Guardianes de la verdad Opinión

Prácticas espirituales

Alguien me preguntó…

Le expliqué que, para mí, no existe una fractura entre lo secular y lo espiritual.

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Alguien me preguntó cuál era mi trabajo. Al escuchar su curiosidad, me puse a pensar, porque siempre he hecho una distinción entre trabajo y vocación. Me quedé contemplando algunos términos y luego le respondí de forma pausada y con autoridad. Le comuniqué que mi vocación, más que un trabajo, consiste en interpelar a la persona en su búsqueda de sentido, ayudándola a reconocer su lugar en la historia y a asumir con responsabilidad la construcción de su propio devenir.

Desde mi labor como acompañante espiritual, escritor y activista, promuevo prácticas de contemplación, meditación y oración, no como ejercicios aislados de la vida cotidiana, sino como procesos de transformación interior que se proyectan hacia lo colectivo y tienen la capacidad de cuestionar y transformar las estructuras sociales que atraviesan al país.

Le expliqué que, para mí, no existe una fractura entre lo secular y lo espiritual. El trabajo, la política, las relaciones y las decisiones cotidianas constituyen espacios de significado donde se encarna lo trascendente. Creo que cuando el quehacer diario se vive con propósito y cuidado, se convierte en una forma de contemplación activa. Así, las disciplinas espirituales dejan de ser prácticas separadas de la vida social y se manifiestan de manera orgánica en acciones concretas, éticas y comprometidas con la realidad en su totalidad.

El mismo sujeto interrumpió el canto de las aves para hacerme una pregunta de carácter ético y teológico. Quería saber si lo secular tenía menos valor que lo espiritual. Volví a responderle, pero esta vez con mayor confianza. Le expresé que, para mí, no existe separación entre lo secular y lo espiritual: el trabajo, las relaciones y las decisiones diarias son espacios donde se encarnan el sentido y lo trascendente. Cuando el quehacer cotidiano se vive con propósito y cuidado, se convierte en una forma de contemplación activa. De este modo, las disciplinas espirituales dejan de ser prácticas apartadas de la vida social y se expresan de manera natural en acciones concretas, éticas y comprometidas con la realidad completa.

El diálogo se extendió hasta la llegada de la noche. Regresé a mi hogar y, al llegar, me encontré con un té de jengibre preparado por mi esposa. Nos sentamos en nuestra galería; el silencio nos envolvía. El calor de la taza mitigaba el frío que brota de las montañas, los ríos y la cobertura boscosa que siempre nos arropa con su verdor. Y ahí, en ese contemplar espontáneo, comenzamos un diálogo sin respuestas: solo preguntas, solo incógnitas en forma de deseos y de búsqueda. Preguntas que nos generaron esperanza y la intuición de que puede existir otra cara, capaz de reducir los males de la realidad que nos rodea.

La Otra Cara: aquella que nace en la conciencia, con ideas claras, intencionales y cargadas de verdad. Ella y yo, y nadie más, nos preguntábamos: ¿cómo sería nuestro país si maestros, políticos, empresarios, agricultores y artistas asumieran su trabajo con una dimensión contemplativa? ¿Cómo nos veríamos como nación practicando verdades y valores que generen riqueza y estabilidad emocional? ¿Qué pasaría si a las estructuras del Estado se les otorgara la misma importancia que a los servicios eclesiásticos? ¿Qué sucedería si el campo dominicano se convirtiera en una tarea contemplativa y responsable? ¿Qué pasaría?

Terminamos el té de jengibre, pero no logramos terminar las preguntas. Le corresponde ahora a nuestra sociedad poner el punto final a las incógnitas e iniciar esa otra cara, distante de la realidad que nos ha gobernado desde la noche del 30 de mayo de 1961.

Sobre el autor
Samuel Luna

Samuel Luna

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