Mi encuentro con Peña Gómez en París

Mi encuentro con Peña Gómez en París

Rafael Alburquerque

Este razonamiento me inclina a leer con avidez las crónicas que de vez en cuando se insertan en los diarios y las redes sociales sobre la vida de los políticos contemporáneos y los sucesos en que estos intervinieron.

Por esta curiosidad me encontré hace dos semanas con un artículo publicado en la revista “Areíto” del diario Hoy, en el cual se hace referencia a las relaciones entre Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez, sus afectos y su discordia.

No me anima espíritu alguno de polémica al referirme al artículo de Sebastián del Pilar Sánchez, en la cual nos ofrece en un artículo muy bien hilvanado y con altura de miras su criterio de lo sucedido entre los dos mencionados líderes que culminó con la división del Partido Revolucionario Dominicano y la creación por parte de Bosch de una nueva organización política que denominó Partido de la Liberación Dominicana.

Pero en aras de la verdad me permito refutar su afirmación de que en mi visita a París en el año de 1972 rehusé visitar al doctor Peña Gómez, no obstante el interés del profesor Bosch de que lo visitara para que “su discípulo más aventajado robusteciera su comprensión de la postura partidista sobre la situación política nacional”.

Tal como lo dice el autor en su escrito, en ese año de 1972 yo había viajado a Europa en mi condición de presidente (no de secretario general, como afirma del Pilar Sánchez) de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas (IUSY, sus siglas en inglés). Como es natural, a Bosch le informé de mi viaje, pero este no me dio instrucción alguna de visitar a Peña Gómez, y no lo hizo porque el propósito fundamental de mi desplazamiento era la de cumplir con mis obligaciones internacionales.

José Francisco Peña Gómez

En efecto, mi primer destino era Viena, Austria, en donde en representación de la juventud socialista mundial asistiría a un congreso de la Internacional Socialista, la rama adulta, en el cual debatieron por dos días los líderes más connotados del socialismo mundial, entre estos, como Bruno Kreisky, Willy Brand, Olof Palme, Mario Soares, Golda Meir.

Finalizado el evento debí cumplir una intensa agenda con los jóvenes socialistas de Finlandia, Noruega y Suecia, países en los cuales agoté un periplo de dos semanas.

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Cumplida mi misión pasé a París, en donde me esperaba mi esposa para unas cortas vacaciones de cinco días, y tan pronto arribé en la noche llamé por teléfono al doctor Peña Gómez, con quien siempre mantuve una relación cordial y de amistad. Este se alegró de oírme y quedó de pasar por mi hotel al otro día temprano en la mañana, lo que así hizo.

Desayunamos en una cafetería contigua al hotel y por casi dos horas mantuvimos una larga conversación, en la cual le informé pormenorizadamente de la situación nacional y de los asuntos del partido y de su juventud, así como del periplo que acababa de finalizar en mis funciones de presidente de la IUSY. Como es natural, Peña me habló de sus estudios y de los contactos políticos que había mantenido con fuerzas amigas. Cuando nos despedimos me pidió que junto a mi esposa lo acompañara a una cena que tendría al día siguiente con un diplomático cubano.

La cena fue en el Café de París. Salvo las presentaciones y los saludos de rigor, mi esposa prácticamente no intervino en la conversación que se suscitó a continuación y en la cual el ministro consejero de la embajada de Cuba en Francia se interesaba por saber cómo marchaba el Gobierno de Balaguer, cuál era el grado de represión y cuáles planes tenía la oposición, y en especial el PRD, para combatir un régimen que él denunciaba como entregado al imperialismo norteamericano.

Peña Gómez tomó la palabra para responder a esas inquietudes del cubano, pero pronto este extrajo de sus bolsillos una pequeña libreta en la cual comenzó a anotar las observaciones de aquel. Extrañado por esa conducta opté por no hablar y disimuladamente, con un gesto por debajo de la mesa, advertí a José Francisco, quien ágilmente comprendió la alerta y limitó sus informaciones. Cuando terminamos la cena y despedimos al cubano, comentamos lo sucedido y muchos años después supimos que el señor había sido captado como informante por los servicios de espionaje del Gobierno norteamericano.

A José Frank, como siempre le llamé, lo volvería a ver a su regreso al país, y ya en el terruño se precipitarían las desavenencias que conducirían a la división del PRD, pero esa es ya otra historia que estoy seguro se contará con visiones contrapuestas, según se coloque uno en un lado o en el otro.

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Solo agregaría, como una información adicional al relato de Sebastián del Pilar Sánchez, que el dirigente juvenil José Ovalle Polanco, tal como él lo define, un entrañable amigo de Peña Gómez pudo salir del país, en aquellos difíciles momentos de represión y persecución a su persona porque quien esto escribe, gracias a la diligencia de un dirigente del Partido Comunista Dominicano (PCD) pudo conseguir una libreta de pasaporte en blanco, a la cual pusimos la fotografía de un Ovalle, teñido el pelo por mi esposa, y con un nombre y apellidos simulados, estampados por un funcionario infiltrado en la Dirección General de Pasaportes, lo llevamos al aeropuerto en compañía de dos personas, aún vivas y que pueden dar su testimonio, donde tomó sin contratiempos un avión que lo conduciría a la ciudad de Nueva York.

Otra muestra de que no es correcta la afirmación de Sebastián del Pilar Sánchez en el artículo que comentamos de que hubo de mi parte “una actitud de menosprecio a la buena imagen de Peña Gómez”.