlos Esteban Deive, Ramón Emilio Reyes Efraim Castillo, Grey Coiscou, Jeannette Miller, Silvano Lora, entre otros, y un grupo de literatos trujillistas con el cual compartían en los bares del El Conde: Tete Robiou, Eurídice Canaán y otros).

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Y tampoco interactuaron las tres generaciones que llevo dicha con la generación surgida en el seno mismo de la revolución, por una razón histórica simple: esta generación se disolvió en la publicidad, cayó en el misticismo y desapareció sin que sus miembros (quizá René del Risco el único) dejaran una obra de consistente envergadura.

De modo que, las generaciones de entre 1961 y 1981 solo tienen relaciones centrípetas entre sus miembros y, por eso, se han cobijado bajo el manto del interiorismo y la Academia Dominicana de la Lengua bajo el discipulado de Rosario Candelier, una vez desaparecidos los uasdianos de la Generación del 48.

Quien acepta un discipulado es incapaz de romper con las coordenadas teóricas y los mitos personales del maestro y estará obligado a vegetar en torno a sus ideas, porque en torno a su persona se forma una especie de sacralización y veneración.

Manuel del Cabral

§ 3. En el ínterin de estos dos artículos, siempre bajo la égida de la teoría del ritmo como valor del texto literario y de la teoría indisoluble entre lenguaje e historia contra el positivismo racionalista que alberga a los discursos literarios, históricos y culturales dominicanos, produje los artículos sobre el cuento y la poesía de valor en la literatura dominicana para el libro Cultura y sociedad en la República Dominicana (Santo Domingo: El Siglo, 2000: “Los cuentos dominicanos más sobresalientes del siglo XX, pp.377-386 y ·Los textos poéticos dominicanos más importantes del siglo XX”, pp.387-396).

§ 4. Debido a la época en que surgieron las generaciones literarias mencionadas más arriba, existen dos generaciones parecidas de historiadores a secas, historiadores del arte, cronistas de hechos históricos, hacedores de libros de historia sobre otros libros escritos por otros historiadores, periodistas enganchados a historiadores, pero que dicen no ser historiadores de profesión y los aficionados de siempre, que forman parte irremediable del público que asiste a los actos culturales.

Y existen los historiadores que escriben por encargo para empresas o familiares de políticos que necesitan resaltar las peripecias caudillescas y la hagiografía del familiar.

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§ 5. Un nutrido contingente de hombres y mujeres que forman parte de los miembros de número y correspondientes de la Academia Dominicana de la Historia, así como una cohorte de colaboradores, amigos y allegados y cultores del discurso de Clío no niegan, contrariamente a los literatos que frecuentan los predios de la Academia Dominicana de la Lengua, el aporte de los historiadores trujillistas al oficio al que le otorgan continuidad.

Todavía no se ha producido un profundo deslinde entre esos discursos a partir de una teoría del lenguaje como teoría de la historia y que barra con los restos ideológicos del racionalismo positivista y el historicismo practicado por la mayoría de esos académicos, para los cuales la historia es todavía agustiniana o a veces teológica.

Así, muy pocos son los que se han atrevido a plantear, fuera de su práctica discursiva historicista, una teoría de la historia.

CARMEN NATALIA MARTÍNEZ BONILLA

Asistimos esporádicamente a reflexiones dispersas sobre el oficio, donde unos reivindican como categorías analíticas del discurso histórico las nociones de destino, azar, sino, mala suerte, declinación, decadencia, hado.

Crepúsculo, designio, ventura, estrella, desdicha o, sino, la defensa solapaba de las concepciones historicistas del siglo XIX, heredadas de José Gabriel García, Eugenio María de Hostos o de publicistas como José Ramón López, Francisco Eugenio Moscoso Puello, Rafael Augusto Sánchez Ravelo o Pedro Andrés Pérez Cabral, acerca de la sicología del pueblo dominicano.

En los últimos años posiblemente esté surgiendo una visión diferente, pero que todavía no ha aportado una continuidad en la producción analítica. Sería interesante seguirle los pasos a esos jóvenes ya maduros.

Por otra parte, se leen de vez en cuando pinceladas que pretenden ser reflexiones sobre el oficio donde priman todavía expresiones que vienen de los grandes historiadores europeos del siglo XIX (Gibbons, Toynbee, Michelet, Comte, Ranke, Monsen) o de historiadores marxistas del siglo XX que nunca cuestionaron el carácter racionalista del discurso del materialismo histórico y dialéctico de Marx y Engels, y la tesis de los cinco seudoensayos filosóficos de Mao Tse Dong cuando Meschonnic se propuso desmantelar la ideología maoísta de lo que llamó grupo parisiense de Tel Quel, o las ideologías que reproducen ingenuamente las tesis historicistas de Stalin acerca de los novelistas como constructores de almas o de los historiadores como reconstructores del pasado.

Sin detenerse a pensar en que uno y otro lo que producen son discursos con sentidos para los sujetos que viven en el presente y que las ciudades griegas, romanas, aztecas, incas y mayas o egipcias o mesopotámicos desaparecieron del mapa hace cientos o miles de años, y que de ellas lo único que quedan son piedras o polvo y discursos sobre pirámides, papiros, tumbas, sarcófagos.

Los seres humanos que les infundieron vida a esas ciudades y a esas escrituras murieron junto con aquellos monumentos.

Solo se puede producir discursos sobre discursos.