Guardianes de la verdad Opinión
Guido Gómez Mazara

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Contrario a la fatal tradición de personalizar el enfrentamiento de las ideas, en el país tenemos la responsabilidad de organizar modalidades caracterizadas por discrepancias provechosas. Así ganamos todos.

La época en que los líderes históricos confundieron militancia dispar con distancias irreconciliables retrata la edad de piedra. Después de ajusticiado el tirano, la vida pública hizo del debate una fuente de arrebatos íntimos y, desgraciadamente, la brillantez de figuras excepcionales no se tradujo en la construcción de una agenda favorable para la nación.

En la actual coyuntura, creernos que los atributos del sistema político, sin detenernos en las imperfecciones, ha sido carga exclusiva de una fuerza partidaria, constituye un acto de irracionalidad. Ahora bien, trazar la ruta electoral conducidos por el afán descalificador puro y simple, empuja la cultura de ataques destructivos, orientados al detentador de las riendas gubernamentales, pero materia prima para la degradación del modelo democrático.

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No nos confundamos: la crítica acompañada de propuestas enaltece las fuerzas opositoras. No obstante, la noción del acoso y derribo valida los deseos del “quítate para ponerme yo”, dándole la cancha a un ambiente de crispación a destiempo. Tiempo para la competencias habrá, inclusive la pauta está consignada en el ordenamiento electoral. Lo que llama la atención es el desbordamiento irreflexivo y el marcado interés por mostrar legítimos deseos a procurar un cargo electivo con una carga destructiva en grado superlativo.

Nadie es tonto. Detrás del activismo existe una industria que financia y moviliza recursos, en porcentajes con potencial de afectación ética para sus receptores, que tiene por deseo hacer adecuada una ambición insostenible por las fuentes económicas no sospechosas.

El grave y esencial problema de las reglas para este debate provechoso radica en actores alejados de las destrezas y conocimientos requeridos, afincados en el deseo de “ser”, pero validados con el voto popular debido a las características de un mercado que elige por la fuerza del dinero y, pocas veces, por el talento.

La gran responsabilidad del déficit del debate provechoso recae en las organizaciones partidarias que dejaron las riendas formativas, alentando un clientelismo puro y duro que se volvió raíz de las incapacidades actuales para mejorar el sistema político. Y ahora, cuando los procesos de descalificación certera hacen a muchos de sus exponentes pieza de escarnio, no se exhibe el pudor esencial que reconozca posturas complacientes, porque una parte se beneficia de flujos de dinero sucio, vulgarmente rentable en el mundillo electoral.

Ahora bien, lo que no es justo consiste en la generalización del fenómeno y en el uso ponzoñoso del ataque que, en buena justicia, toca las puertas de las organizaciones fundamentales porque se hicieron de la vista cómplice ante la opulencia financiera de aspirantes.

Volver al debate respetuoso y riguroso debe ser el norte. Y vuelvo a repetirlo: la fuente de profundización del desencanto ciudadano está vinculada al timbre altísimo de insultos que caracteriza la arena política.

En esencia, si queremos devolverle a la política el grado de respetabilidad indispensable, debemos sacar la agresión y el financiamiento tercerizado como modalidad de competencia en todos los escenarios de la vida pública.

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Guido Gómez Mazara

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