¿Cómo resolvería usted el conflicto del Botánico?

Rafael Acevedo Pérez
Tal vez sea usted de los que apoyarían una campaña para defender de su espléndido verdor. O acaso se sumaría a protestas frente al palacio presidencial, o al Congreso.
Usted sería a lo mejor partidario de una solución en un taller de urbanistas, maestros, botánicos y geólogos.
Normalmente un gobernante no tiene tantas de esas personas a su lado, quienes además de ponerse de acuerdo entre sí, fuesen actores social y políticamente correctos.
Pero alguien debería aprovechar la ocasión para proponer la reducción de la importación de vehículos. Tarea riesgosa, porque del lado de las importaciones hay mucha ilegalidad e intereses económicos y políticos difíciles de manejar. Tal vez lo menos fácil sea entenderse con esos grupos “no regulados”, cuyos apellidos no conocidos ni rimbombantes son “del pueblo”, pero con hábiles representantes en el congreso y los partidos.
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Un asunto complejo y riesgoso, pues si fuera fácil ya alguien hubiera intentado resolverlo.
De hecho, todo este desastre de circulación se origina y se alimenta de irregularidades y problemas comúnmente señalados, y de otros poco estudiados y menos atendidos.
Empezando por demasiados motociclistas sin licencias de conducir, y sus motos, como tantos vehículos de transporte, carecen de matrículas y revistas en regla. Al menos podría impedírseles circular en áreas específicas, por ejemplo, la Colombia y la Jacobo y otras calles y zonas concurridas.
Podríamos hacerle muchas buenas sugerencias al Gobierno y sus autoridades, de cómo actuar en cada caso; presentárselas luego de que los ciudadanos nos hayamos puesto de acuerdo. Especialmente sobre cómo manejar y controlar los intereses espurios y perversos que suelen estar detrás de la masiva importación de vehículos y de las frecuentes ferias bancarias para financiar vehículos que ya no caben ni en las calles ni en los barrios.
Una solución radical y definitiva podría ser entregarles los negocios de transporte masivo a esos importadores de vehículos, para que, con todos esos dólares no siempre regulados, estos grupos pudiesen desarrollar líneas de trenes urbanos de esos modernísimos que fabrica China, que ni contaminan ni destruyen el medio ambiente.
Hay que ponerse en los pies de los que hoy nos gobiernan. Trujillo ya hubiese ejecutado a varios ambientalistas; Balaguer, habría negociado con algunos “tígueres”, eliminado otro tanto, e instruido a sus generales para acallar los “protestantes”.
Pero en nuestra criollísima democracia actual todos opinamos, pero pocos contribuimos a las soluciones. No nos quejamos de tantos vehículos en mal estado y motociclistas que se las buscan en el caos vial de cada día. Acaso porque agilizan diligencias institucionales y comerciales, y llegan con medicamentos y alimentos a nuestros hogares.
Poner orden casi nunca fue fácil, mucho menos para gobernantes de orientación democrática.
Tal vez alguien pueda sugerir la solución a este desastre vial producto de esta democracia subdesarrollada e incivilizada.
Luego de darnos un importante ejemplo de ordenamiento vial, junto al general Pedro Candelier, Hamlet Hermann nos dejó un libro con importantes sugerencias “Para vencer el caos”, el cual podría ayudar hablar de soluciones más radicales, a corto y a largo plazos.