Ambiente
Añoranzas de Primavera
Recordar es vivir, así lo sentencia el poeta, y este humilde servidor lo certifica. Nada en el mundo se compara con la enorme dicha de haber registrado en la memoria del vivir toda la niñez y temprana adolescencia en el ambiente campesino.

Retrato
Recordar es vivir, así lo sentencia el poeta, y este humilde servidor lo certifica. Nada en el mundo se compara con la enorme dicha de haber registrado en la memoria del vivir toda la niñez y temprana adolescencia en el ambiente campesino. Despertar con el canto del gallo, el croar de los sapos en la ribera del río Pérez en su curso por el municipio de Altamira, resulta de un valor incalculable. Revivo el corretear en las mañanas persiguiendo las mariposas multicolores mientras se posaban en las flores silvestres en busca del nutriente néctar. Centenares de abejas se disputaban el dulce líquido que extraían de la blanca floración cafetera septentrional. El trinar de las cigarras asentadas en los árboles de guama, cacao y aguacate hacía competencia a las dulces melodías del ruiseñor y del sinsonte. Flora y fauna eran el sustrato ideal para las ilusiones juveniles.
Ya de adulto mayor, el canto popular citadino me despierta a ritmo de merengue con el estribillo: “Plátano maduro no vuelve a verde / y el tiempo que se va no vuelve”. El fatídico cambio climático ha roto la bella tradición natural de las cuatro estaciones. En su instinto depredador, el hombre de campo ha llevado el conuco a las bellas montañas, borrando el fondo verde del terreno con aquel contrastante azul del cielo. Ayer se respetaban las riberas porque, como nos recordaba la abuela: “los terrenos del río han de respetarse siempre, ya que en el momento menos esperado la creciente volvería a recuperar la tierra usurpada”. Siete décadas han transcurrido y hoy la madre naturaleza nos conmina a ser testigos de lo que fuimos y lo que somos. Los ríos de toda la provincia se desbordan como nunca, invadiendo llanos y pendientes, arrastrando con sus furiosas y turbulentas aguas —tintadas de marrón— mucha arena y tierra, árboles, animales y plásticos por toneladas. Las desenfrenadas crecidas siembran dolor, causan enormes pérdidas materiales y dejan grandes zonas desoladas. De golpe y porrazo se agudiza la pobreza para pronto convertirse en miseria. ¡Cuán caro y qué rápido nos cobra la madre tierra los agravios que a diario cometemos!
El calentamiento global, producto de la combustión acelerada y sin control de los recursos fósiles que tardaron millones de años en almacenarse, ahora nos trae esta furia sin historia previa. El consumismo urbano sin conciencia ecológica ha contribuido a la dura realidad que hoy afrontamos. Es importante que sepamos dónde están las raíces de los males que hoy nos azotan, y también que podemos cortarlas con voluntad colectiva. Si todos cooperamos, podemos rescatar las cuatro estaciones. Debemos reducir la generación de calor en la tierra, disminuir el uso de los plásticos, regular la explotación minera, restaurar las zonas verdes al tiempo que prohibimos la deforestación, así como enseñar en nuestras escuelas y universidades la importancia del equilibrio agropecuario entre forestación, agricultura, ganadería, industria y comercio. Seguimos buscando la cordura humana, la racionalidad y el amor compartido en un ambiente de paz y de comprensión colectiva terrenal. El planeta nos pertenece a todos y es deber mundial cuidarlo y amarlo. Sólo así volveremos a vivir las estaciones. Las cuatro estaciones del genio musical de Antonio Vivaldi convencerán a Nelson Cordero de que volverán a reverdecer los platanales.